¿De la ANP no hablamos?



Mientras los reflectores mediáticos se posaron sobre la ministra Cecilia Cairo y su casa sin regularizar —caso que terminó con una renuncia forzada y el frentismo haciendo malabares discursivos para defender lo indefendible—, en las penumbras del Puerto de Montevideo se cocinaba otra historia, igual o más grave: la del ascenso votado por Alejandra Koch para su propio esposo, Ricardo Suárez, en la Administración Nacional de Puertos (ANP). Una historia de acomodos, favores cruzados, gasto público desmedido...

A diferencia del caso Cairo, que tuvo su pequeña y ruidosa explosión, el episodio Koch ha sido celosamente silenciado por el oficialismo, e incluso ignorado en muchos círculos de opinión. Pero no por eso es menos grave. Al contrario: es una radiografía perfecta de cómo se maneja el poder cuando el frentismo se siente impune y dueño de todo. Porque mientras se llenan la boca hablando de transparencia, sus cuadros políticos más activos hacen carrera promoviendo a familiares, choferes y correligionarios, sin concursos ni vergüenza.

Los hechos son irrefutables. Alejandra Koch, socialista, designada vicepresidenta de la ANP, votó el ascenso de su propio marido —funcionario del organismo— a un cargo de jefe en una flamante división creada ad hoc, con una remuneración significativamente mayor y una compensación del 60% por concepto de “permanencia a la orden”. Un disparate. No solo por el nepotismo descarado, sino por la ingeniería institucional que implicó el rebautismo de áreas enteras solo para justificar el movimiento.

Como si eso fuera poco, la misma Koch también votó el ascenso de su chofer personal a un cargo de subjefatura técnica, nuevamente con aumento de sueldo y sin mediar concurso alguno. Así funciona la “meritocracia” frenteamplista cuando no está en la oposición: el mérito no es el saber, sino el saber a quién servir.

El presidente de la ANP, Pablo Genta, hombre del MPP, acompañó el voto en favor del esposo de Koch y de los otros 21 ascensos decididos en esa sesión. Dicen que al principio se mostraba reacio, que no quería sumar gastos. Pero bastó una presión del sindicato portuario —liderado, oh sorpresa, por los socialistas— para que el “austero” Genta claudicara y terminara avalando una resolución tan desprolija como escandalosa.

Por suerte, alguien tuvo el sentido común de frenar este atropello: la ministra de Transporte, Lucía Etcheverry, también del MPP. Al tomar conocimiento de la resolución —ya firmada— ordenó su anulación. “Mientras yo sea responsable, estas cosas no pueden suceder”, declaró, dejando en evidencia el nivel de barbaridad al que se había llegado. Sin embargo, más allá de la corrección formal del acto administrativo, la vergüenza no se borra. Porque tanto Genta como Koch siguen en sus cargos. Porque Suárez sigue en la ANP, como subjefe de una nueva dependencia estratégica. Porque, como siempre, nadie renuncia y nadie se va. La cultura de la impunidad se impone.

¿Y qué ha dicho el presidente Orsi? Nada. Absolutamente nada. Ni sobre Koch, ni sobre su marido, ni sobre la creación exprés de oficinas a medida, ni sobre los 22 ascensos digitados a espaldas de cualquier sistema de concurso. En cambio, Orsi prefirió mostrarse alarmado por el déficit de Ancap —olvidando la gestión ruinosa del Frente Amplio.

Pero los datos están ahí. Gracias al testimonio de fuentes internas y a las investigaciones de la prensa, sabemos que hoy en la ANP hay 44 cargos gerenciales cobrando sueldos de alta jerarquía. Que varios de los funcionarios destituidos por los nuevos jerarcas no tienen oficina asignada pero siguen cobrando como si la tuvieran. Que los ascensos incluyeron incrementos salariales de hasta 100.000 pesos mensuales. Que ni uno solo fue producto de un concurso público. Y que el gremio portuario, convertido en brazo ejecutor del Partido Socialista, fue clave para que estas designaciones se impusieran.

Lo que se ha gestado en la ANP no es un hecho aislado, ni un error administrativo. Y, sin embargo, el Frente Amplio sigue hablando de “gobernar con honestidad”.

¿Tomará nota el presidente? ¿O seguirá mirando hacia el puerto con los ojos cerrados?