Gobierno sin margen

El cierre de FANAPEL es emblemático de la falta de margen del gobierno para contribuir a mitigar los factores negativos externos.

FANAPEL, la joya industrial de Juan Lacaze, merced a la experta mano del ex Ministro Ricardo Zerbino, había llegado a constituirse en una multinacional regional, integrada verticalmente, con inversiones Argentina y Brasil y llegó a exportar a 22 destinos.

Primero fue afectada por la caída en los precios de la celulosa, lo que llevó a que la empresa dejara de producirla. Ello llevó a una progresiva reducción del empleo en la planta de Juan Lacaze, que dejó de producir celulosa. Posteriormente, la planta de fabricado de papel en Argentina pasó a ser más rentable que la de Juan Lacaze. Y luego el levantamiento de las restricciones a las importaciones en Argentina al asumir Macri el gobierno de aquel país, determinó la llegada del papel chino a precios muy baratos.

Todos esos son factores respecto de los cuales el gobierno uruguayo no tiene ningún control y forman parte del devenir económico al que las empresas están sometidas. Pero —como se ha sostenido tantas veces desde estas páginas— el gobierno uruguayo puede facilitarle la vida a las empresas para que puedan hacer frente a esas contingencias externas desde una posición de mayor fortaleza relativa. Y es allí en lo que el gobierno uruguayo ha fallado sistemáticamente y lo seguirá haciendo.

Así, el gobierno uruguayo, en lugar (o además de) ofrecerle a FANAPEL condiciones excepcionales en materia de subsidios y costos, podría haber hecho algo que beneficiaría a todo el sector exportador: mejorar el tipo de cambio real siendo menos gravoso en términos fiscales. Pero —se sabe— el “mujicato” (con la complicidad de Astori, aunque él pretenda sacar la pata del lazo) dilapidó lo que había y también lo que no había (la astoriana teoría de los “espacios fiscales”), con lo cual hoy no tiene margen para hacer nada. Lo único que el gobierno podría hacer, en un caso como éste, sería mover la aguja del tipo de cambio nominal, o sea, intentar una buena devaluación, que además le licuaría buena parte del déficit, pero el costo sería una disparada de la inflación políticamente imposible de manejar.

Por consiguiente, sólo cabe apostar a que Brasil y Argentina continúen con sus respectivos atrasos cambiarios —mayores que el uruguayo— y de esa forma paliar la situación en términos relativos mientras esperamos sentados a que un milagro exterior nos permita volver a crecer a tasas decentes, sin intentar ningún cambio estructural que asegure una base sólida para la construcción de prosperidad.



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