Ceguera ideológica y una gran irresponsabilidad política
Por Luis Hierro López
Las reacciones del gobierno y del Frente Amplio respecto al triunfo de Bolsonaro, demuestran un sesgo ideológico parcial y equivocado, además de conformar una gran irresponsabilidad.
Da la impresión de que el gobierno corrigió su posición inicial respecto al candidato triunfante en la primera vuelta en Brasil, asordinando las reacciones furibundamente contrarias, pero en todo caso las infelices expresiones del Canciller Nin Novoa y de la Vicepresidente Lucía Topolansky, además de las de la Ministra de Turismo Kechichián, repercutirán —y negativamente— durante mucho tiempo. Si Bolsonaro termina convirtiéndose en Presidente, como todo indica que ocurrirá, Uruguay tendrá que remontar la cuesta, y si las negociaciones de todo tipo que el país debe desarrollar permanentemente con Brasil son siempre difíciles, más lo serán tras las indebidas expresiones oficiales. Brasil es el segundo socio comercial de Uruguay, el tercero en materia turística y es pieza clave del Mercosur. No sólo por razones de elemental equilibrio internacional, sino para cuidar mejor nuestros intereses y por cuestiones estratégicas de fondo, el gobierno uruguayo no puede reaccionar con el infantilismo, la agresividad y el grado de grosería con que lo hizo, cometiendo un error quizás irrecuperable.
No hay dudas de que Bolsonaro es un candidato polémico. Si gana en la segunda vuelta, habrá tiempo para juzgar su actuación, pero sin mezclar lo institucional con lo político. Es muy posible que sea un francotirador que, como muchas veces ocurre, se acople al sistema.
Pero además de la notoria equivocación diplomática, el gobierno y el Frente Amplio reiteran el sesgo ideológico que ha recostado al país a los peores regímenes de América Latina, como Cuba, Nicaragua y Venezuela. El “progresismo” ha significado que los gobiernos frenteamplistas se hayan casado con Néstor y Cristina Kirchner, los gobernantes más anti uruguayos que se han registrado en décadas. Como además se ha comprobado —aunque Mujica lo dude—, fueron autores intelectuales y materiales de un fenomenal proceso de corrupción. Lo mismo ocurre con Lula, quien encabezó una trama institucional de deshonestidad y coimas de tal entidad que ha provocado la airada reacción de la mayoría del pueblo brasileño, que acompañó precisamente a quien no aparece salpicado por las viles maniobras del “mensalâo” y del “lava jato”. El fenomenal fracaso moral y político de Lula y de Dilma es lo que provoca ahora el crecimiento de Bolsonaro y eso es lo que el “progresismo” vernáculo no advierte, porque siempre defendió a Lula, un corrupto indignante.
El sesgo ideológico del gobierno y del Frente Amplio demuestra otra vez una profunda debilidad, porque queda claro que la manida “no intervención” termina siendo una gran mentira. No se juzga a Venezuela para no intervenir en sus asuntos internos, pero se ingresa groseramente en la política brasileña…
No es ético, además, invocar que Bolsonaro es un peligro para la democracia, sin advertir que Fidel Castro lo fue (en rigor, instaló un Estado totalitario), Daniel Ortega y Maduro lo son, y que los Kirchner y Lula le han hecho un gran daño a las instituciones, que deben basarse en la transparencia y en la confianza pública. El doble discurso es a esta altura inadmisible.
Quiere decir que por ningún lado cierra la posición del oficialismo. En términos del posicionamiento internacional de Uruguay, el gobierno cometió una especie de suicidio. En los aspectos políticos, el Frente Amplio ingresa, otra vez, en una contradicción ideológica fundamental. La opinión independiente debe tener en cuenta estos hechos, que demuestran que el destino del Uruguay, un país pequeño que ganó en el pasado una gran imagen externa por su apego al Derecho y a la seriedad, está en manos de unos aventureros sin escrúpulos, que no piensan en el país sino en sus intereses de comité.
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