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“Republicanos, ¡tierra firme!”
Por Francisco Berchesi
El faro es metáfora de muchas cosas. Es referencia para quienes navegan en las turbulentas aguas de los océanos. Iluminan en situaciones adversas, cuando no se avizora la costa con claridad; nos guían por la noche, cuando perdemos nuestras referencias visuales. Y para la vida cívica de una república, su Constitución es su faro.
Nuestra Constitución, jurada por primera vez el 18 de julio de 1830 (conmemorada casi en silencio algunos días atrás), es sin duda un faro para todo republicano. En épocas en las que nuestro sistema jurídico es vilipendiado tan a menudo, tanto dentro como fuera del parlamento, donde se la quiere enmendar en función de intereses electorales de corto plazo, sin siquiera atender lo que establece, nos vemos obligados a mirar hacia atrás en búsqueda de referencias que se identifiquen con nuestro pensar, que nos ubiquen navegando estas tormentas.
Quienes tengan interés por la historia sabrán, entonces, que la misma debe verse en períodos largos para entenderla mejor, para así advertir que hay sucesos y nombres que se repiten una y otra vez.
Finalizando el siglo XIX, en nuestro país ya habían tenido lugar alrededor de 70 revoluciones y revueltas. Había una gran tensión debido a que, en términos históricos, las constituciones liberales no se adaptaban bien a los países que eran fundamentalmente caudillistas. Artigas, Oribe, Rivera, Lavalleja, Flores, Aparicio Saravia, entre otros, eran caudillos y el juego político se sustentaba en ello.
En ese entonces, el voto era censitario. No votaban las mujeres, los peones jornaleros, los soldados de línea, los deudores del Estado, ni los analfabetos, entre otras categorías. Sumado a esto, lo que se votaba en las elecciones eran los parlamentarios, quienes luego elegían al Presidente.
Una interpretación histórica de la agenda política de Batlle y Ordónez indica que su intención era terminar con el caudillismo de la época, por eso quiere implementar el colegiado. Aquí surge lo que se denomina “el segundo gran debate”, que finaliza con la entrada en vigor de la nueva Constitución el 1° de marzo de 1919.
En la llamada Constitución del 18, por ser el año de su promulgación, no llegó a consagrarse el colegiado integral que había propuesto José Batlle y Ordóñez, pero se consiguieron logros más importantes para nuestro destino como sociedad, motivo por el cual es el foco de esta columna.
La misma separó el Estado de la Iglesia, en un paso fundamental que aseguró la libertad de conciencia para siempre. Además, reconoció a las mujeres el derecho al voto, aunque se dilató su efectivización, estableció el sufragio universal masculino y el voto secreto. Todo esto representó un gran cambio en materia institucional y social. Ello fue reconocido por el historiador británico Eric Hobsbawm en “Historia del Siglo XX” cuando menciona que Uruguay contó con una de las pocas democracias reales existentes a principios del siglo XX.
Brum es quien estrena esta Constitución en 1919. Y fue por su vigencia, contra el golpe de Estado de Terra, que entregó su vida en 1933. La misma representó un nuevo pacto entre sus habitantes, que pasaron de ser enemigos a reconocerse como adversarios, dejando atrás aquella “tierra purpúrea”, como tituló su célebre novela Guillermo Enrique Hudson, describiendo la turbulenta realidad uruguaya de fines del siglo XIX.
La enseñanza de Baltasar Brum —en definitiva, lo que quiero subrayar— es que de nada vale una constitución, incluso ésta tan importante para su tiempo, si no la defendemos y somos conscientes de que es el principal medio que posee un ciudadano para evitar la aparición de la tiranía, el abuso de la ley y la degradación de nuestra república.
La Constitución de 1918 es entonces un faro que avizoramos navegando en las turbulentas aguas del populismo.
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