Cuando la Universidad amenaza en lugar de enseñar



En los últimos días, la Universidad de la República (Udelar) ha dado un lamentable espectáculo que no podemos pasar por alto. No contentos con haber demolido los principios de pluralidad y tolerancia que deberían regir en una institución académica, ahora sus autoridades han decidido pasar directamente a las amenazas abiertas. El Consejo Directivo Central (CDC) no solo pidió el cierre de la oficina de innovación de Uruguay en Jerusalén —una decisión del Estado uruguayo, tomada legítimamente—, sino que además lanzó un ultimátum infantil: si el gobierno no cierra la oficina, la Udelar se negará a participar en proyectos vinculados a ella.

¿Quién les dio a los jerarcas universitarios la autoridad para condicionar las políticas exteriores del país? ¿Desde cuándo un órgano académico puede subordinar las relaciones internacionales del Estado a su pequeño dogmatismo ideológico?

Afortunadamente, no todos en la Universidad aceptan este atropello en silencio. Más de 700 miembros de la comunidad universitaria —docentes, egresados, estudiantes— tuvieron el coraje de levantar la voz frente al atropello, firmando una carta que denuncia con claridad la deriva sectaria de la Udelar y rechaza las amenazas como método de presión.

Este grupo autoconvocado, encabezado por personalidades de la talla del gastroenterólogo Henry Cohen, no solo defendió la continuidad de los vínculos de cooperación con Israel, sino que también advirtió contra la peligrosa difusión de discursos de odio disfrazados de solidaridad. Con serena contundencia recordaron que Uruguay tiene una historia de cooperación fructífera con Israel en campos como la tecnología, la salud, la educación y la innovación, y que romper esos lazos solo para complacer eslóganes radicales sería una traición al verdadero espíritu universitario.

El comunicado pone el dedo en la llaga: la Universidad de la República está siendo cooptada por una narrativa política única, parcial y agresiva, que no tolera matices ni debate. Y cuando alguien, desde adentro, osa pensar diferente, la respuesta no es el diálogo, sino la exclusión. La desatención. La amenaza.

El episodio reciente no es aislado: recordemos que hace apenas unos meses la Facultad de Humanidades suspendió un curso del profesor invitado Alberto Spektorowski, presionado por un gremio estudiantil que lo calificó de “sionista” y “apologista” de Israel, como si esas etiquetas fueran argumentos válidos para censurar a un académico.

Ahora, el CDC actúa de la misma manera: asume una posición política extrema, demoniza a quien disienta y, por si fuera poco, se arroga facultades que no le corresponden, pretendiendo arrastrar al Estado uruguayo tras sus prejuicios ideológicos.

¿Escuchará la Udelar a su propia comunidad? ¿O persistirá en su camino de intolerancia, arrastrando consigo el prestigio y la misión histórica de la principal casa de estudios del país?

La respuesta, lamentablemente, hoy parece demasiado obvia. Pero al menos sabemos que no todos están dispuestos a callar.