Más de 50 disparos

Por Angelina Rios

Cada nueva balacera parece durar apenas unas horas en la agenda pública, hasta que otra la reemplaza. Pero cuando un ataque supera los cincuenta disparos en plena vía pública, la pregunta ya no es únicamente quién disparó o contra quién. La verdadera preocupación es cómo una sociedad comienza a acostumbrarse a convivir con un nivel de violencia que hace pocos años habría resultado impensable.

Durante mucho tiempo, las balaceras eran episodios excepcionales. Su impacto trascendía el lugar donde ocurrían y generaba un profundo debate sobre la seguridad pública. Hoy forman parte de la rutina informativa. En esta oportunidad, el escenario fue un estadio de fútbol luego de finalizada la competencia. Los hechos no dejan de impactarnos; se suceden casi con la misma velocidad con que desaparecen de los titulares, dejando la sensación de que la sorpresa dura cada vez menos y la resignación ocupa cada vez más espacio.

Sin embargo, detrás de cada hecho hay mucho más que una investigación policial. Hay familias que dejan de permitir que sus hijos jueguen en la vereda, comerciantes que bajan la cortina antes de tiempo, vecinos que modifican recorridos cotidianos y barrios enteros que incorporan el miedo como parte de su vida diaria. Esas consecuencias rara vez aparecen en las estadísticas, pero representan una de las formas más silenciosas con las que la violencia termina condicionando la convivencia.

Cuando un ataque involucra más de cincuenta disparos, ya no estamos hablando únicamente de delincuencia. Estamos frente a una demostración de capacidad de fuego que desafía la autoridad del Estado y evidencia el grado de organización que han alcanzado determinados grupos criminales. No se trata solamente de atacar a un rival; también se busca enviar un mensaje de poder, controlar territorio e imponer el miedo como forma de dominación.

Pero ese mensaje no está dirigido únicamente a las bandas rivales. También alcanza a los vecinos. Cada balacera de gran magnitud modifica la forma de vivir de quienes habitan esos barrios. Hay niños que dejan de jugar en la vereda, familias que cambian sus horarios, personas que dejan de utilizar determinados espacios públicos y comerciantes que adelantan el cierre de sus locales. Cuando el miedo empieza a ordenar la vida cotidiana, la violencia ya ha conseguido una parte de su objetivo.

En ese contexto, el debate público suele concentrarse en la respuesta inmediata que va desde más patrullaje, allanamientos e investigaciones hasta detenciones o refuerzo de la presencia policial. Son herramientas necesarias y forman parte de la obligación del Estado de perseguir el delito. Pero la discusión no debería agotarse allí.

La experiencia demuestra que ninguna sociedad logra revertir este fenómeno actuando únicamente después de cada balacera. La seguridad también se construye antes de que los disparos ocurran. Eso exige fortalecer la inteligencia criminal, combatir el tráfico ilegal de armas, mejorar la coordinación entre las instituciones y sostener una presencia permanente del Estado en aquellos territorios donde las organizaciones delictivas buscan instalar su propia lógica de poder.

La seguridad no puede medirse únicamente por la cantidad de procedimientos realizados después de cada ataque. También debería evaluarse por la capacidad de prevenir que hechos de esta magnitud lleguen a producirse. Ese es, probablemente, el desafío más complejo para cualquier gobierno, porque implica combinar eficacia policial con políticas públicas sostenidas en el tiempo.

Hay otro aspecto que merece atención. Cada vez que una balacera ocupa la agenda durante un día y luego desaparece sin dejar un debate profundo, se corre el riesgo de que la sociedad naturalice aquello que debería seguir indignándola. Lo excepcional comienza a verse como cotidiano, y esa es una de las derrotas más silenciosas que puede sufrir una democracia, ya que una democracia no debería acostumbrarse a contar disparos como quien cuenta estadísticas.

Porque aquí el verdadero problema no es solamente el de los más de cincuenta disparos. El verdadero problema será el día en que dejemos de preguntarnos cómo fue posible que alguien disparara cincuenta veces en una calle cualquiera y simplemente lo aceptemos como una noticia más.