Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026
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Conservadores de Izquierda

Por Julio María Sanguinetti



Días pasados, en Buenos Aires, la Senadora Mónica Xavier dijo que “no hay nada peor que un conservador de izquierda”. La legisladora socialista se refería al veto que el entonces Presidente Vázquez —quien supo ser su correligionario de partido hasta ese episodio— interpuso contra la ley de despenalización del aborto que se votó en el período pasado.

La mayoría del Frente Amplio, encabezada por varias legisladoras mujeres, había presentado ese proyecto, que fue aprobado en ambas Cámaras y luego frustrado en la Asamblea General. En esa oportunidad hube de fundamentar el proyecto en solitario, ante el silencio de una bancada frentista enmudecida por el veto de su Presidente.

Lo que ha dicho la Senadora toca un punto muy sensible de la política uruguaya. Nuestra izquierda devino revolucionaria en los años 60 y luego del retorno democrático experimentó una metamorfosis que la llevó a abjurar de todo lo que había sostenido toda la vida.

Se terminaron el eslogan de “no pagar la deuda externa”, el repudio al Fondo Monetario Internacional, la estigmatización del equilibrio fiscal, la nacionalización de la banca, la reforma agraria, el rechazo a la apertura del comercio exterior…

Sin embargo, permanecieron dos aspectos fundamentales: uno, la de mantener esclerosado el Estado; y dos, preservar hacia el exterior la mirada favorable hacia las dictaduras marxistas, como Cuba, o a los estados populistas como Venezuela.

Esta contradicción sustantiva hace que el Frente Amplio, que se considera de izquierda, convive con su admiración por Cuba y pedirle al Presidente Bush, símbolo de los conservadores norteamericanos, su ayuda para un eventual conflicto con Argentina a raíz del caso Botnia.

Estamos hablando de ayuda militar al denostado “imperio”, para amenazar al “hermano” gobierno peronista del Presidente Kirchner… Mirado con la óptica de la Senadora, es verdad: no hay nada peor que un conservador de izquierda…

¿Y nuestro Presidente? ¿No habló en Perú de las “dóciles” domésticas peruanas, en el contexto de un planteo casi racista, en que añadía que además de esa gente podía emigrar “otra” de más categoría al Uruguay? ¿No recuerdan cuando salió a repartir volantes contra la violencia doméstica y nos aconsejó a los hombres que “hay que saber perder” con las mujeres, en un reflejo machista digno de los viejos padres de familia del 900 que se retrataban en algunas comedias de Florencio Sánchez?

Se supone que alguien de izquierda quiere al Estado. Como lo queremos los batllistas, que construimos el Estado uruguayo y creemos en sus trascendentes roles, imaginándolo adaptado a cada tiempo histórico, eficaz y eficiente, hoy repensado para el mundo global. Por cierto, nuestra izquierda está en las antípodas.

No quiere mover nada: esclerosis burocrática y todo el monopolio que sea posible… Lo estamos viendo estos días con Antel, una gran empresa, que compite hoy con organizaciones privadas en la telefonía celular pero a la que sus actuales conductores la quieren retornar al monopolio aun por mero decreto.

El Presidente Mujica, que no es muy socialista sino más bien un anarquista a la antigua, propuso reformas a la burocracia del Estado, que él controvierte constantemente. Todos sus planteos, uno tras otro, fueron quedando en el camino.

Habló contra los ascensos por antigüedad, propuso no nombrar más funcionarios, vituperó contra los acomodos en los concursos, se quejó de la hegemonía de los cuerpos gerenciales de las empresas del Estado… Nada se ha hecho en ninguna dirección.

Lo que ocurre es que conviven sectores más reformistas con los más conservadores de la sociedad uruguaya, como es la conducción de los sindicatos de la educación, corporativistas, burocráticos, enemigos de todo aquello que exalte la calidad o la excelencia.

La palabra “calidad” es sinónimo de “neoliberalismo”, en la expresión mayor de un espíritu conservador que, por no cambiar, está dispuesto a sacrificar generaciones enteras en el altar de la mediocridad. Las consignas son claras: nunca evaluar, nunca compararse, jamás pensar en el mercado laboral como objetivo, nunca medir rendimiento, nunca premiar, siempre igualar para abajo…

¿Alguien quiere algo más conservador? O comunista, cuando al final los extremos se tocan… en esa idea de sociedad quieta y gris, donde el que se destaca, por su esfuerzo o capacidad, está condenado a asfixiarse en la medianía, porque no se puede “estigmatizar” al que rinde menos…

El país tuvo una gran fuerza progresista que fue el Batllismo. Impulsó la legislación social fundamental, construyó las empresas del Estado, desarrolló la seguridad social, cambió los códigos de familia para igualar a la mujer y proteger a los más desvalidos. Así se incorporó la inmigración pobre venida de Europa a una clase media que afianzó la democracia para siempre.

Pero siempre apuntando hacia arriba, exhortando a promover, a superarse, sin fomentar odios de clase ni dividir a la sociedad. Ese espíritu reformista sigue intacto en el Batllismo. Y eso es lo que nos diferencia de los conservadores de izquierda, que oscilan entre Bush y Chávez y ni siquiera saben todavía si son demócratas, porque desconocen la voluntad ciudadana cuando les es adversa y les da lo mismo aceptar un referéndum popular que atropellarlo.



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