Cuando los estadounidenses se reían de los payasos de afuera

La presidencia de Trump impone un cambio de era. Ahora los estadounidenses no tienen que mirar hacia América Latina para saber cómo es tener un presidente patán, afirma el escritor argentino Martín Caparrós en una columna que es interesante reiterar.

Es difícil predecir cómo verán el mundo actual los historiadores dentro de cien años. Pero —si es que hay historiadores, si es que hay mundo— seguramente se divertirán leyendo a esos idiotas que tratábamos de imaginar cómo verán el mundo actual los historiadores dentro de cien años.

Así que, para entretenerlos, podríamos arriesgar, por ejemplo, que dirán que el final del ciclo americano —el “siglo americano”, tan largo, tan potente— empezó cuando un candidato presidencial inverosímil dijo que había que “volver a hacer grande a Estados Unidos” y, en lugar de reírse de su barbaridad, sus compatriotas lo votaron.

O sea: que ese fue el momento en que millones y millones de estadounidenses coincidieron en que su país ya no era grande. Y entonces ese presidente —demagogo al fin— lo asumió y gobernó para confirmarlo. A eso, en esos tiempos, dirán, llamaban populismo. Y que el hombre había entendido lo que sabe cualquier mago de cabaret: que para hacer el truco hay que lograr que el público mire otra cosa, y que entonces desviaba la atención general con sus gestos y desplantes; que la política, entonces, era eso que pasaba mientras el presidente decía tonterías. Y contarán que empezaron unos años raros: que millones de estadounidenses perdieron ese respeto que los unía a la institución presidencial, a su jefe supremo.

Es lo que está pasando: hasta ahora, la mayoría de los estadounidenses tenía un respeto casi reverencial por Mr. President, aunque fuera un truhan como aquel Nixon o un incompetente como algún Bush. Pero el señor Trump consiguió destruirlo, con el simple expediente de mostrarles que un presidente también puede pensar, hablar y actuar como un patán.

Al principio, su patanería tuvo un efecto útil para Estados Unidos: lo convirtió, retrospectivamente, en un país espléndido. Frente al presente humillante que producía el nuevo presidente, el pasado se veía tanto mejor que lo volvieron magnífico. Un articulista ignoto lo escribió en los primeros días de su gobierno: “Ahora el espejo roto del señor Trump hace que políticos, columnistas, actrices de Hollywood y otros opinadores despechados extrañen ese ‘ejemplo para el mundo’ —así lo llaman algunos— que solían ser los Estados Unidos de América”.

Y el plumilla citaba, para rebatir esa construcción, datos de aquel país a. T. —antes de Trump—: que en él la desigualdad crecía sin cesar, que un uno por ciento de las personas concentraba un tercio de las riquezas, que otro uno por ciento —o casi— estaba preso, que solo la administración Obama había deportado a tres millones de inmigrantes, que solo en 2016 había lanzado 26.000 explosivos sobre Asia, que la mitad de la población apoyaba la pena de muerte, que sus billetes decían “En Dios confiamos” y cuatro de cada diez adultos creían que un dios había creado al hombre en su forma actual hace menos de diez mil años, que habían decidido que los gobernara un multimillonario machista y racista y gritón. Ese era el país que el señor Trump consiguió hacer grande en la memoria.

Pero, una vez disipada esa primera ventaja, una vez difuminada la nostalgia por ese paraíso que nunca había sido, los estadounidenses se quedaron a solas con su presidente. Y entonces, de pronto, los atacó ese momento abominable en que uno entiende que eso que cree que solo les pasa a los otros les pasa a todos: que tú, que él, que yo también nos vamos a morir. Y que todos somos susceptibles de tener un bufón en el puesto de mando.

Fue horrible. La mayoría de los estadounidenses siempre se habían reído —o condolido— de esos países donde pasaban esas cosas. Siempre se habían reído —o condolido— de los políticos payasos del resto del mundo, subidos a ese banquito o superioridad moral que suponía que ellos no eran así, que no hacían esas cosas. Fue bruto golpe cuando tuvieron que aceptar que sí.

En el resto del mundo hubo, entonces, sonrisas de sorna. Y no fue por Schadenfreude, esa palabra solo alemana para decir el placer de ver cómo a otros les va mal. Fue, más bien, el gusto levemente vengativo de ver bajarse del púlpito o banquito a los que solían mirarnos desde arriba. Y la esperanza de que, menos soberbios, aprendan a ver el mundo de otro modo, más amable, más modesto, más empático: como si todos fuéramos un poco más iguales. En eso, por lo menos.



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