Edición Nº 1098 - Viernes 18 de setiembre de 2026

Brasil, hoy y mañana

Por Julio María Sanguinetti

El gigante latinoamericano ha cerrado un capítulo de su vida política y abierto otro aún poco definido. Los partidos de centro se han desfondado, la izquierda ha quedado muy malherida y el poder lo ha ganado un diputado de larga actuación, célebre por sus tajantes definiciones hacia la derecha de la derecha.

No es fácil endosar el discurso de Bolsonaro, o sus contradicciones, pero hay por lo menos una alternativa de cambio. Lo otro sería haber consagrado la corrupción, proclamado que da lo mismo gobernar que tomar por asalto el poder y seguir en este tren de inseguridad rampante, desorden administrativo y —sobre todo— de errático liderazgo continental (o ausencia de él, a cambio de amistades políticas de dudosa calidad).

Personalmente no somos pesimistas, porque la institucionalidad brasileña tiene hoy una fortaleza sin precedentes. El Poder Judicial ha demostrado independencia y capacidad para enfrentar la corrupción de un modo inédito. Han terminado procesados, luego de largas y prolijas tramitaciones, no solo políticos sino aun los más poderosos empresarios del país. A la vez, las inestabilidades más profundas, como las caídas de dos presidentes, se han producido sin alterar las reglas constitucionales, con la asunción de sus respectivos Vices. La libertad de prensa, además garantía de todas las otras libertades, está plenamente vigente y se ejerce como un poderosísimo sistema de contralor, a tal punto que la campaña contra la corrupción difícilmente hubiera llegado a donde llegó, sin su aporte.

Recordemos también que la bancada parlamentaria de Bolsonaro consiste en 52 diputados en 513, lo que le obligará a un esfuerzo de conciliación y acuerdos muy importante. Él conoce el Parlamento, de modo que no es ese un medio desconocido para él y si bien actuó siempre como una presencia muy solitaria, desde el Planalto tendrá hoy una fuerza de seducción mucho mayor, pensando con buen espíritu lo que son las legitimas transacciones de la vida política.

El Ministro de Economía es un hombre respetado y se supone que está armando un equipo en consonancia. Vendrán por allí, paso a paso, las definiciones.

Lo que ha resultado particularmente imprudente han sido las declaraciones de algunos Ministros uruguayos en la víspera de la elección. Los políticos o periodistas podemos opinar lo que queramos. No así quienes integran un gobierno obligado a la prudencia, por códigos de comportamiento diplomático y —en el caso— por el obvio peso que tiene Brasil en nuestra vida.

Las llamadas previas del hoy Presidente electo de Brasil a los gobernantes de la región, con la excepción uruguaya, fue un claro testimonio de que le había quedado clara la hostilidad. Es realmente poco explicable nuestra actitud como país, luego de la triste historia vivida con las relaciones con el matrimonio Kirchner, al que se aduló y se sigue apoyando, pese a que fuimos víctimas de sus agresiones comerciales. El Frente Amplio no ha podido sacarse del alma esa idea de política exterior asentada en el “compañerismo” político, de tan nefastas consecuencias. La corrupción de los gobiernos vecinos no le han hecho mella porque —como dijo en célebre frase Raúl Sendic— por definición “el que es de izquierda no es corrupto”. Confiemos en que en el Norte haya la grandeza suficiente para soslayar nuestro nivel de adolescencia izquierdoide y tengamos la posibilidad de recomponer una relación tan relevante.

La política exterior es un tema muy importante en nuestra vida. Somos un país de escasa dimensión territorial y poblacional, con una economía incomparablemente más pequeña que los vecinos, aunque con un desarrollo social históricamente más evolucionado que ellos. Para poder mantener esa condición, la exportación ha sido nuestra llave. Solo crecemos, de verdad, hacia fuera. Y ese crecimiento comienza en nuestras fronteras, especialmente en la del Norte. De él depende el trabajo de mucha gente. Estamos obligados a negociar. Sin ir más lejos, nuestros comercios “free shop”, aledaños al Brasil, están corriendo serio riesgo de una competencia que puede ser fatal y poco o nada se ha hecho para amortiguar el impacto. Artigas, Rivera y Cerro Largo dependen, en gran medida, de lo que ocurra en ese escenario diplomático. ¿Lograremos alguna posibilidad cierta de negociación? Baste este ejemplo para advertir hasta qué punto las relaciones internacionales son influyentes sobre nuestras vidas.

Brasil está allí y lo estará toda la vida. Hoy y mañana. Es existencial para el Uruguay una política de relaciones con ese gigante. Por eso, y ante todo, es la hora de respetar las decisiones de su pueblo, felicitarle por el pacífico comportamiento en el acto electoral y tratar de salir de las incómodas posiciones en que hemos quedado. Lo ha intentado en las últimas horas el Presidente Vázquez, pero muy tardíamente. Ojalá sea suficiente.



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