Bestiario Tropical

Por LA LIBRERIA

Crónicas de Dictadores, de Alfredo Iriarte. Editorial Espasa, 179 páginas.

Alfredo Iriarte (Bogotá 1932-2002), fue Director del Instituto de Cultura Hispánica, Vicepresidente de la Academia de Historia de Bogotá y Miembro de Número de la misma.

Ha publicado diversas obras tanto históricas como novelas, entre ellas: Breve Historia de Bogotá, Batallas y Batallitas en la Historia de Colombia, Muertes Legendarias, Cómo Evitar Una Nochebuena Pecaminosa y Otras Crónicas en el Humor Viajero.

Como buen colombiano, sus obras hacen gala de un gran dominio del idioma español, aunque debe decirse, tal vez un poco barroco, ya que, en forma recurrente, utiliza términos no usuales por lo menos en el Rio de la Plata, si bien puede deducirse a qué situación refiere, antes que, recurrir al diccionario. “Era cenceño, casi a extremos de hetiques...”, “era fea con avaricia, y de contera aquejada por innumerables dolamas...”, “cinco automóviles atestados de sayones provistos de armas como para una guerra prolongada...”.

En esta obra histórica con relatos terribles y hasta con dosis de humor negro, nos cuenta sobre algunos dictadores en América, desde 1860 hasta 1980.

Así, nos escribe sobre Melgarejo, el dictador boliviano que gustaba de emborracharse con cerveza junto con su caballo Holofernes, en medio de incontables orgías. O del benemérito General colombiano Juan Vicente Gómez: “Igual que el Libertador Simón Bolívar, nací un 24 de julio, y como él moriré un 17 de diciembre, pero del año que yo elija de acuerdo con mi real gama”.

Inhumanas las acciones dispuestas sobre los campesinos rebeldes salvadoreños por el General Maximiliano Hernández Martínez, quien sostenía públicamente que “vale más la vida de un insecto que la de un rebelde”. “La cacería de los rebeldes fue complementada con el fusilamiento de los jefes... y una nueva modalidad cinegética...Dicho deporte consistía en salir al campo los domingos con carabinas y abundante munición... la diversión consistía en disparar a las copas (donde se refugiaban los campesinos rebeldes) siendo premiado quien más de ellos matara”.

En definitiva, luego de su lectura, nadie puede obviar un estremecimiento, a la vez de preguntarnos: ¿qué lleva al hombre a cometer esas atrocidades, muchas veces de mano propia, sobre sus enemigos políticos o sospechosos de serlo, y luego continuar viviendo hasta morir en general, violentamente, sin signos del menor arrepentimiento?



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