Edición Nº 1085 - Viernes 19 de junio de 2026

Al régimen no le interesa cuidar a los cubanos. El huracán Ian lo demuestra.

Ya antes del huracán subsistir Cuba era una proeza: un país sin alimentos, sin medicamentos, con apagones (y ahora un apagón total); un país que parece que está viviendo una posguerra. Hacerlo ahora, con los daños que ha dejado el fenómeno atmosférico, será sublime, asegura el periodista Abraham Jiménez Enoa en una desgarradora crónica para el The Washington Post que nos interesa compartir.

Siete cubanos, conociendo de antemano el estado bravío en que se encontraba el Estrecho de la Florida con el paso del potente huracán Ian, se subieron a un bote de madera con un motor diésel para escapar de la isla. Milagrosamente, después de soportar un oleaje bestial, las rachas de vientos huracanados y una lluvia feroz, la embarcación desembarcó llena de agua en Pompano Beach con los siete balseros con vida. Al llegar a la costa, los hombres corrieron hacia la orilla con sus manos apuntando al cielo. Celebraban sobrevivir a un huracán categoría 4 en el mar, pero, sobre todo, alejarse de la asfixiante realidad de Cuba.

Lanzarse al mar en buenas condiciones meteorológicas desde Cuba, para llegar a Estados Unidos, es lanzarse al suicidio. Lanzarse al mar en medio de un huracán, no tiene calificación. Otros 23 cubanos más también lo intentaron un día después de los afortunados balseros -con el huracán aún merodeando la Florida- y la Guardia Costera estadounidense solo ha podido rescatar a tres de ellos. Estos dos pasajes escenifican a la perfección la desesperación de los cubanos por escapar del duro día a día de la isla. Una cotidianidad que empeorará a partir de ahora tras el paso de Ian por la nación.

El huracán transitó la provincia de Pinar del Río, el extremo occidental del país, con vientos de más de 200 kilómetros por hora, dejando un saldo de dos muertos, inundaciones costeras, zonas inaccesibles hasta ahora, 38,000 personas evacuadas y daños severos a la industria del tabaco -5,000 casas de tabaco dañadas y 220 toneladas perdidas-, uno de los pocos rubros exportables de Cuba. Además, sus ráfagas de vientos y las lluvias impactaron territorios aledaños como La Habana, Artemisa, Mayabeque y Matanzas, que vieron cómo parte de su arquitectura sufría derrumbes totales y parciales -aún sin cuantificar por el gobierno-, árboles y postes eléctricos caídos.

El daño fue tal que los 11 millones de cubanos de la isla se quedaron a oscuras durante todo un día cuando el sistema eléctrico nacional -de tecnología soviética- sufrió una avería. Un país apagado. Un país desconectado. Un país a la deriva. Esa es la imagen de Cuba hoy literal y metafóricamente.

Todavía hay comunidades, las más rurales, donde el gobierno no ha logrado reponer el servicio eléctrico, a pesar de haber logrado el arranque y la incorporación paulatina de las ocho grandes termoeléctricas y de los generadores electrógenos que comprenden el sistema nacional de electricidad. En esas zonas vulnerables también están adoleciendo la falta de agua y gas, por lo que la situación es muy crítica.

Es de imperiosa necesidad que el gobierno cubano emplee los recursos que tiene para sacar de la angustia a todas estas familias que corren peligro ahora mismo. Sabemos que esos recursos son escasos, pues Cuba aún no se ha recuperado de la pandemia y la ausencia de turistas, de las medidas del expresidente de Estados Unidos Donald Trump, y del recorte del petróleo venezolano. Por tanto, el régimen tendrá que pedir ayuda internacional de inmediato en caso de que su logística no alcance para salvar las vidas de los que se encuentran en riesgo y para resguardar a los que han perdido sus casas.

El régimen no tiene la culpa de la catástrofe natural que acaba de azotar la isla. Pero el régimen sí es el culpable de que la economía esté empantanada como producto de un sistema ineficiente, de políticas sin sentido y de que el sistema eléctrico sea obsoleto. La combinación de esas variables vuelven al pueblo endeble y por ello la ciudadanía le exige que esté a la altura de la circunstancia. Definitivamente, el huracán Ian es una prueba más para evidenciar la respuesta gubernamental del presidente Miguel Díaz-Canel.

El desastre natural agudizará los problemas sistémicos y la crisis económica que el país lleva enfrentándose desde hace décadas. Si llegan ayudas desde el exterior, servirán solamente como una salida paliativa a la situación. Esto significa que la molestia de los cubanos con su gobierno se mantendrá intacta o crecerá.

Los cubanos no quieren seguir viviendo bajo el actual status quo de la nación. Las cifras lo dejan claro: 180,000 cubanos entraron por la frontera mexicana a Estados Unidos, el mayor éxodo de la historia de la isla. Una cifra que no comprende los que han emigrado a Sudamérica, Europa o los que han muerto haciendo esas rutas terrestres o las marítimas.

Tan solo en el mes de julio pasado, se registraron en Cuba unas 38 manifestaciones populares antigobierno. Todas fueron fruto del descontento causado por apagones que en ocasiones llegaron a ser de 16 horas. Horas después de que Ian saliera de Cuba y que la isla quedará completamente sin luz, se sucedieron varios cacerolazos reclamándole al régimen una respuesta.

El pueblo cubano está cansado de la carestía y de la falta de las necesidades más básicas, pero el gobierno no tiene capacidad política ni logística para resolver los reclamos. Esta situación límite y sin resolución provocará que pronto el hastío ciudadano vuelva a apoderarse de las calles para exigir el añorado cambio.




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