Por Jonás Bergstein
Fue Borges, quien al editar sus Obras Completas escribió que las cosas que le pasan a un hombre le pasan a todos; justamente por eso, el gran escritor se permitía compartir la historia íntima de su niñez primigenia. Esta reflexión viene a cuento del libro que esta nota comenta, El Corredor Polaco, de Isaac Perkal y Martín Kupfer, Montevideo, 2022. Uno de esos tantos acontecimientos editoriales de todos los días, que se suceden a la vuelta de la esquina y que, lejos del candelero de los medios, pasan injustamente inadvertidos para el gran público.
Se trata de la saga de una familia de inmigrantes judeo-polacos, sobrevivientes de la Guerra, cuyos integrantes llegaron al país con una mano atrás y otra adelante para recalar en un conventillo del centro de Montevideo y sobrevivir como mejor pudieron. A primera vista, nada nuevo bajo el horizonte: a fin de cuentas, y con las peculiaridades y características de cada familia y cada contexto, nada distinto a la historia de cualquiera de nosotros.
Vivían en pleno barrio judío de Varsovia. En la tarde del 31 de agosto de 1939, la madre del autor, entonces una adolescente de 17 años, había cruzado al otro lado del río Vístula a pasar unos días de vacaciones junto a sus padres; ésa sería la última noche, en muchos años, en que habría de dormir entre sábanas limpias.
Cuando a la mañana siguiente despertaron, mal pudieron asimilar las dimensiones de la tragedia que se había azotado: mientras dormían, los alemanes habían invadido Polonia. En un abrir y cerrar de ojos, se habían quedado sin nada. Todo el resto de la familia había quedado atrapada del otro lado del Vístula. En ese momento no tenían conciencia de todo lo que habían perdido, absolutamente todo, y, muy especialmente, su mundo. Nunca más lograrían reconstruirlo, ni siquiera mediante fotos, también ellas sepultadas para siempre bajo los escombros de aquella hecatombe.
A partir de ahí lo que se sucede no son más que dramas de vida o muerte. Dramas que, a los protagonistas, marcarían para el resto de sus vidas; y a los lectores, nos dejan una sabiduría casi cósmica que el autor logra plasmar con maestría.
Tras la Guerra, los padres del autor se conocieron y se casaron. En medio de la lucha de la supervivencia, no lo hicieron por amor. Como reflexiona el autor, en aquel momento y en esas circunstancias, nadie se casaba por amor: "lo que buscaban era construir un soporte mutuo para tener las fuerzas que les permitiesen encarar una nueva vida y manejar su pasado."
Isaac nació un 10 de junio de 1947: "Nada exige estar más en el presente que un embarazo y un bebé". El peso de la Guerra los acompañaría para siempre. A los 27 años de edad, la madre de Isaac era otra persona: "de aquella adolescente, fresca e inocente y llena de alegría, no había quedado nada". Las facturas pasadas serían impagables.
Con todo, no es la Guerra sino la vida en el conventillo de la calle Julio Herrera y Obes la que vertebra el libro, incluyendo la espléndida fotografía de la tapa que le adorna. Es ahí donde el autor se reconoce en toda su dimensión.
A ambos lados del corredor del conventillo descascarado, se distribuían las habitaciones en que vivían las cinco familias que le habitaban, todas ellas judías y sobrevivientes del infierno de la Guerra. Los alimentos no abundaban, pero las paredes de algunas habitaciones estaban repletas de libros en alemán, objetos que el autor jamás había visto hasta ese momento. Junto con la estrechez vendría la comunidad, la vida en común. 14 personas compartían un baño y una cocina. Las esperas compartidas al lado del cuarto de baño marcarían al autor para siempre: hoy, a casi 70 años de los hechos, Isaac no puede usar un baño si hay gente en sus proximidades. También la frugalidad signaría aquellos años. El baño común -el único digno de ese nombre- no tenía papel higiénico, sino tan sólo trozos de diarios viejos cortados en cuadraditos. Se bañaban en la misma pieza en que dormían, en la misma tina en la que se lavaba la ropa.
Como en Cinema Paradiso, son los ojos de ese niño, tímido y endeble, los que se roban todos los créditos de la obra: "la mirada ingenua y profunda de un niño no tiene símil; tampoco la intensidad con la que vive en el presente, aún sin pasado e ignorante de que existe un futuro para él. Con esa mirada y con esa intensidad, yo hacía mío cada rincón y cada momento del conventillo". A través de esa mirada habrán de desfilar todos: los pacientes del consultorio, el tratamiento "médico" mediante ventosas, la enorme ventana a través de la cual Uruguay "entraba en casa" -la radio-, la derrota ante Hungría en el Mundial del 54', las acaloradas e inevitables discusiones entre las mujeres del conventillo, y tantas otras cosas.
La ética del trabajo domina la obra. Perkal cuenta que al llegar a Uruguay la familia subsistió gracias a la gran capacidad de trabajo de su padre. "Ese fue mi mundo, un mundo definido por la precariedad, que me parecía norma, pero también por el ejemplo práctico y cotidiano de mis padres y el entorno, el ejemplo de la búsqueda de superación a través del trabajo y del estudio". No hace falta profundizar en la destacada proyección profesional, social y de todo tipo que, décadas después, habría de tener ese pequeño hijo de inmigrantes en la sociedad uruguaya de hoy.
También la gratitud. Es la gratitud el máximo sentimiento que el autor nos obsequia. El agradecimiento a esa cultura de trabajo, a la Escuela Pública de la que habla con orgullo, al barrio que lo vio crecer, y por fin, al país que dio acogida a su familia, y a él su lugar en el mundo. Con los ojos de la sociedad de hoy, la reflexión resulta casi inevitable: les dimos tan poco y sin embargo resultaron tan agradecidos. (Si el lector nos permite la reflexión, no podemos menos que preguntarnos: ¿qué nos pasó en el medio? ¿dónde nos perdimos como sociedad?).
Pero volvamos al autor y a su familia. Eran pobres, y sin embargo no esperaban nada de nadie (para ellos, sólo recibirlos ya había sido importante y más que suficiente): tenían la seguridad de que a través del trabajo los siete días de la semana y de la Escuela Pública integradora, la familia toda habría de salir adelante. Vaya si lo habrá hecho.
En suma: una obra valiosa, cargada de sabiduría, por momentos dramática, por momentos lúdica, siempre humana.