Edición Nº 1072 - Viernes 13 de marzo de 2026

Batllismo, Batllismo

Por Julio María Sanguinetti

Sigue de moda la invocación a Batlle y el Batllismo desde tiendas frentistas. De un modo u otro el tema aparece y reaparece, lo que nos lleva a redefinir, en líneas muy generales, por qué poco tienen que ver el Batllismo y la concepción socialista dominante en el Frente Amplio.

Para empezar la “lucha de clases” es una divisoria de aguas. La candidata a Vicepresidente Graciela Villar ha sido rotunda: estamos en un lucha a muerte entre oligarquía y pueblo. Este último sería el Frente Amplio y todo el resto una “oligarquía” que no sabemos dónde está en un país en que las grandes empresas son del Estado o de los extranjeros, otrora odiados y hoy acogidos con alfombra roja y dádivas que se le niegan a los esforzados empresarios uruguayos. El Batllismo ha sido conciliación social, búsqueda de la justicia a través del voto. Lo opuesto a esa concepción clasista.

En cuanto a democracia, el Batllismo ha sido un constructor sin fisuras, que cuando en el Partido hubo alguna disidencia a esa regla fue implacable con la misma y siempre logró el retorno del Partido Colorado a su eje histórico. El Frente Amplio, notoriamente, alberga en su seno corrientes que no son democráticas. Por eso todavía siguen diciendo que Venezuela no es una dictadura, mientras algunas voces solitarias, en la víspera electoral, intentan salvar el cuerpo con pirotecnia discursiva. No nos extraña porque buena parte de ellos un día intentaron con las armas en la mano derribar la democracia; y cuando se vino el malón militar de 1973, allí estaban apoyando los famosos Comunicados 4 y 7 en la esperanza de un gobierno “nacional y popular”.

El Batllismo reconoció siempre la economía de mercado y la propiedad privada. Combatió siempre la doctrina de apropiación de los medios de producción que, invariablemente, generó estancamiento económico, pobreza y tiranía. Para el Batllismo, el sueño de la “casa propia” fue uno de sus emblemas en la construcción de las clase media con la que sustentó la democracia.

La laicidad es para el Batllismo otro principio esencial: es la neutralidad frente a las religiones, las creencias y las posiciones filosóficas y políticas. El frentista ha reducido la laicidad al tema religioso y ha practicado en la educación la más desembozada acción de adoctrinamiento.

La política exterior la ha concebido el Frente Amplio como un remedo farsesco del “internacionalismo proletario” que le venía del viejo comunismo y que hoy le llevó a acercarse solo a los gobiernos afines políticamente. Hoy el Uruguay tiene malas relaciones con Brasil, por ejemplo, por la notoria imprudencia de sus gobernantes, cuando es el país de mayor peso en nuestro continente. Para el Batllismo, la política exterior ha sido clave de desarrollo y por eso, desde el relacionamiento con China, que ha sido fundamental en estos años, hasta la búsqueda de acuerdos de libre comercio como se hizo en su momento con México. Por prejuicios, el Frente Amplio rechazó un acuerdo con los EE.UU. que propuso el Presidente de los EE.UU. y aceptaba con regocijo nuestro Presidente, desautorizado luego por estrechos dogmatismos. ¿Cuánto trabajo perdimos? Nunca lo sabremos.

Podríamos seguir con las políticas sociales, que el Frente Amplio encaró con su idea de “igualada hacia abajo” y no de promoción de los valores que superan por medio de la educación. El Mides es una expresión de ese modo de despreciar el esfuerzo y el trabajo, para resignarnos a la mediocridad y difundir la pérdida de la ética de trabajo.

Podríamos seguir hablando. El concepto de orden público, hoy deshecho por la inseguridad; el rol del Estado, tergiversado con mala administración y “despilfarros” y así con tantas otras cosas que miden la diferencia sustancial del Batllismo con todo lo que se incuba en las entretelas del Frente Amplio.

En definitiva, nada hay que vincule el eje histórico del Partido Colorado, el Batllismo, con el Frente Amplio. El resto son meras maniobras retóricas que aparecen siempre en cada período electoral, procurando arroparse ilegítimamente en la bandera más prestigiosa del país.



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