El drama de los Liceos

Por Luis Hierro López

Con un 60% de deserción, los liceos han pasado a ser un lugar hostil y aburrido, en vez de un admirado instrumento de superación personal y colectiva. Su reforma y modernización son uno de los objetivos principales que el país debe plantearse para 2020.

Como un síntoma de la desorientación cultural de estos tiempos, los Liceos se han convertido en lugares desprestigiados, repudiados por los alumnos y por sus familias.

Al contrario de lo que ha ocurrido a lo largo del siglo XX, cuando los Liceos fueron precisamente el eje de la sociedad uruguaya, hoy no influyen en la vida de la gente. Ser director o profesor de un Liceo no es redituable en términos salariales o profesionales, en contraposición a la enorme dignidad que esos docentes representaban hace unas décadas. Asistir a sus cursos y, sobre todo, terminarlos, ya significa nada o muy poco para los adolescentes, que se aburren en ellos y no los aprecian como pasajes imprescindibles para su formación moral, cívica e intelectual.

Es evidente que el modelo liceal puesto en práctica desde 1941 ha sido hoy absolutamente superado. Un reciente e interesante estudio de un sociólogo indica que “es obvio que en Uruguay el bachillerato no haga la diferencia, porque no está pensado para una mejor salida al mercado laboral. Es un tema ideológico, un tema vigente desde 1941. En aquel momento hubo una reforma educativa en la que se entendió que la educación Secundaria no formaba para el trabajo, sino para un conjunto de valores y para la construcción de ciudadanía. Entonces, si el liceo tiene la forma de un tubo, da lo mismo a efectos de las capacidades laborales si uno se sale en una parte o termina toda la tubería. A lo sumo ese tubo que se llama Secundaria es la base para entrar a otro tubo que lleva el nombre de Universidad”.

Además, estudiar cuesta caro. Ese mismo análisis establece que “para el caso de los jóvenes más pobres, seguir estudiando el bachillerato tiene un costo directo que representa entre el 30% y 35% de los ingresos del hogar. Y, a la vez, existe el costo indirecto de no salir a trabajar que ronda el 40% del ingreso familiar”.

Ante esa perspectiva, la deserción es casi una consecuencia natural y va quedando irremediablemente en el olvido la promesa del Frente Amplio de universalizar en forma completa la matrícula al culminar este período gubernamental. Es evidente que ese propósito no se cumplirá –como tampoco se hará realidad la meta de que el 6% del producto bruto interno se invierta en educación– y es un hecho que el país tiene acá planteado uno de sus principales problemas, ya que generaciones completas de jóvenes van quedados rezagados de los conocimientos imprescindibles para que puedan desarrollarse con autonomía y mediano éxito. Entre los jóvenes de 17 a 25 años que tienen la Secundaria completa, la tasa de empleo es del 43%. Entre los que acabaron la UTU, la tasa trepa al 58%, según la Encuesta Continua de Hogares 2017. Pero esas cifras están dando cuenta de que la enorme mayoría de los jóvenes no tiene posibilidades de acceder a trabajos dignos, ya que no se han preparado para ello. De los que egresan, una parte puede obtener trabajos buenos. Pero a su vez una gran proporción no termina sus cursos, por lo que sus destinos serán las changas, las ayudas sociales del Estado o la mediocridad.

Este es el gran tema de nuestro tiempo y para contribuir a generar respuestas, es imprescindible contar con acuerdos políticos que permitan establecer políticas de larga duración. Por eso es oportuno y necesario que los partidos políticos anuncien con antelación –como lo está haciendo el Partido Colorado– sus propósitos de gobernabilidad al respecto. Las iniciativas de Eduy21 y las propuestas claras y responsables que hagan los sectores políticos en este sentido son piezas realmente decisivas.



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