Flaqueza democrática de la "izquierda" latinoamericana

En Uruguay y en otros países, la adhesión de la "izquierda" a Lula demuestra su falta de convicción democrática y su ceguera ideológica

En la llamada “izquierda latinoamericana” se actúa por reflejos. Todo lo que tenga algo que ver con EE.UU., o con el mercado, o con el equilibrio presupuestal, o con la justicia cuando es adversa a algún integrante de su farándula, está tachado por el mote de la “conspiración oligárquica” apoyada por “el Imperio”.

Suena a infantil, a vetustos rescoldos de la vieja guerra fría, pero desgraciadamente sigue teniendo actualidad ese modo de ver las cosas. Y nos obliga, a todos quienes creemos en la democracia, sea centroizquierda o liberalismo progresista, o cualquiera otra cosa que se le parezca, a volver a reiterar lo que hay detrás de la caída del Muro de Berlín. Que se cayó en Europa, pero aún tiene aliento en una América Latina que no termina de llegar a la “edad de la razón”.

Naturalmente, quien recuerde el fracaso marxista y la caída del socialismo real en toda Europa del Este, será descalificado inmediatamente por “reaccionario” o “fascista”.

Por ese camino andamos en nuestro hemisferio y también en nuestro benemérito país, donde sin recato, a los gritos, como si se tratara de una invasión de los “marines” norteamericanos, se defiende a Lula, invocando inexistentes conspiraciones y parcialidad de la Justicia. Precisamente, de lo que no se puede hablar es de una maniobra de la derecha, cuando el juez Moro ha decretado la prisión de los principales empresarios del país. Tampoco se puede hablar de arrebatos o abusos procesales cuando los procedimientos, en el caso del Lavajato, llevan ya cuatro años, precedidos a su vez por el “mensalao”, que hace ya muchos años, en 2005, reveló una trama de compra de votos parlamentarios para los gobiernos de Lula y posteriormente de Dilma. Lo que, según Mujica, en algún momento le reconoció Lula, confesándole que no había otro modo de gobernar en Brasil. Ya desde entonces fueron presos Ministros estrellas del gobierno brasileño.

Está claro que si algo parecido hubiera ocurrido con un gobierno de centro o de derecha, o de cualquier origen que no sea el populismo de izquierda o el vasto espacio del socialismo, el griterío sería ensordecedor.

No se está ante un episodio personal de un jerarca venal, no se trata de algo accidental sino que –por el contrario- son acciones sistemáticas y allí aparece, con toda nitidez, la responsabilidad política y moral de Lula. ¿Él no se enteraba de los sobornos a diputados para que votaran las leyes? ¿Pensaba candorosamente que eran patrióticos cambios de posición? ¿No sabía que, entre otros, eso lo manejaba su Ministro Dirceu, mano derecha de su gobierno, sentado a su lado en el Palacio del Planalto y condenado en esa causa?

Si nos vamos al caso Petrobrás es aún peor, porque no solo Lula no podía ignorar esa máquina de corrupción que financiaba la estructura política del Partido de los Trabajadores, sino que Dilma, durante 8 años presidente del Consejo de Administración de la empresa estatal, tampoco vio que miles de millones de dólares se desviaban para beneficio del PT, su aparato y algunos de sus líderes.

Nadie duda que Lula fue un presidente popular y que aún hoy mantiene el apoyo de un tercio del electorado. En el Noreste, la gente humilde, que recibió apoyos en su gobierno, le sigue siendo fiel. Pero esa circunstancia, ¿le exonera de toda responsabilidad legal, administrativa, política o moral? También la señora Kirchner retiene un porcentaje de opinión pública, ¿por eso es ajena a todos los episodios tremendos de su gobierno?

Se dice y repite que Lula encabezaba las encuestas. También era el político con mayores rechazos, a tal punto que todos los analistas decían que llegaría a la segunda vuelta, y ahí perdería.

En el caso del famoso apartamento, hay una sentencia del Juez Moro y hay una ratificación del Tribunal de Porte Alegre, que amplió a 12 años de prisión su condena. No es un juez aislado, actuando arbitrariamente. Lo mismo ocurre con las “chicanas” presentadas para demorar el proceso, como el pedido de habeas corpus que el Supremo Tribunal Federal rechazó. Aquí no hubo unanimidad, pero está claro que era un debate procesal y no de fondo, porque en el juicio ya había cosa juzgada.

Realmente es entristecedor todo lo ocurrido. Que una figura simpática como la de Lula, representativa del ascenso de las clases modestas tanto en la sociedad como en la Administración, titular de un gobierno que actuó con respeto a las reglas de la economía de mercado, termine de este modo, es doloroso. Pero más aún lo sería que por la circunstancia de su peso político, se ignorara que presidió los gobiernos más corruptos de la historia brasileña.

Es increíble ver en el caso uruguayo a la mayoría frentista sosteniendo a todo trance a la dictadura venezolana y al Partido de los Trabajadores en Brasil. Es la reiteración de la flaqueza de su convicción democrática y de su insinceridad a la hora de juzgar a la corrupción. Dos falencias descalificantes. Ellos también serán juzgados.



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