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Generosidad bajo la llovizna

Por Susana Toricez

Un gesto espontáneo, nacido en una tarde fría y lluviosa de Montevideo, terminó convirtiéndose en una inolvidable lección sobre la verdadera solidaridad y la nobleza humana.

Mirar Montevideo desde la ventana de un piso alto puede ser un ejercicio de injusta lejanía.

El cemento y la altura tienden a anestesiar la mirada, convirtiendo el diario trajín de la calle en una postal lejana, ajena a nuestros propios días. Sin embargo, hay tardes en que la realidad rompe el vidrio del aislamiento y nos da una bofetada de humanidad de esas que no se olvidan más.

Hace un par de semanas, era una tarde particularmente hostil. De esas en las que el frío cala los huesos y el viento de la rambla azota sin piedad a cualquiera que intente desafiarlo.

Abajo, a la intemperie total, resistía un cuidacoches. Un muchacho joven en los papeles, pero con un rostro ya surcado por las huellas de esos caminos que la moral convencional cataloga como “todo lo que no se debe hacer”.

Solo, bajo la llovizna, cumplía con su tarea diaria a pura fortaleza de espíritu. Se frotaba las manos, se acomodaba su gorro de lana.

Movida por ese impulso vecinal que, por suerte, aún sobrevive en algunos rincones de nuestra sociedad, decidí acercarme.

Preparé una cocoa caliente y corté unas porciones de torta dulce que había horneado esa misma tarde.

Con el celo de quien transporta un tesoro contra el invierno, tomé el ascensor, bajé los pisos y le alcancé la bandeja.

Luego de entregarla, regresé a mi ventana.

Lo que vi después no lo enseñan en ninguna universidad, ni se debate en los comités donde se teoriza sobre la pobreza.

A los pocos minutos, otra alma en situación de calle, acaso más desamparada aún, se arrimó al cuidacoches y ambos se sentaron en el cordón de la vereda. No hubo vacilación, no hubo cálculo egoísta, no existió la mezquindad que tantas veces abunda en los salones alfombrados.

Aquel muchacho, que apenas tenía lo puesto y que acababa de recibir un inesperado remanso de calor, partió su trozo de torta a la mitad y compartió su cocoa.

La escena me estrujó el alma.

Siempre se ha dicho que la verdadera solidaridad no consiste en dar lo que nos sobra, sino en compartir lo que nos falta.

Pero ver esa máxima concretada en la más absoluta escasez es una lección que empequeñece cualquier discurso y que debe conducirnos obligadamente a una sana reflexión.

Los más necesitados poseen una suerte de “aristocracia de espíritu”; una nobleza natural que les impide cerrar la mano ante la necesidad del igual. No reparten desde el saldo bancario; reparten desde la empatía más pura. Comparten desinteresadamente.

Aquel cuidacoches, marcado por la vida y el desamparo, me regaló el aprendizaje más grande de este invierno.

Me demostró que las paredes de los edificios nos pueden separar físicamente, pero que la decencia y el carácter se miden abajo, en el frío de la calle, donde los que menos tienen nos siguen enseñando cómo salvar a otro ser humano.
Correo de los Viernes.
Publicación Oficial de la Secretaría de Prensa del Foro Batllista.