El COVID-19, el tipo de cambio y la economía mundial

Por Tomás Laguna

Mientras el dólar sigue en alza sostenida, mientras no falta quien piense que el principal reclamo del agro está en vías de solucionarse, otras circunstancias anuncian que la adversidad no se revierte con sucesos tan elementales y de impacto puntual.

El fenómeno conocido popularmente como atraso cambiario explica el rezago del tipo de cambio en su relación de equilibrio con las principales economías del mundo. Por lo tanto no se trata de un valor dado en función de su magnitud, sino que es un dato de carácter relativo en comparación con lo que ocurre con otras monedas de economías de referencia. Si todas pierden valor ante la divisa norteamericana nada soluciona que lo mismo ocurra con nuestra moneda. Lo que constituye el argumento último que determina en qué condiciones la producción nacional participa del valor en que se tranzan nuestros productos en los mercados externos.

En estos angustiosos días una suerte de apocalipsis sanitaria mundial pone de cuclillas a la propia economía de todo el orbe y no faltan quienes advierten que estamos ante la crisis final de la globalización como consecuencia del aislamiento tras fronteras que el combate a la enfermedad impone. El fenómeno de la globalización se fue construyendo trabajosamente a lo largo del siglo XX a partir de la post guerra. Se fue consolidando con la ronda Uruguay del GATT y terminó por hacerse realidad con el auge de la OMC a partir de la caída del Muro de Berlín. Fue la consolidación de la economía de mercado, lo que llevo a los enemigos del capitalismo a combatirla desde todos los ángulos posibles, empezando por el ambientalismo más fundamentalista.

Para nuestro país la globalización y sus consecuencias fueron una notable oportunidad para la expansión de sus exportaciones, salvado el contratiempo regional de la crisis del 2002. A partir del siguiente año se dio inicio a un proceso firme de aumento de las exportaciones en volumen y en valor, consolidando nuestra economía a la par que el derroche populista quemaba la bonanza con la misma lujuria que un nuevo rico dilapida su riqueza. Durante varios años los buenos precios sirvieron para encubrir el sostenido incremento de los costos de producción e incluso el deterioro permanente del tipo de cambio. Pero todo tiene un límite, a partir del 2014 comenzó cierto declive en el valor de las materias primas, sin llegar a considerarlos de ruina. No obstante rubros muy pujantes como lo fue la lechería ingresaron en una crisis de carácter casi terminal. Ni que hablar el arroz. El gobierno encerrado en la soberbia que le daba las mayorías parlamentarias despreció los reclamos de la producción, con las consecuencias que hoy conocemos, pero esa es otra historia.

El hecho al que nos queremos referir va más allá de las buenas o malas prácticas de gobierno. Nuestro país está fuertemente condicionado en su viabilidad por las posibilidades de acceder y por lo tanto participar en los mercados mundiales. Como economía pequeña que es no tiene la posibilidad de imponer condiciones, antes bien depende de un orden mundial a partir de normas escritas que se respeten. Por ello es que la decadencia institucional de la OMC, sus sucesivos fracasos para fortalecer el multilateralismo, y hoy en particular el posible declive de la globalización de la economía mundial terminan por constituirse en el peor escenario para nuestra proyección exportadora, y como tal el crecimiento y desarrollo de nuestra economía.

La economía mundial está sometida hoy a otra amenaza cuya incidencia aún desconocemos en su magnitud. El apocalíptico fenómeno de carácter sanitario que se cierne sobre la humanidad seguramente será revertido gracias al avance de la ciencia, pero aún nadie sabe en cuanto tiempo, solo que en el ínterin dejará su secuela. Para peor esta pandemia se desata en tiempos de guerras comerciales promovidas por líderes narcisistas y caprichosos que retrotraen a la economía del orbe a los tiempos de pre guerra, cuando proteccionismos insanos fueron el argumento para una guerra mundial.

Los movimientos gramscianos tienen hoy socios inesperados en el combate a la expansión integradora de la economía mundial, son todos aquellos movimientos que responden a la derecha nacionalista, cultores del proteccionismo y la xenofobia. Todos ellos se retroalimentan en la desgraciada circunstancia sanitaria que atormenta a la humanidad. En los tiempos que corren parecen ser más peligrosos los segundos que los primeros, que como germen patógeno que son se incubaron en la reacción xenófoba contra la inmigración, y hoy levantan las banderas del aislamiento sanitario como nuevo argumento para cultivar el ultra nacionalismo.

En cualquiera de estos casos, nuestra economía terminará siendo una víctima colateral de imponerse un nuevo orden mundial que amenaza con desplazar a la globalización, el multilateralismo y como tal afectando gravemente al comercio internacional.

Lo del principio, si alguien desde la producción aún se alegra porque el dólar este orillando los $50, seguramente no entiende nada.




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