Cuando la democracia no importa

Por Santiago Torres

Las revelaciones sobre el amable retrato que Vivián Trías pintara de la dictadura militar argentina para sus empleadores de la inteligencia checoslovaca, pinta no sólo la infinita confusión del teórico del “socialismo nacional” sino su completa falta de convicciones democráticas, algo que ya había quedado a la vista en febrero de 1973.

Vivián Trías, padre del progresivo desdibujamiento de la identidad histórica del Partido Socialista durante los 60 y 70, operaba con ases en la manga, porque mientras públicamente decía propugnar un “socialismo nacional”, alejado del imperialismo estadounidense pero también del comunismo soviético (precisamente por no ser “nacional”), clandestinamente operaba para este último.

Desde ese “socialismo nacional”, Trías —que desplazó por completo a Emilio Frugoni— reconfiguró en clave radicalmente antiliberal al Partido Socialista. Tomando elementos del originalmente reaccionario revisionismo histórico argentino, en la relectura “de izquierda” que le dieron personajes como Jorge Abelardo Ramos o Enrique Dickmann, formuló una visión histórica que revalorizó a los caudillos nacionalistas, católicos y conservadores del Río de la Plata (como Juan Manuel de Rosas), contradiciendo la tradicional historiografía liberal, compartida a grandes rasgos por los historiadores vinculados al Partido Comunista. En lo local se afiliará a una visión “blanca” de la historia uruguaya, que tendrá en otro socialista, Carlos Machado, uno de sus epígonos más destacados.

Desde esa perspectiva histórica, Trías postulaba una suerte de tercera vía, como ya señalamos, pero empujando cada vez más al PS hacia el marxismo leninismo, que quedó consagrado como ideología oficial partidaria en 1972. Ello —ahora se sabe— fue consistente con su trabajo como espía de los servicios de inteligencia checoslovacos, o sea, operando en las sombras para el bloque soviético.

Pero además de ser un espía de los checoslovacos, Trías sufría de un extravío político de dimensiones apocalípticas, lo cual hace pensar que no eran precisamente sus análisis aquello que los checoslovacos valoraban tanto de él (al punto de considerarlo “nuestro mejor agente en toda América Latina”), sino —tiendo a suponer— otro tipo de actividades más vinculadas con el espionaje en sí mismo y/o con operaciones políticas.

El primer gran extravío político de Trías le asestó un durísimo golpe al Partido Socialista: la alianza con el dirigente herrerista Enrique Erro —escindido del Partido Nacional hacía pocos años— para las elecciones de 1962, en un frente que se denominó “Unión Popular”. La astucia del herrerista en el armado de las listas determinó que, a la postre y por primera vez desde su fundación, el PS quedara sin representación parlamentaria (riesgo advertido en su momento por Frugoni). Semejante frustración indujo a muchos jóvenes socialistas de entonces (Raúl Sendic, por ejemplo) a emprender el camino de la lucha armada.

Luego de disputar con Emilio Frugoni el control del lema “Partido Socialista” en las elecciones de 1966 —disputa en la que Trías vuelve a triunfar sobre el veterano fundador—, embarca al PS en el apoyo —al menos nominal— a la lucha armada. Efectivamente, en la Conferencia de la OLAS desarrollada en La Habana entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967, el PS liderado por Trías, junto a varias organizaciones de extrema izquierda con las que el PS integraba el llamado “acuerdo de Época” (Federación Anarquista del Uruguay, Movimiento de Izquierda Revolucionario, Movimiento de Acción Popular Unitaria, y el “Grupo de Amigos del Diario Época”), y contra la opinión del Partido Comunista que lidaraba Rodney Arismendi, votó la declaración final, impulsada por Fidel Castro. En la misma se expresa, entre otros puntos: el carácter marxista leninista de la revolución, que la “línea fundamental” de la revolución es la lucha armada, a la cual deben servir todas “las demás formas de lucha” y que esa lucha armada es “inevitable”. Esa respaldo a la insurgencia armada llevó al gobierno de Pacheco Areco a quitarle la personería jurídica al Partido Socialista y clausurar el diario “El Sol”.

En 1972 logró, finalmente, que el Partido Socialista adoptara al marxismo leninismo como su ideología oficial, no sin ciertas resistencias. Reinaldo Gargano, por ejemplo, se encargó de denunciar y hacer expulsar del PS a una fracción que propugnaba la fusión del PS en el PCU. Entre otros, integraba esa fracción socialista el ex Intendente y flamante presidente de ASSE Marcos Carámbula, quien poco después ingresaría al PCU, dando pábulo a Gargano, que señalaba que el PCU estaba detrás de toda aquella conspiración. Tengo para mí —es una corazonada— que Trías también integraba ese engranaje

En febrero de 1973 —faltaba más— Vivián Trías se encandiló con los ruidos de sable y apoyó con entusiasmo el cuartelazo del Ejército y la Fuerza Aérea. En la afiebrada visión de Trías, el general Gregorio Álvarez era algo así como el Velasco Alvarado uruguayo y el coronel Ramón Trabal, su fiel escudero. El llamado del Comunicado Nº 4  de los golpistas a “evitar la infiltración y captación de adeptos a las doctrinas y filosofías marxistas leninistas incompatibles con nuestro tradicional estilo de vida”, no encendió ninguna luz amarilla en el tablero de Trías sino que, por el contrario, lo llevó a imaginar que esa fue “una concesión” de los sectores militares peruanistas a los fascistas.

Y ahora, merced a una rigurosa investigación desarrollada por el historiador Fernando López D’Alesandro, los uruguayos nos venimos a enterar de otra “genialidad” del profesor Trías. En un análisis que realizara para sus empleadores checoslovacos poco después del golpe militar de 1976 en Argentina, Trías tiene palabras de simpatía hacia la novel dictadura militar, a la que califica como “pausa ordenadora” y un hecho “positivo dada la ausencia de otras alternativas mejores”, anhelando que la Unión Soviética reconociera a la junta (cosa que la potencia comunista efectivamente hizo, mientras el Partido Comunista de la Argentina publicaba en los diarios de la vecina orilla una solicitada de apoyo al golpe de estado y a la junta militar).

Al presidente de la dictadura, el teniente general Jorge Rafael Videla, lo ubica a la cabeza de una corriente militar “civilista”, “prescindente en política” y “profesionalista” (justo a quien acababa de encabezar el golpe de estado), al tiempo que veía en el nuevo Ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz a un burgués nacionalista opuesto a las multinacionales. Y descubría (¡otra vez!) a un “peruanista”: el contralmirante César A. Guzzetti, flamante canciller de la junta golpista. El mismo Guzzetti que realizó un exitoso lobby sobre Henry Kissinger, entonces Secretario de Estado de EEUU, para que ese país hiciera la vista gorda ante las masacres que venía perpetrando la novel dictadura. “If there are things that have to be done, you should do them quickly. But you should get back quickly to normal procedures” (“Si hay cosas que tienen que hacerse, háganlas rápido. Pero luego deben retornar rápidamente a los procedimientos normales”), le guiñó Kissinger al “peruanista” Guzzetti en junio de 1976.

Precisamente, sobre la represión diría Trías en su informe: “En todos los procedimientos y actitudes se ha procedido muy cuidadosamente, sin revanchismo, procurando tranquilizar y pacificar”. ¡Caramba!

Alguien podría decir que estos son análisis “con el diario del lunes” y que ahora es sencillo saber que Videla estaba tan comprometido en la masacre a escala industrial como el resto de sus conmilitones golpistas. Eso es cierto, así como también es verdad que había sectores y matices al interior de las FFAA (Videla favorecía una salida electoral relativamente rápida y fracasó en ese empeño ante la férrea oposición de importantes núcleos del Ejército), pero hay un par de cosas respecto de las cuales no podía caber la menor duda, ni siquiera en aquellos años. La primera, que las FFAA estaban embarcadas en una represión brutal (y eso se sabía en 1976, aunque no tal vez su verdadera dimensión) antes, durante y después del golpe, lo cual —incluso desde una mirada benévola— obligaba a ser muy cauto a la hora de despachar indulgencias. Y la segunda y más importante de todas: el 24 de marzo de 1976, las FFAA argentinas se embarcaron en un proceso golpista sin atenuantes. Pero —como bien señala López D’Alesandro— el análisis de Trías, por omitir toda mención a la misma, revela un “profundo desinterés por la democracia”. El mismísimo desinterés por la democracia que llevó a Trías a soñar con un inexistente golpe peruanista en febrero de 1973, a embarcar a su partido en extravagantes aventuras ideológicas, como el “socialismo nacional” basado en el marxismo leninismo, o a ser agente a sueldo del bloque soviético.

Ahora bien y vayamos a cuento de qué esta columna. ¿Se trata de embarcarnos en una campaña “delenda est la memoria de Vivián Trías”? A más de 37 años de su muerte, poco sentido le encuentro a una personalización de esa naturaleza. Al fin y al cabo, salvo (tal vez) para sus antiguos correligionarios del PS, poco significa su figura en el Uruguay posmoderno de hoy. De lo que se trata es de hacer fuerte hincapié —porque es una cuestión vigente— en ese “profundo desinterés por la democracia” que aún permea a buena parte del universo “progresista”.

En una cobertura del semanario “Brecha” del 28 de febrero de 2013, la politóloga e investigadora de la UdelaR Fabiana Larrobla señalaba lo siguiente: “El vacío generacional que trajo la dictadura al encarcelar y torturar a los jóvenes que querían romper con las legitimidades saliéndose de la estructura legal, redujo el debate a términos jurídicos. Solamente se habla de lo posible o lo imposible en este terreno, como si la verdad revelada estuviera en los textos de la ley. Ahí está el triunfo de la derecha, del liberalismo, de la división de poderes, del republicanismo”. Adviértase su forma de pensar: “la derecha” —ese Golem eterno— es el liberalismo, la división de poderes y el republicanismo. Además de la miopía (digna de Vivián Trías) de no advertir que, precisamente, el liberalismo, la división de poderes y el republicanismo constituyen la única defensa conocida contra las violaciones masivas de los derechos humanos, da cuenta de una visión beligerante. Y refleja no ya un “profundo desinterés por la democracia” sino un profundo rencor contra ella.

Por si fuera poco, agregaba en aquella ocasión: “En un Estado democrático, liberal, republicano, los partidos políticos tienen los límites que imponen las negociaciones entre el gobierno y la oposición. (...) No es posible tener un gobierno de izquierda en un contexto de democracia de este tipo. Hay que negociar y las revoluciones no se hicieron nunca a los abrazos”. O sea, se hacen a las piñas, sin “democracia de este tipo” (la liberal republicana). Eso sí: hay “piñas buenas” y “piñas malas”, hay violaciones a los derechos humanos válidas (Venezuela, Cuba) y otras que son aberrantes (las dictaduras militares del Cono Sur).

Es esa mentalidad la que luego tiene un correlato político en el respaldo a la dictadura venezolana, en sostener que hay que contar con la mitad de los oficiales de las FFAA, en las asonadas contra las decisiones de la Justicia o en que no es buena la rotación de partidos en el gobierno.

Fernando López D’Alesandro es insospechable de cualquier “desviación derechista”. Militante del PS desde su juventud, sigue militando en el Frente Amplio aunque ya no en el viejo partido de Frugoni (y Trías) sino en otro sector del oficialismo. En su artículo señala básicamente lo mismo: “Hoy algunos siguen ese trillo. Haber supuesto progresismo en la robocracia kirchnerista adapta aquella manera de pensar al presente. La misma actitud tienen ante el sandinismo gangsteril, o ante el desastre de Venezuela, o aplaudiendo a un nacionalista de la derecha ultramontana y expansionista como Vladimir Putin, o enmudeciendo ante el unicato cubano. Esa izquierda tiene que reflexionar profundamente acerca de sus yerros, acerca de su desdén por la democracia. Una dictadura es una dictadura, sea del signo que sea”.

De eso se trata y mientras no lo entiendan (y demuestren haberlo hecho), uno seguirá teniendo el derecho a la desconfianza.



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