El Mides sigue aplicando la internación compulsiva



No hay nada más revelador que el paso del tiempo para desnudar la hipocresía de ciertos discursos. Y nada más divertido —si uno no pensara en la gravedad de los temas— que ver a los flamantes jerarcas del Frente Amplio tropezar con sus propias palabras. Es el caso del Mides que, pese a todas las banderas agitadas, las marchas y los discursos de indignación, sigue aplicando la “temida” ley de internación compulsiva que tanto criticaron cuando estaban en la oposición.

Recordemos: cuando el gobierno de Luis Lacalle Pou impulsó esta herramienta —una medida que apunta a brindar una respuesta a las personas en situación de calle con adicciones o patologías psiquiátricas graves— el Frente Amplio montó una auténtica campaña del terror. Que era inhumana, que violaba derechos... Se rasgaron las vestiduras clamando que esta no era “la solución de fondo”. Yamandú Orsi, entonces candidato, decía que “algo había que hacer”, pero que esta no era la forma. Gonzalo Civila, actual ministro, prometía que él no creía en “la compulsividad como receta”.

¿Y hoy? Pues hoy, que tienen la posta, resulta que la internación compulsiva sigue aplicándose. Y no solo eso: desde el Mides admiten que “se viene trabajando en la misma dirección” que durante el gobierno anterior. Sin cambios. Sin instrucciones en sentido contrario. Sin revolución alguna.

¿Qué pasó con la prédica moral? ¿Qué fue de aquellos discursos vibrantes? Pasó lo que siempre pasa: gobernar obliga a elegir entre la ideología y el sentido común. Y cuando se está a cargo, ya no alcanza con la crítica fácil ni con las frases bonitas para la tribuna. Hay que actuar. Y la realidad, tozuda, se impone.

Hasta el momento, más de 200 intervenciones se realizaron bajo este mecanismo desde que la ley fue reglamentada en agosto de 2024. Y, aunque no todas terminaron en internaciones —porque no siempre se constató riesgo para la persona o terceros—, sí se detectó en un 56% de los casos situaciones graves que ameritaron el traslado. No, no era una “iniciativa represiva”. Era —y sigue siendo— una herramienta humanitaria, que intenta evitar que la calle sea una condena a muerte para quienes no pueden valerse por sí mismos.

Eso sí: ahora que tienen que aplicarla, los grandes críticos del ayer se muestran muy prudentes en sus palabras. Hablan de “evaluaciones” y de “una mirada más amplia” para el futuro, pero mientras tanto, el operativo sigue. No sea cosa que la realidad social les estalle en la cara sin un mínimo dispositivo para amortiguar el golpe.

Es que resulta muy fácil hablar de “soluciones de fondo” cuando uno no tiene que enfrentar el drama cotidiano. Es muy sencillo prometer “miradas más amplias” desde la comodidad del Parlamento o de un acto partidario. Lo difícil es dar respuestas reales, concretas, en tiempo y forma. Lo difícil es hacerse cargo de que, a veces, para proteger a las personas más vulnerables, hace falta algo más que buenas intenciones.

La lección es clara: la realidad no se combate con eslóganes. Se enfrenta con responsabilidad. Así de simple.