Por Tomás Laguna
Las gremiales obreras de la industria láctea deben entender que no confrontan con patronales empresariales maximizadoras de utilidades, lo hacen con la sufrida familia de productores lecheros.
Hace aproximadamente dos meses la Federación de Trabajadores de la Industria Láctea se declaró en pre-conflicto justificándose en la falta de avances en las negociaciones en el ámbito de los Consejos de Salarios. Paros parciales, trabajo a reglamento, en fin, todas aquellas medidas que distorsionaran la operativa industrial, incluso amenazando parar las exportaciones. En particular, la combativa Agremiación de Obreros y Empleados de CONAPROLE promovieron medidas con el objetivo de generar desabastecimiento de productos lácteos en todo el país.
La Cámara de la Industria Láctea se retiró de inmediato de los Consejos de Salarios, en tanto el productor lechero Leandro Galarraga, presidente de la Asociación Nacional de Productores de Leche, reaccionaba preocupado y con visible indignación manifestando que "estas medidas no se entienden".
Si bien las medidas sindicales se mantienen, a la fecha existe una suerte de tregua por parte de los sindicalistas a la espera del reinicio de las negociaciones salariales. Entre tanto los productores lecheros, a través de su gremial más representativa, instaron al directorio de CONAPROLE a ser inflexibles ante el sindicato, no cediendo antes sus presiones.
La historia de estos desencuentros, la gremial obrera por un lado y la industria junto a los productores remitentes por otro, no es nueva. Data de larga data. Veamos:
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En una oportunidad CONAPROLE quiso premiar al personal con responsabilidades jerárquicas en función de mejores logros obtenidos, el sindicato se declaró en conflicto exigiendo que tal gratificación se extendiera a todos los funcionarios, anulando de esa forma toda posibilidad de dar incentivos para aumentar la productividad laboral.
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En otra el sindicato entro en conflicto en defensa de trabajadores que, comprobado estaba, robaban a la empresa en el despacho de mercadería y por lo tanto iban a ser despedidos.
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Otra instancia de enfrentamiento ocurrió cuando el sindicato pretendió que se mantuviera la relación laboral con trabajadores zafrales que habían finalizado su contrato, alegando que no puede haber zafrales despedidos antes de cumplir el año de desempeño (en una interpretación antojadiza de esta condición laboral).
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Resultó dramático el conflicto del año 2013 cuando el sindicato de CONAPROLE, pretendiendo mejoras salariales a partir del circunstancial mayor valor internacional del producto, llegó al extremo de no recibir la leche remitida. En aquella oportunidad el Poder Ejecutivo fue condescendiente con el sindicato pero agresivo y amenazante con los productores que debían tirar la leche a las cañadas al no poder remitir a planta.
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A mediados del 2018 el sindicato de CONAPROLE reinstalo el conflicto reclamando, entre otros puntos, la reposición obligatoria de cualquier vacante que se produjera en la planta industrial, incluso ante la jubilación de un funcionario, enfrentando cualquier decisión de invertir en mejoras tecnológicas tendientes a bajar costos operativos.
Seguramente se nos escapen otras referencias a conflictos creados a partir del absurdo, en todos los casos inspirados en la lucha de clases ante la patronal capitalista.
Pero se equivocan en reiteración real. El sindicato de trabajadores de la industria láctea no se enfrenta al capital extranjero, al inversor de riñón cubierto, al patrón maximizador de ganancias. Se enfrentan a algo más de 2.700 remitentes lecheros, en su amplísima mayoría productores familiares que no tienen ni salario vacacional ni aguinaldos, en un rubro en el que la máquina de producir no se detiene por días festivos ni meses de vacaciones, con jornadas extensas no importa la época del año ni las condiciones climáticas.
Se enfrenta el sindicato a productores sobrevivientes de una de las mayores crisis de la lechería nacional, hoy felizmente superada no obstante aún se arrastran dificultades financieras poco fáciles de sobrellevar.
El sindicalista clásico, combativo desde el antagonismo entre la clase obrera y la burguesía capitalista, debería ubicarse por un momento y entender que en este rubro productivo la lucha de clases no es de recibo, no calza. De no entenderlo se verán enfrentados hasta consecuencias no deseables con la gran familia tambera, situaciones en ese sentido ya se vivieron en el pasado no muy lejano.
Los tamberos debieron sufrir la caída del producto en los mercados internacionales a la vez de una creciente escalada de costos. Situaciones surgidas del contexto internacional y de la economía doméstica contra lo que poco podían hacer. Muchos claudicaron, otros sobrevivieron y hoy están ordeñando. Lo que seguramente no están dispuestos a soportar es la intransigencia sindical. Es de esperar que el sindicato entienda que la lucha ideológica no cabe en este rubro tan particular de la producción nacional.