Por LA LIBRERIA
Ampersand, 2022, 168 páginas. Por Roger Chartier
"...Tienes razón, Sancho -dijo Don Quijote-, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: ‘Lo que saliere'; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: ‘Éste es gallo', porque no pensasen que era zorra. Desta manera me parece a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o el escritor, que todo es uno, que sacó a luz la historia deste nuevo don Quijote que ha salido: que pintó o escribió lo que saliere...". Don Quijote de la Mancha (1998) págs. 1202-1203.
Aprovecha la volada, Don Quijote, Cervantes, para burlarse del apócrifo publicado en 1614, más recuerda la fundamental equivalencia entre el pintor y el escritor y entre los escritos y las imágenes.
Decía Horacio, ut pictura poesis, al tomarse, se intenta justificar la falta duradera de ilustraciones en textos que tienen el poder de producir en la mente del lector, por obra exclusiva de sus palabras, la presencia de los lugares, los acontecimientos y los personajes.
En su Atlas du roman europeen 1800-1900 (1997), Franco Moretti señala que la geografía literaria puede tener dos objetos diferentes: o bien el estudio de la literatura en el espacio, o bien el estudio del espacio en la literatura.
No se consagra a los espacios de circulación de los libros, sino a la geografía interna de los textos.
La primera perspectiva lleva a elaborar los mapas de las ediciones de las obras y sus traducciones; la segunda opta por los lugares de las intrigas y los desplazamientos de los personajes.
En ambos casos es posible una cartografía interna de los textos, pero en ambos esta se construye en el presente.
Aquí hay una realidad, la presencia de mapas en las obras en el momento mismo de su publicación. Ya no se trata de mapas elaborados a posteriori, traducciones visibles de espacios que eran solo textuales, sino de mapas que acompañaron las lecturas de los primeros lectores.
En la primera edición de las tres partes de El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, 1954-1955, se incluyen tres mapas. Sobre la base de los dibujos hechos por el hijo de Tolkien, Christopher, en el primer volumen, La comunidad del anillo, aparecen dos mapas que muestran "La Tierra Media" y "Una parte del condado". El tercer mapa, en El retorno del rey, representa los reinos de Gondor, Rohan y Mordor.
Publicado en 1937, El hobbit contiene un mapa de la Comarca y otro de Thrór.
En 1883, la serie de mapas incluidos en los libros en lengua inglesa destinados a la juventud había comenzado. La primera edición de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, contenía en el frontispicio un mapa de la isla. Así como podemos encontrar un mapa de la isla de Lincoln en La isla misteriosa de Julio Verne, publicada por Hetzel en 1874-1875; el plano de la isla dibujado por el propio Verne.
En 1926, un mapa de "100 Aker Woods" dibujado por Ernest H Shepard, refleja los lugares de las aventuras de Winnie the Pooh de A A Milne.
El mismo Shepard sería quien dibujara el mapa desplegable incluído en El viento en los sauces de Kenneth Grahame en 1931.
Más mundos imaginarios han sido cartografiados, cómo el creado por C. S. Lewis en las Crónicas de Narnia. En 1950 El león, la bruja y el ropero no contenía mapas, pero al año siguiente la ilustradora Pauline Baynes dibujó uno para el segundo volumen El príncipe Caspian.
Así podríamos continuar hasta Harry Potter y Game of Thrones. Más éste libro apunta a realizar una genealogía histórica de la presencia de mapas en los relatos de ficción.
Al decir de Julie Garel-Grislin, invita "más allá de las peripecias del relato, a cada lector a (hacer) su propio viaje".
Por César Quintana