Mi amigo Chicotazo

Por Eduardo Irigoyen

Con fina ironía, el autor reconstruye la figura de Benito “Chicotazo” Nardone y cuestiona el discurso ruralista que enfrentó al campo con el batllismo, trazando un paralelo crítico entre ese ideario y los sectores que respaldaron el quiebre institucional de 1973.

Había una vez, en una penillanura suavemente ondulada, un señor muy bueno llamado Benito Nardone.

Le decían Chicotazo.

Era tan bueno que empezó a trabajar a favor del Partido Colorado y el Batllismo, hasta que se dio cuenta de que los batllistas eran malos.

Muy malos.

Malísimos.

Entonces lo llamó un señor llamado Domingo y empezó a escribir a favor del Presidente Terra, quien un día, por culpa de los batllistas, tropezó con un golpe de Estado.

Entonces tuvo que juntarse con otros señores muy buenos. Ellos querían cosas sencillas: orden, disciplina, vacas gorditas, pocos impuestos, que el Estado no se metiera y que nadie hiciera demasiadas preguntas.

Además, sacar a los batllistas del gobierno y darles un buen escarmiento, pues se habían portado muy mal.

Chicotazo no tenía campo. No tenía una vaca ni sabía manejar un tractor.

Pero empezó a hablar por Radio Rural, después de que sonaba el Pericón Nacional.

(Sí, niño. Ese baile que la maestra lleva meses tratando de enseñarte para las fechas patrias y que vos seguís ejecutando con el refinamiento coreográfico de una heladera.)

Chicotazo le enseñaba a los sacrificados orientales del campo: que los malos vivían en Montevideo, donde había mucho relajo, demasiados empleados públicos, batllistas, estudiantes, intelectuales, artistas y otras personas sospechosas.

Algunos incluso... ¡leían libros!

En cambio, en el campo estaba la gente buena, sana, trabajadora y obediente, que quería mucho al patroncito… que vivía en Montevideo, pero eso te lo explico otro día.

Chicotazo enseñaba que casi todos los problemas del Uruguay eran culpa del batllismo.

Si llovía demasiado, era culpa del batllismo.

Si había sequía, también.

Si una vaca no daba leche, seguramente algún batllista andaba cerca del tambo.

Y si aparecía un comunista al servicio del oro de Moscú, eso confirmaba que el batllismo tenía algo que ver.

Eran amigos de los famosos “comunistas chapa 15”.

La 15 era un grupo de estatistas muy tontos, ahogados por el asfalto.

Nunca sintieron el placer de trabajar en el campo, respirar aire puro o pisar una bosta recién hecha, experiencias que forman el carácter de los buenos orientales.

Ellos preferían las industrias, que son sucias y están llenas de batllistas, sindicalistas y (¡claro!) comunistas.

A Chicotazo no le gustaban mucho las huelgas, los sindicatos ni las ideas raras de los batllistas.

Decía que sus ideas confundían a la gente de trabajo.

También enseñaba que el Estado no debía meterse con los propietarios de las estancias.

Salvo cuando había que perseguir comunistas.

Con el tiempo se hizo tan pero tan famoso que llegó al gobierno.

Cuando murió, ocurrió una cosa rara.

El Parlamento debía rendirle honores, pero faltaron legisladores, no hubo quórum y no alcanzaron los presentes para despedirlo como correspondía.

No todos los finales felices vienen con banda militar.

Bueno, en realidad, muchos de los admiradores de Nardone, un 9 de febrero y un 27 de junio de 1973, usaron el Pericón Nacional y marchas militares para una fiestita que hicieron con soldaditos y tanquecitos.

FIN

Moraleja.

Niño: si un día llueve demasiado, antes de mirar el pronóstico, pregunta quién gobierna. Nunca se sabe cuándo puede aparecer un batllista escondido detrás de una nube.