Bienvenida la voltereta de Bonomi
Por Julio María Sanguinetti
Ministro Bonomi había retirado la Policía de los estadios, especialmente del Centenario. Creía que la prevención era suficiente y que la represión no era necesaria, según su viejo reflejo tupamaro, desconfiado siempre de la autoridad. Así descargó en los clubes de futbol la responsabilidad de la seguridad, imponiéndoles obligaciones monetarias (pagar a la Policía), contribuir en la compra de cámaras de seguridad y aun mantener sistemas de seguridad propios. Obviamente, estableció un clima de permisividad que ambientó la acción de los grupúsculos violentos: a veces “barras” organizadas, en ocasiones simplemente núcleos espontáneos.
Luego de los episodios del partido clásico, felizmente el Ministro cambió. Nadie entendió que la Policía abandonara los lugares más conflictivos y ahora, entonces, está dispuesto a asumir la responsabilidad ineludible del Estado de preservar el orden público, responsabilidad que nunca debió eludirse. El sábado, en el partido de Peñarol con Juventud, la Policía hizo un acto de presencia ostensible y no hubo problemas. El domingo, en el Parque Central, también hubo de intervenir y lo hizo. Mientras tanto, la Justicia —por fin— ha empezado a aplicar la ley y sancionar a los responsables de los incidentes. Esta nueva orientación es fundamental para ir alejando de los espectáculos deportivos a los disolventes.
Parecería que, finalmente, se empieza a entender que es el Estado el que debe velar por la seguridad de los ciudadanos, sea en la calle, en sus hogares o en cualquier lugar público. Se había llegado al dislate de afirmar que un espectáculo público abierto es algo privado…
Nunca es tarde cuando la dicha es buena, dice el viejo refrán. Esperemos que se siga actuando con una presencia policial suficiente, con funcionarios con órdenes claras y capacidad para intervenir. El riesgo, como tantas veces ha pasado, es que baste un fracaso o una actuación policial equivocada para retroceder nuevamente. Esta ha sido la recurrente historia: primero se reclama dureza y luego se apostrofa a la autoridad cuando en los hechos se producen los inevitables errores.
Estos temas no se pueden manejar espasmódicamente según lo que ocurre cada fin de semana. Hay que tomar reglas claras, anunciarlas y que todo el mundo se atenga a las consecuencias. La persistencia en el funcionamiento del castigo es fundamental. Cada episodio, grande o chico, debe tener consecuencias sobre los responsables. Y nace, desde allí, la principal prevención, que es dejar afuera de las canchas a quienes no saben convivir.
Desgraciadamente, la Asociación Uruguaya de Futbol ha retornado al sistema de sanción con pérdida de puntos para aquel equipo cuyos parciales hayan alterado el orden. O sea, que los resultados deportivos quedan a merced de grupúsculos que no responden a nadie y que castigan al club aunque éste nada tenga que ver. ¿Es esto lógico? Es más: se presta fácilmente para la simulación, pues bastará la infiltración de un grupo ajeno mimetizado con una hinchada para crear un alboroto y llevar a una sanción. Ya ha pasado, pese a que se lo niegue.
Se dice que esta es una norma de FIFA y que no hay más remedio que cumplirla. No creemos que esa obligatoriedad exista. Cada país tiene una realidad diferente y ha de manejar los temas conforme a sus leyes y reglamentos. Mucho nos tememos que este camino lleve a más incidentes de los que se pretenden evitar.
Naturalmente, esta medida se basa en la presunción equivocada de que la dirigencia de los clubes tiene autoridad sobre los revoltosos. Se habla de que algunos son, de hecho, funcionarios de los clubes, lo que no es así. Podrá haber alguna excepción, pero esa no es la norma. Y bajo esa idea no se puede retornar al absurdo de que el Estado decline su responsabilidad. No se trata de renunciar a la prevención, sino —por el contrario— protegerla con la idea clara de que su ineficacia en algún episodio lleva inmediatamente a la necesaria acción represiva. El sistema de individualización tiene que funcionar, las sanciones de incomunicación en las comisarias de los violentos deben cumplirse cabalmente. Así, la Policía británica terminó con los “hooligans”. En nuestro país venimos hablando y hablando de ese ejemplo europeo y de ahí no pasamos. Amagamos y retrocedemos. Ahora parecería que estamos ya en la etapa de asumir la responsabilidad. El tiempo dirá si el cambio de estrategia es real o, como tantas veces, una respuesta episódica a un griterío circunstancial.
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