Cincuenta años del fin de la Guerra de Vietnam

Por Daniel Torena

El 30 de abril de 1975 marcó el desenlace definitivo de un conflicto que había consumido tres décadas de la historia de Vietnam y que sacudió al mundo entero. A primera hora de esa mañana, el presidente de Vietnam del Sur, Duong Van Minh—quien llevaba apenas tres días en el cargo—se dirigió a la nación por radio para anunciar la rendición incondicional de su gobierno. En su mensaje exhortó a sus tropas a deponer las armas y solicitó al Ejército de Vietnam del Norte y al Vietcong que cesaran las hostilidades. Minutos después, las fuerzas norvietnamitas entraron en Saigón prácticamente sin encontrar resistencia; la bandera rojiza con la estrella amarilla ondeó sobre el Palacio de la Independencia, y la ciudad poco después adoptó el nombre de Ho Chi Minh.

La guerra había germinado en la estela de la Segunda Guerra Mundial, cuando la retirada del Imperio japonés reavivó el pulso anticolonial. Primero fue la lucha contra la dominación francesa—la llamada Primera Guerra de Indochina (1950-1954). Luego, durante los años sesenta y hasta la firma de los Acuerdos de Paz de París en 1973, el escenario se transformó en una verdadera conflagración global: Estados Unidos intervino con fuerza, mientras la Unión Soviética y China respaldaban a Hanoi.

El costo humano fue devastador. Las fuerzas estadounidenses perdieron cerca de 58 000 soldados en una contienda cada vez más impopular entre la juventud norteamericana. El Ejército de la República de Vietnam (Sur) contabilizó unos 200 000 combatientes caídos, mientras que Vietnam del Norte y el Vietcong sufrieron alrededor de un millón de bajas. Sin embargo, fueron los civiles quienes pagaron el precio más alto: se estima que dos millones de personas murieron a lo largo del conflicto, víctimas de bombardeos, masacres y desplazamientos.

Medio siglo después, la Guerra de Vietnam sigue siendo un símbolo de las contradicciones de la Guerra Fría, del poder de la resistencia nacionalista y de los límites de la intervención extranjera. Recordar aquel 30 de abril no es solo rememorar la caída de Saigón; es, sobre todo, reflexionar sobre las lecciones —todavía vigentes— de uno de los episodios más sangrientos y transformadores del siglo XX.