Edición Nº 1075 - Jueves 2 de abril de 2026

Batllismo y marxismo

Por Luis Hierro López

Desde 1917, cuando Batlle y Ordóñez mantuvo una polémica con el líder socialista Celestino Mibelli, quedó claro que el batllismo y el marxismo son irreconciliables, porque Batlle descartó la lucha de clases como motor y eje de la historia.

Celestino Mibelli, quien luego se hizo comunista, era periodista de El Día y había sido sancionado con una multa de un peso al haber encabezado mal una fotografía. El diario era muy severo en esas cuestiones, así como pagaba muy bien con relación a la plaza y repartía ganancias. Mibelli protestó por la multa y se fue, aduciendo que el fondo del asunto radicaba en un artículo crítico hacia el Partido Colorado que él había publicado en otro medio.

Lo cierto es que había animosidad entre los protagonistas y la polémica, desarrollada entre mayo y julio de 1917, empezó a propósito del servicio militar obligatorio, que se discutía entonces, pero generó un debate general sobre la reforma y la revolución, precisamente el título del libro - de lectura obligatoria- en el que Milton Vanger recopiló las columnas de uno y otro. Es interesante advertir como El Día abrió sus páginas, durante meses, a un adversario político muy crítico con el batllismo.

Batlle insistió con sus habituales puntos de vista en cuanto a que "no hay lugar para el odio" y dedicó varios artículos a fundamentar su posición en contra de la lucha de clases, en la que insistía Mibelli: " El señor Mibelli divide de una sola plumada a todas las sociedades modernas en dos clases bien definidas y separadas, la de los explotadores y la de los explotados...y saca la consecuencia de que no hay solidaridad alguna entre esas clases y que no puede haber entre ellas más relación de sentimiento que la del odio". Don Pepe fue contundente al rebatir esa interpretación en varias de sus columnas, reiterando que hay "en todas las clases ciudadanos numerosos que aceptarían las ideas de justicia y pugnarían por su realización, aunque ellas pudieran perjudicarlos; no es la lucha de los intereses, que rebajará moralmente a todos la que debe entablarse, sino la de las ideas que convence y enaltece"

Pese a ese notorio antecedente, sectores vinculados de izquierda utilizan en su favor un editorial de El Día publicado el 26 de enero de 1924, cuando murió Lenin, en el que hay un reconocimiento a la influencia de ese protagonista, aunque con matices: "Una revolución comunista se explica perfectamente en un país autocrático como lo era la Rusia zarista, del mismo modo que sería absolutamente inconcebible en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y los demás países en que el régimen democrático ha alejado la necesidad de los grandes y arriesgados saltos al vacío", concluyendo que "No juzgamos sus ideas con las que no podemos estar de acuerdo, sino sus condiciones de orientador de muchedumbres"

Es para mi dudoso que ese editorial sea de la pluma de Batlle y Ordóñez, quien escribía con una prosa simple y fuerte que no se advierte en este texto. Pero en todo caso fue publicado por El Día, por lo que es un testimonio de época indudable. La influencia de la revolución rusa fue muy fuerte en todo el mundo y Uruguay no estaba ajeno a ese proceso. Pero de ello no puede concluirse - como aviesamente se hace - que Batlle elogiaba a Lenin, lo que no puede haber ocurrido por los antecedentes a que hicimos referencia, que vienen de 1917; y porque Batlle sentía repulsión por todos los dictadores.

Su amigo y confidente Domingo Arena explicó el asunto en forma terminante en escritos posteriores. En una referencia a don Pepe, titulada "Su horror por los espectáculos sangrientos y su ternura con los animales", Arena describe varios aspectos del temperamento de Batlle y Ordóñez y sostiene en uno de sus párrafos: " Le eran intolerables los conquistadores, fuese cual fuese su grandeza. No soportaba ni a Napoleón, ni a Guillermo, ni al mismo Lenin por el desdén que habían demostrado por la vida humana. Sentía verdadera repulsión por los sangrientos tiranos de nuestro continente y miraba con temeroso recelo a los que a través del tiempo le demostraban obsecuencia. Los únicos desmanes históricos que disculpaba eran los del Terror (los sucesos posteriores a la revolución francesa) por los altos ideales que perseguía y porque en el vertiginoso rodar de cabezas, los grandes protagonistas jugaban a diario la suya".




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