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El hombre de campo
Por Susana Toricez
Con frecuencia me hago algunas preguntas, para las que no encuentro respuestas adecuadas.
Por ejemplo
¿Qué referentes tienen hoy por hoy nuestros niños y jóvenes?
¿Qué persona inspira a otros por sus logros, por su trayectoria, su sabiduría o sus cualidades?
¿Un docente mal hablado, un ministro de estado que no paga sus deudas durante décadas, o un presidente que no preside ni gobierna? ¿O tal vez un jugador de fútbol que no terminó la secundaria?
Lamentablemente, me consta que ninguno de los ciudadanos que mencioné reúne el perfil del “buen ejemplo”, aunque sean los que más exposición tienen.
Un referente debe tener una personalidad tal que sea digna de imitar.
Con relativa frecuencia acompaño a un familiar a nuestra campaña profunda para realizar ciertos controles veterinarios.
Así tuve oportunidad de llegar hasta un paraje absolutamente alejado de cualquier centro poblado.
Allí, por fortuna, pude conocer personas poseedoras de la más rica esencia humana.
Millonarios en cuanto a riqueza espiritual y el manejo de valores morales.
Una familia tipo, muy modesta económicamente, pero con un derroche de energía positiva que me enorgulleció al comprobar que tengo compatriotas como ellos.
Allí no había edad que justificara no cumplir con el deber.
A la faena de madrugada, los adultos.
Y un poco más tarde a la escuela, los demás.
No había frío, ni sensaciones térmicas bajo cero, ni lluvia, ni crecida de arroyos.
El primer objetivo del día era cumplir con la obligación.
De muy pocas palabras el padre de familia, era un hombre de campo no dado al elogio fácil o a la charla sin fundamento. Demostraba en cada gesto la educación y el respeto hacia sus semejantes.
Por consiguiente, se ganaba la admiración de todos los presentes.
Priorizando el almuerzo en familia hizo un culto de ella, atendiendo cada requerimiento de sus integrantes, con calma y ecuanimidad.
Se percibía que para él poco importaba haber ido o no la escuela, ya que era un técnico en el arte de convivir, de dar el ejemplo, de demostrar su hombría de bien.
Su esposa e hijos manejaban el orden como prioridad, lo que generaba una estancia pacífica y placentera.
Para ellos no había ni pesimismos ni resentimientos, sólo el espíritu positivo de querer lo que se hace y valorar lo que se tiene.
El escaso tiempo de convivencia con esta familia de campaña, me convenció de que si nuestros jóvenes y niños adoptaran como referente a nuestro hombre de campo, otros serían los valores que nos guiarían en el futuro.
Veamos:
Todos cumplirían con su deber, sin excusas.
Tendríamos gobernantes positivos, no resentidos.
Tendríamos un presidente que escucharía respetuosamente a sus conciudadanos sin etiquetarlos de una u otra manera.
Y a la clase activa los representaría una Central de Trabajadores que priorizaría el trabajo como primera medida, y no el reclamo sistemático e infundado.
Los ciudadanos no esperarían todo del Estado tirados en una vereda, porque serían capaces de autoabastecerse.
Su alimento y su vestimenta estarían al alcance de sus manos.
No cuestionarían todo por el sólo hecho de cuestionar.
Sabrían con certeza que, para reclamar derechos, primero hay que cumplir con los deberes básicos de cualquier ciudadano, y no a la inversa.
Pero, y aquí está la gran compensación a mis desvelos y a mis preguntas sin respuesta: si esto pasara, se levantaría la bandera del respeto y la consideración por el semejante. triunfaría la honestidad por sobre el delito, se impondría el trabajo constructivo sobre el reclamo sin fundamento.
Por lo que anteriormente escribí, si tomáramos como ejemplo y referente al hombre de campo, seguramente vislumbraríamos ese Uruguay que la desesperanza de hoy, apenas permite que nos atrevamos a soñar.
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