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El valor de lo que no se ve
Por Susana Toricez
La autora reflexiona sobre una riqueza que no puede medirse en bienes materiales: el tiempo que dedicamos a los demás, la presencia, la salud y los afectos que dan verdadero sentido a la vida.
Hay un engaño silencioso en la prisa con la que caminamos.
Nos pasaron la vida repitiéndonos que acumular es crecer, que el éxito se mide en metros cuadrados, en el modelo del auto o en el saldo de una cuenta bancaria.
Nos enseñaron a engullir cosas, como si el vacío del alma pudiera llenarse con bienes materiales.
Y en esa carrera frenética por tener, nos fuimos olvidando de lo único que de verdad nos pertenece y trasciende: el modo en que decidimos gestionar nuestro tiempo.
Al final del camino, nada de lo acumulado nos acompañará.
Lo que queda de nosotros no es lo que guardamos en un garaje o en un placard, sino la forma en que supimos habitar en los demás.
Es la paciencia para escuchar a quien nadie presta atención, la palabra justa cuando la tristeza pesa, o esa sonrisa a tiempo que tiene la virtud discreta de cambiarle el rumbo a un día gris.
Pocas cosas hay tan valiosas como la presencia real.
Acompañar al que se siente solo, sentarse a compartir una partida de naipes con una persona mayor y devolverle el brillo a sus horas, son gestos sencillos que no cuestan un peso, pero lo valen todo.
Tener lo suficiente para vivir con dignidad es necesario, claro que sí; pero la verdadera riqueza consiste en saber cuidar nuestra salud e invertir nuestro tiempo en lo que no se compra.
¡Doy las gracias a quien me enseñó a mirar lo que no se ve!
A comprender que la vida no pasa por las vitrinas ni por el consumo, sino por aquello que verdaderamente la sostiene: por los seres vivos que nos rodean, por el aire que respiramos con gratitud y por el valor inestimable de estar sanos.
El amor, en todas sus formas de escucha, afecto y compañía, es la única fuerza por la que vale la pena jugarse entero.
Todo lo demás es sólo ruido. |
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