Edición Nº 1095 - Viernes 28 de agosto de 2026

100 años del Vicealmirante Zorrilla

Cuando transcurría el ominoso proceso al capitán Dreyfus, injustamente condenado por el racismo, Emile Zola, que le reivindicó desde el primer día, escribió: "Algún día Francia me agradecerá haberla ayudado a salvar su honor". Nos viene ese recuerdo a cuento de que este 1º de noviembre hubiera cumplido 100 años el Vicealmirante Juan José Zorrilla, el hombre que el 8 de febrero de 1973 salvó el honor de la Armada, y de las Fuerzas Armadas todas, cuando los mandos militares de la época dieron inicio al golpe de Estado de 1973, escribiendo una oscura página de las instituciones militares de la República.

Había nacido en Rivera del 1º de noviembre de 1920, donde fue a la escuela pública y al liceo departamental poco antes inaugurado por la ley de Don Pepe. Era el Uruguay batllista que se configuraba, educando a sus hijos. Así fue que este joven riverense, con sus 18 años recién cumplidos, se incorporó a la educación naval, de la que salió con el titulo de Guardiamarina del Cuerpo General en 1940.

A partir de allí, su vida fueron los buques. Sirvió en muchos. Como Capitán de Fragata fue Comandante del Destructor "Uruguay" entre 1961 y 1963. Ya como Capitán de Navío comandará el petrolero "Presidente Oribe".

A esa altura era un destacado oficial, egresado del curso de Estado Mayor Naval de la Escuela de Guerra y reconocido por su profesionalidad y carácter. En esa virtud, en 1972 es ascendido a Contralmirante y designado Comandante en Jefe de la Armada.

Eran tiempos difíciles. La Armada luchaba contra la rebelión violenta y luego también hubo de oponerse al desborde de los Generales de Ejército, que derrotada ya la sedición querían imponer su presencia en el gobierno. Así se llega al 8 de febrero de 1973, en que los Comandantes del Ejército y la Fuerza Aérea rechazan el nombramiento del General Antonio Francese como Ministro de Defensa Nacional, acuartelan las tropas y emiten un comunicado, luego de copar el Canal Oficial.

Cuando salen tanques de la División de Ejército I a la Calle, el Almirante Zorrilla ordena bloquear la Ciudad Vieja. Se levantan barricadas con omnibuses y vehículos. La Armada se declara leal a las instituciones y le comunica al Presidente de la República que la fuerza está a su disposición, en orden de combate, y que puede asegurarle en su ámbito una zona de seguridad para negociar con los sublevados. Desgraciadamente, el Presidente Bordaberry pacta y el 11 de febrero renuncia Zorrilla. Su carta de renuncia termina diciendo: "Por lo expuesto, con el mismo valor moral con que enfrentamos esta circunstancia, y entendiendo que ello es favorable a la normalización de la situación nacional, solicito a Usted señor Presidente se sirva relevarme del cargo con que me honrara. Espero que cada uno de los actores de estos sucesos asuma su responsabilidad ante la historia".

Cuando se retira de su despacho, Zorrilla le dice a sus subordinados: "Este libro me lo llevo porque para ustedes. No va a ser de utilidad". Era la Constitución de la República.

Cuando la apertura comienza a producirse, en 1980, personalmente le vamos a pedir su concurso para nuestra lista ABX , en la elección interna. Acepta secundarme. No bien dice su primer discurso es acusado por las FF.AA. de "atentado a la fuerza moral del Ejército y la Marina" y sometido a la Justicia militar. Está 30 días preso en la Escuela Naval, a donde le visitamos, encontrándolo más firme que nunca en su adhesión a la democracia y al Batllismo. Por estar preso no pudo asumir su cargo de Convencional.

En las elecciones de 1984 es electo Senador de la República, en el tercer lugar de nuestra Lista 15. En diciembre de 1987, renuncia para ocupar la Embajada en la Santa Sede, que le ofrecimos y aceptó gustoso. Con él y su señora, con la que fundó , a lo largo de 66 años una hermosa familia, compartimos gratos momentos en Roma, en ocasión de nuestra visita oficial.

Al cumplir 80 años, en 1990 se retira, a su sencilla casa, rodeado del respeto de la ciudadanía democrática del país. Honrado, firme, claro, con ese estilo abierto y campechano propio de nuestro pueblo, guardamos de él un imborrable recuerdo. Fue leal a sus convicciones coloradas y batllistas, leal a su juramento militar de respeto a las instituciones democráticas, leal a la Armada a la que sirvió, leal a sus amigos -entre los que tuve el honor de contarme.

En estos tiempos de falsos relatos y presuntos héroes inventados, es un deber cívico recordar a este militar ejemplar, recio y serio, que sin alardes honró la institucionalidad y solo puso sus armas al servicio de la Constitución.

J.M.S.




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