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Brasil, entre las promesas y los escándalos

La campaña presidencial brasileña entra en sus últimas horas con un resultado abierto, una sucesión de acusaciones personales y promesas de fuerte impacto electoral. Lula y Flávio Bolsonaro disputan mucho más que la Presidencia: representan proyectos políticos profundamente enfrentados en una sociedad que continúa polarizada.
Brasil elegirá este domingo a su próximo presidente en un balotaje que enfrenta al actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, con el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. La primera vuelta dejó al candidato del Partido Liberal con el 47,03% de los votos, frente al 45,16% del líder del Partido de los Trabajadores. Las encuestas posteriores muestran una competencia muy ajustada: el último relevamiento de PoderData/Aya, divulgado este jueves, registra 51% para Bolsonaro y 49% para Lula, dentro del margen de error.
La polarización se ha traducido en una campaña particularmente áspera, donde las acusaciones personales, los expedientes judiciales y las promesas de último momento compiten por desplazar cualquier discusión programática.
El debate del domingo pasado, organizado por Bandeirantes, fue una buena demostración. Flávio Bolsonaro acusó a Lula de corrupción, mencionó las investigaciones sobre su hijo Fábio Luís, conocido como Lulinha, y llegó a decirle que no llevaba la billetera porque temía que se la robara. Lula respondió llamándolo «malandro carioca» y «miliciano», además de cuestionar sus relaciones con personas investigadas por delitos graves y las operaciones financieras vinculadas al entorno de su familia.
Las referencias a la lobista Roberta Luchsinger, al escándalo del Banco Master y a la financiación de una película sobre Jair Bolsonaro se sucedieron en un intercambio donde abundaron las acusaciones y escasearon las respuestas concluyentes.
Tampoco faltó la provocación escénica: Flávio caminó detrás de Lula mientras este intervenía, obligando a los moderadores a poner orden. Para el debate final, previsto para este viernes en TV Globo, ya se establecieron restricciones a esos desplazamientos.
Pero la mayor repercusión del encuentro fue el desafío de Lula a que ambos candidatos abrieran sus secretos bancarios, fiscales y telefónicos, incluidos los de sus familiares. Flávio respondió con 19 condiciones adicionales y el asunto terminó este jueves con un acuerdo formal ante el Tribunal Superior Electoral. La divulgación efectiva de la documentación, sin embargo, todavía depende de los procedimientos correspondientes. Una disputa electoral convertida en un espectáculo judicial de consecuencias imprevisibles.
Las promesas de última hora
Mientras tanto, Lula ha desplegado una batería de medidas sociales de indudable atractivo electoral. El 16 de octubre se promulgó la reforma constitucional que elimina progresivamente la semana laboral de seis días de trabajo y uno de descanso, y reduce la jornada máxima de 44 a 40 horas semanales, sin disminución salarial.
A esa iniciativa agregó una promesa todavía más llamativa: transporte público gratuito los sábados, domingos y feriados. Este miércoles, apenas cuatro días antes de la votación, envió al Congreso una propuesta constitucional para concretarla.
La gratuidad, naturalmente, no significa ausencia de costos. El gobierno pretende financiarla destinando el 26,8% de las enmiendas presupuestales parlamentarias obligatorias, unos 12.000 millones de reales anuales. La iniciativa ya enfrenta resistencias de legisladores que no quieren desprenderse de esos recursos. Además, trasladar partidas de un destino a otro no elimina su costo ni resuelve necesariamente los problemas de financiación del transporte.
El anuncio, formulado en vísperas electorales y sin financiación parlamentaria consensuada, plantea una pregunta inevitable: ¿estamos ante una política pública suficientemente estudiada o ante una promesa concebida para conquistar votos?
La reforma laboral también originó una polémica inesperada. Lula afirmó que las mujeres que trabajan seis días por semana suelen dedicar su único día libre a limpiar la casa. El presidente argentino Javier Milei difundió un fragmento de esas declaraciones, calificándolo de «machirulo» y «ladrón». Sin embargo, Lula no estaba defendiendo que las mujeres debieran ocuparse de la limpieza, sino argumentando que la desigual distribución de las tareas domésticas justificaba ampliar el descanso semanal. La controversia ilustra hasta qué punto una frase puede adquirir otro sentido cuando se la separa de su contexto.
Dos proyectos enfrentados
Detrás de estos episodios subsisten diferencias sustanciales. Lula defiende un Estado con mayor intervención económica, inversión pública y ampliación de las políticas sociales. Flávio Bolsonaro propone austeridad fiscal, reducción del aparato estatal y una política de seguridad más severa, incluyendo el endurecimiento de penas y una ofensiva contra las organizaciones criminales.
También existen diferencias en política exterior, particularmente en la relación con Estados Unidos y el gobierno de Donald Trump.
Sin embargo, la campaña ha dedicado buena parte de sus energías a discutir antecedentes personales, sospechas de corrupción y denuncias sobre la manipulación de las redes sociales. Incluso el Tribunal Superior Electoral se ha convertido en protagonista habitual, ante la multiplicación de recursos y reclamaciones de ambos sectores.
El viernes tendrá lugar el último debate, cuando nuestra edición ya esté publicada. El domingo hablarán las urnas, en una elección cuyo desenlace sigue abierto.
Lo que ya puede advertirse es que Brasil llegará a esa instancia con una sociedad profundamente dividida, una agenda de reformas y compromisos económicos de considerable magnitud y una discusión pública donde demasiadas veces el agravio sustituye al argumento.
Cualquiera sea el resultado, gobernar ese Brasil exigirá bastante más que ganar una campaña.
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