PRO CUADROS



Se ha cuestionado la compra por el Poder Legislativo de dos cuadros, uno de Adela Reta y otro de Juana de Ibarbourou, ejecutados por encargo al pintor Osvaldo Leite. Es un cuestionamiento equivocado.

Me siento personalmente comprometido con el retrato de Adela, porque personalmente le plantée la iniciativa a la Presidenta de la Asamblea General Esc. Beatriz Argimón y fue muy gratificante que acogiera la idea con entusiasmo. El cuadro, que resultó de gran calidad, se presentó en el Palacio en el curso de los homenajes al centenario del nacimiento de la ilustre humanista y fue el primero de una mujer que se colgó en una pared de nuestro gran templo laico.

Paralelamente, se había encargado al mismo artista, un retrato de Juana de América, como la consagrara Alfonso Reyes en la histórica jornada del 10 de agosto de 1929, en el Salón de los Pasos Perdidos.

Nadie puede objetar el homenaje a estos dos figuras imponentes, una en la poesía, la otra en el derecho y la política.

Se ha objetado, sin embargo que se comprara en forma "directa", como si fuera posible licitar el arte. La ley expresamente autoriza esa posibilidad en el TOCAF (art. 33, lit. D, numeral 5) y no hay nada más lógico porque es imposible tomar en cuenta el precio a la hora de elegir una obra original.

En el caso, además, se trata del retratista más considerado del país en los últimos cuarenta años, con una trayectoria destacada en Europa, y ni hablar en nuestro país, porque en el propio Palacio hay retratos suyos como los de Wilson Ferreira o Washington Beltrán y en la Cancillería nada menos que Baltasar Brum y Luis Alberto de Herrera, por encargo que oportunamente hicimos como Presidente de la República para simbolizar en ellos a dos tendencias diferentes de nuestra política internacional. En las galerías presidenciales de los Bancos República y Central hay numerosos retratos encargados a Leite, que van desde Ramón Díaz a Mario Bergara, para seguir ejemplificando orientaciones ideológicas contrarias en el quehacer nacional, expresión cabal de nuestra mejor democracia.

Estos retratos, en estas instituciones, poseen el enorme valor simbólico de expresar su continuidad histórica y el reconocimiento a quienes la han conducido en los más diversos tiempos de nuestra la vida republicana.

En el plano internacional también usamos a Leite, como a Carlos Tonelli y Jorge Damiani, para retratar a ilustres mandatarios amigos, en ocasión de visitas oficiales. Esto fue parte de nuestra política exterior, que -como suele decir Enrique Iglesias- puede instrumentarse sobre la base de la "dominación, la negociación o la seducción", señalando lo mucho que el país ha conseguido con este último de los métodos. Llegar a Buenos Aires, con un retrato de Alfonsín o a París con uno de Chirac, en que los homenajeados se veían inmortalizados, era un arma legítima de "seducción" para empezar cualquier conversación en el mejor de los terrenos. Al mismo tiempo, mostrábamos al país en su mejor rostro, el de una República ilustrada .

Naturalmente, siempre se puede hacer el argumento de "oportunidad", estimando que cualquier necesidad popular debía estar por encima de ésta, la de exaltar los mayores valores de la República, los que la han construido y siguen aportándole con sus obras y sus ejemplos. Y bien: el arte no es un adorno, no es una mera superficialidad decorativa. En Uruguay es una expresión superior de su identidad. Y emplearlo para ser parte de esa constante construcción ciudadana es tan relevante como que no se puede entender a Artigas sin el cuadro de Blanes que le dio rostro al héroe.

La pobreza social del país no se va a enfrentar instaurando la pobreza institucional y cultural. Por el contrario, solo un Estado prestigioso y respetable es la herramienta del progreso, y ella incluye la afirmación de esos valores que se ejemplifican en sus grandes personajes de la historia.

Realmente me ha resultado entristecedor el menudo debate sobre el tema. No solo porque está claro que esos dos magníficos retratos no pasan de costar lo que paga la ciudadanía por tres o cuatro meses de sueldos de un legislador sino revelar una visión tan pequeña de la República, tan mezquina de su valores institucionales y tan ignorante de sus calidades culturales. También cuando se construyó el Palacio Legislativo, y el país era bastante más pobre que hoy, hubo voces que no entendían lo que significa ese monumento de mármol que homenajeaba a la democracia. Son los que seguramente no entenderán lo que habrá que hacer para celebrar el Bicentenario que se nos aproxima y que, cueste lo que cueste, debe dejar su trazo. En el Centenario hicimos el Palacio y el Estadio. Esperemos que nuestro Bicentenario no se diluya en esa pobreza de espíritu que tanto sublevaba a José Enrique Rodó.

J. M. S.