Edición Nº 1097 - Viernes 11 de setiembre de 2026

De espaldas a la innovación

Por Luis Hierro López

La reciente publicación del Índice de Innovación Global, preparado por un grupo de universidades y por la Organización Mundial de la Propiedad Industrial que incluye un estudio de 82 variables que se dan en 128 naciones, confirma que los países más avanzados y más ricos no son ya los que producen petróleo o materias primas, sino los que generan a la vez inteligencia.

Suiza, Suecia, Alemania, Estados Unidos, Japón y una ya cercana China se ubican en los primeros lugares en materia de innovación, generación de patentes y avances científicos. No casualmente esas naciones son los más desarrolladas tanto material como socialmente. Corea del sur, Israel y Singapur son las que le siguen.

Los países de América Latina están todos rezagados, excepto Chile, que se encuentra en el lugar 44. Uruguay viene de atrás, ocupando una mediocre posición número 68 en 128 evaluados. Las patentes de invención nos dejan en la zaga definitiva. Brasil registró el último año 660, México 233, Chile 68, hasta la caótica Venezuela tiene una. Uruguay ninguna.

Eso quiere decir que no tenemos un sistema universitario abierto y competitivo y que el ambiente general en materia de incorporaciones tecnológicas es oscuro o cerrado. Uruguay no está especialmente vinculado a las universidades del mundo ni a los centros tecnológicos y con la excepción de algunas iniciativas loables de universidades privadas y del acuerdo con el Instituto Pasteur promovido por el gobierno colorado en 2003, preferimos mantenernos en un encerramiento nacionalista que nos opaca. Algunas acciones de Antel –costosas, monopólicas–, la presencia del Parque Científico y Tecnológico de Pando, el desarrollo del software van en la buena dirección, pero son logros muy parciales. No podemos contabilizar positivamente lo ocurrido en la agricultura, donde hubo cambios importantes pero provenientes de afuera.

Más allá de esas escasas menciones, es evidente que no hay un plan estratégico. Uruguay no sabe –porque no se debaten a fondo estos temas– si nos conviene seguir siendo un exportador nato de “commodities” y productos primarios o si debemos buscar un modelo mixto para participar de proyectos y cadenas tecnológicas internacionales, que nos permitan adaptar a nuestra realidad los cambios tan acelerados que se registran para producir y para comercializar, de forma de generar productos y servicios con alto valor agregado.

A la vez que debemos buscar otra inserción externa para nuestro comercio y exportaciones, deberíamos hacerlo en materia de asociaciones científicas, con una mentalidad más abierta, propicia a la innovación. No se trata solo de un programa o de una partida presupuestal: es un tema intelectual, de apertura de nuestras cabezas y nuestra forma de ser.

Muy distinta ha sido parte de nuestra historia. El formidable empuje institucional, económico e intelectual que vivió Uruguay a principios del siglo XX se debió, en buena medida, a una concepción radicalmente distinta a la que hoy nos domina. José Batlle y Ordóñez, José Serrato, Eduardo Acevedo y tantos otros uruguayos pioneros se dieron cuenta que había que provocar un fuerte impacto tecnológico y buscaron deliberadamente vincularse a las más avanzadas universidades mundiales, contratando a sus mejores expertos y enviando a grupos de profesionales uruguayos a mejorar sus estudios. Decenas de agrónomos y de otros expertos fueron y vinieron, con resultados notables no solo en la famosa La Estanzuela. Hacia 1907, por ejemplo, de 15 catedráticos de la Escuela de Agronomía, 10 eran extranjeros, ocho alemanes y dos franceses.

Mirando al futuro del país de aquí a diez o quince años, este es uno de los desafíos más importantes: concebir qué universidades queremos, qué inserción científica con el mundo vamos a procurar, qué cantidad de patentes podemos aspirar a registrar por año, ya sea de inventos o de modalidades productivas y comerciales.

¿Seguimos pensando en un país que sólo exporte celulosa, soja y carne o queremos exportar también inteligencia? Responder a esa pregunta es parte de la llave del porvenir.



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