Cabalgando la contradicción

Con ese título, el Dr. Julio María Sanguinetti publicó una columna en La Nación de Buenos Aires, en la que sostiene que la confianza sólo puede ser hija de la transparencia y no del miedo. Reproducimos aquí ese texto.

Nunca hemos sido más globales y, a la vez, menos integrados. Esta extraña paradoja marca nuestro misterioso tiempo, que irrumpió impensadamente y se recordará como «la pandemia de 2020». Todo empezó en Wuhan, una enorme ciudad china desconocida para la mayoría de los occidentales, y hace cinco meses que estamos todos envueltos en esta danza dramática que se viene renovando cada semana. ¿Se logró un manejo colectivo? ¿Naciones Unidas o su agencia especializada, la OMS, encabezaron el enfrentamiento? Todo lo contrario. El particularismo nacionalista afloró del modo más estentóreo con los rayos y centellas que partían de Washington, las extravagancias de la otrora circunspecta Londres y el desafío personal desde el Palacio del Planalto, en el escenario de la vanguardista Brasilia.

América Latina, a su vez, ha vuelto a quedar al desnudo como región. Nuestros gobiernos no han podido articular una candidatura viable para el Banco Interamericano de Desarrollo, resignados hoy a un candidato estadounidense, tradicionalmente destinado a la vicepresidencia para acompañar la presidencia de un latinoamericano. Han sido sesenta años de una tradición que comenzó cuando asumió el chileno Felipe Herrera y que hoy está a punto de quebrarse. El episodio importa por sí mismo, pero sobre todo como revelación de una dispersión inexplicable luego del fin del Muro de Berlín y los alineamientos de la Guerra Fría.

La paradoja está en que, a la inversa, la conciencia de la unidad cultural es cada día mayor. García Márquez, Carlos Fuentes o Vargas Llosa son los autores más leídos, mientras que Borges, Octavio Paz o Neruda, aun en estilos y notas bien disonantes, encabezan el universo poético. Los remates de Sotheby's o Christie's dedican sesiones específicas a nuestra creación artística, asumiendo, en lo comercial, un paisaje cultural auténtico, que el MoMA estadounidense o el Malba porteño exhiben esplendorosamente en los planos más altos de la valoración crítica. Cada vez más, la ciudadanía latinoamericana se va consolidando en esos modos de pensar y de decir. El lenguaje político, a la inversa, no logra la rima consonante.

La América invertebrada -para usar el calificativo de Ortega para España- podría definir nuestra vida institucional

La América invertebrada -para usar el calificativo de Ortega para España- podría definir nuestra vida institucional. La OEA, luego de años de eclipse, ha vuelto al protagonismo, pero rodeada de los despojos de creaciones artificiales. La Unasur pretendió enterrar el concepto hemisférico para armar un grupo ideológico populista hoy desvanecido. La Celac nació como una esperanza y hoy no se la visualiza ni de cerca con relación a las expectativas que algún día tuvimos. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) fue un conglomerado liderado por Venezuela, que se derrumbó con el hundimiento económico del país petrolero. La Alianza del Pacífico pareció ser una réplica del ALBA, más liberal y pragmática, pero hoy México transita otro camino. La vieja Aladi, expresión optimista del proyecto de zona de libre comercio, languidece, aunque la vigencia de su idea reclama a gritos un relanzamiento.

Esta situación nos lleva a otra contradicción, la del desarrollo urbanístico, otrora expresión de civilidad y, como ha explicado luminosamente desde hace ya muchos años Natalio Botana, al alcanzarse el nivel de la megalópolis, todo se hace inmanejable. México, San Pablo, Río y el llamado AMBA generan situaciones impensadas. Ellas son, ha dicho Natalio, «el espejo en que se reflejan las contradicciones entre el espacio del lujo, el refinamiento y el esplendor de las artes y las ciencias y, por el otro, las privaciones y la exclusión de quienes tienen menos». El amontonamiento demográfico pasa a ser una variable cualitativa, poniendo así en jaque a la política, que hasta ahora dejaba a los arquitectos o burócratas municipales el desafío urbanístico, sin advertir que el tema los desborda. Después de la pandemia, nadie puede dudarlo.

La ciencia es, en una dimensión amplísima, la expresión también paradójica de nuestro progreso. Ella nos ha permitido a los humanos vivir más años y vivirlos mejor, pero resulta que hoy están en «situación de riesgo» los que hace cincuenta años -valgan los promedios matemáticos- hubieran muerto. El promedio de los contagiados anda por los 45 años y el de los muertos, alrededor de los 70. Es una pregunta sin respuesta posible. «Vivir es peligroso», dice el protagonista de la novela de Guimaraes Rosa Gran Sertón: Veredas.

En otra dimensión, parte del temor que desató este coronavirus es que la ciencia, en cuyo altar comulgamos con fe, esta vez no nos daba respuestas claras. Nos aproximábamos a sus límites, a la idea obsesiva de los epistemólogos de que la verdad científica es tan relativa que cambia a toda velocidad. Pero la fe se renueva y allí estamos esperando la vacuna, detrás de la que corren miles de científicos en miles de laboratorios. Cuando ella esté, el desafío será otro: predominará el egoísmo o aparecerá la solidaridad. ¿Será una patente o un bien común?

La paradoja final es la de Umberto Eco: apocalípticos o integrados. Los que creen que se acaba el capitalismo, como Zizek, o los que, a la inversa, creemos que se acelerarán tendencias como las ya inevitables hacia la economía digital, el teletrabajo o la mejor organización de los sistemas de salud. Los que creen que esta es una oportunidad para el autoritarismo, porque la centralidad fundamental del Estado les ha dado poderes de excepción a los gobiernos o los que creemos que, al final de la historia, las democracias habrán demostrado una vez más que la libertad recompensa. Que el viejo pacto fáustico de entregar la libertad a cambio de seguridad, que engendró tantas dictaduras, no renacerá. Esta tensión dialéctica está allí. Los apocalípticos la anuncian. Los integrados seguimos creyendo que la confianza solo puede ser hija de la transparencia y no del miedo.

 




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