La sombra del poder

Por Juan Carlos Nogueira

Un poder que ya no reside en quien lo ostenta: de los merovingios a hoy, la política repite sus sombras.

El último rey merovingio fue Childerico III. Aunque ostentaba la corona, el poder real ya no residía en él, sino en los llamados mayordomos de palacio, que gobernaban de hecho, mientras el rey era una figura decorativa.

En el año 751, el mayordomo de palacio Pipino el Breve decidió terminar con la ficción. Depuso a Childerico, lo recluyó en el monasterio de Saint-Omer y se proclamó rey, inaugurando la dinastía carolingia.

Más que un episodio medieval, se trata de una observación política. A veces, el poder puede no coincidir con quien debería ostentarlo formalmente.

La historia repite ese tipo de episodio. Cambian los nombres y los títulos. Puede tratarse de reyes o de presidentes; de mayordomos de palacio o de prosecretarios de presidencia; y los depuestos, en lugar de ser enviados a un monasterio, son simplemente enviados de viaje.

Porque los vacíos de poder no existen. Siempre habrá alguien que los ocupe.

Cualquier analogía con el presente queda a criterio del lector.