Terminar con el Gran Hermano

Por Fátima Barrutta

Uno de los “logros” que más defiende el gobierno frenteamplista es el de la bancarización obligatoria, que el oficialismo designa con el eufemismo de “inclusión financiera”.

Es interesante el empeño que pusieron en controlar cómo y en qué ganamos cada peso que ganamos y cuánto y dónde gastamos cada peso que gastamos.

Es una ley por la que el Estado claudica en su labor inspectiva, reemplazándola por un Gran Hermano digital que todo lo ve y todo lo sabe.

Se podría discutir la pertinencia de la medida siempre y cuando fuera un camino de dos vías: está bien, los contribuyentes transparentamos todos nuestros ingresos y egresos, pero ¿por qué el Estado no exhibe la misma transparencia, para que nosotros sepamos en qué gasta?

Ah, eso es mucho pedirles. Incluso han hecho del secretismo una profesión de fe. Aunque el parlamento exija saber en qué se gastaron los casi 100 millones de dólares que costó el Antel Arena (más del doble de lo que se había anunciado en su gestación), ahí nos dicen que eso no debe revelarse, porque sería poco menos que avivar a la competencia. ¿Qué competencia? Más bien parece que a quien no quieren avivar es al cliente de los servicios de Antel, a quien le meten la mano en el bolsillo para dilapidar recursos en una obra faraónica, cuya única finalidad es el lucimiento personal de una precandidata oficialista.

En un Estado republicano, no es el gobierno el que controla al ciudadano sino al revés: el ciudadano controla cómo gastan el dinero que entrega en fidecomiso a sus representantes.

El contribuyente debe ser  el máximo órgano auditor y hoy, con las herramientas digitales de que se disponen, tenemos la posibilidad de instrumentar el control online de cada repartición estatal, día a día, minuto a minuto y saber en qué se gasta, quién es el responsable del gasto conforme a las metas que se fijó, a quién se le pagó, si el gasto fue merecido o no y qué resultados beneficiosos obtuvo.

Transparencia es saber en todo  momento cuán honrados y eficientes son nuestros representantes al administrar los recursos que tanto trabajo nos cuesta ganar.

Cuando los actuales inquilinos del poder lo abandonen, porque así lo decidirá la ciudadanía, habrá llegado el momento en que el Batllismo sea el fiel guardián de los intereses del contribuyente, liderando una revolución de transparencia que deje atrás los tiempos de la persecución estatal y comience los de la ya imprescindible austeridad republicana.