Edición Nº 1066 - Viernes 19 de diciembre de 2025

Eduardo Jiménez de Aréchaga (h) y nosotros

Por Jonás Bergstein

La semblanza de Eduardo Jiménez de Aréchaga que realizara Alberto Brause es más que oportuna en los tiempos que nos tocan vivir.

La lectura de la obra que el Dr. Alberto Brause dedicara a la eximia figura de Don Eduardo Jiménez de Aréchaga —y que ya fuera comentada desde las páginas de este mismo Correo—, es motivo de sentimientos encontrados que, ineludiblemente, nos mueven a contrastar el pasado con el presente; si hay algo de cierto en aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, la vida y la obra de Eduardo Jiménez de Aréchaga seguramente se cuentan entre sus testimonios más acabados.

Todo cuanto se pudiera decir de su personalidad sería poco. Fue un hombre de pensamiento pero también de acción. Un teórico del Derecho, pero también un práctico. Un académico que no dejó de ocultar sus preferencias por la abogacía militante, que vaya si ejerció (y al más alto nivel). Un amante de la música que no dejó de incursionar en el deporte, en cuyo campo de juego supo mostrar algunas de sus aristas menos conocidas, de esas que sólo se insinúan y se dejan entrever en el fragor de la sana contienda: me refiero a la reciedumbre de su carácter —todo parece sugerir que en la cancha de fútbol trancaba con dureza— y me refiero también a esa suerte de legítimas argucias, mezcla de picardía y olfato, que en la cancha de tenis le permitían un rendimiento inteligente y efectivo, seguramente superior al que era propio de su tenis. Escribía para la Academia de La Haya con el mismo empeño con que lo hacía para una modesta revista de estudiantes en Montevideo (podemos dar fe). En fin, un polifacético que en cuanto ámbito incursionó, lo hizo siempre por lo alto.

Pero si bien la evocación de su figura tiene mucho de inspiración —¿quién de nosotros alguna vez no soñó en llegar a ser lo que Eduardo Jiménez llegó a ser en lo suyo?—, también involucra una reflexión, que ha estado presente en varios de los numerosos comentarios que en estos días se han dado a conocer: ¿qué nos pasó?, ¿cómo fue que caímos —¿imperceptiblemente?— en ese despeñadero de decadencia en que hoy estamos sumidos?, ¿en dónde y cuándo nos quedamos?

La propia obra del Dr. Brause encierra una respuesta.

Producido el fallecimiento del laureado profesor —había salido momentáneamente a cambiar una garrafa de supergás—, la Cámara de Diputados le tributó su homenaje en sesión extraordinaria. Corría el mes de abril de 1994. Previo al inicio del homenaje, los representantes del Frente Amplio optaron por retirarse de la Sala, en señal de rechazo a la personalidad homenajeada. El relato pudiera parecer de ciencia ficción. El mundo al revés: ¿quién podría no sentir consternación y dolor ante la ausencia de una personalidad tan notable? Anticipo una respuesta: sólo quien está cargado de un profundo resentimiento.

El autor ensaya una interpretación y pareciera atribuir esa reacción al rol protagónico que Jiménez de Aréchaga había jugado —en su calidad de Ministro del Interior— en la sanción de la ley que declarara la esencialidad de los servicios públicos en el año 1968 (Eduardo había sido el autor de esa ley).

Sin perjuicio de ese dato histórico, sospechamos que puede haber algo más de fondo, algo más que una relación de causa a efecto. A más de 25 años de la ley que presumiblemente precipitara esa reacción, una conducta tan incomprensible como irracional tiene que haber tenido (a nuestro juicio) una raíz más profunda, acaso mucho más vinculada a la pasión que a la razón de estos. Me refiero a la apelación constante a la irracionalidad del hombre, al resentimiento, a ese lado oscuro que anida en toda alma humana y que basta una pequeña mecha para que aflore con todo su efecto devastador. Un discurso que se basó —para llamar a las cosas por su nombre— en la mentira y en la alimentación del prejuicio.

Demonizado por la auto-denominada izquierda, Eduardo Jiménez de Aréchaga representaba la antítesis de esos sentimientos que ya en 1968 habían calado en tantas capas de la sociedad patria: él personificaba el Uruguay sano, el Uruguay de la creación, del trabajo y del esfuerzo. El de quienes creen en su propia capacidad y sueñan con un futuro mejor; pero no a expensas de otro u otros, sino exclusivamente de sí mismos. No miran al de al lado con mezquindad, sino para emularle y procurar ser ellos mismos mejores.

En momentos en que nuestra sociedad vive momentos de tanta incertidumbre —por decirlo de alguna manera—, la publicación de esta semblanza de Jiménez de Aréchaga resulta singularmente oportuna: porque al tiempo en que nos alerta sobre los efectos devastadores del odio y la intolerancia, es un faro de luz para todos aquellos que aún soñamos con un Uruguay mejor.



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