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Un ataque en Washington que revive la sombra de Afganistán

La trayectoria del atacante refleja la compleja herencia de dos décadas de intervención en Afganistán.

El miércoles 26, dos miembros de la West Virginia National Guard resultaron gravemente heridos en un tiroteo cerca de la Casa Blanca, en Washington, D.C., en lo que autoridades describieron como un “ataque tipo emboscada”. El sospechoso, identificado como Rahmanullah Lakanwal —afgano de 29 años— fue detenido tras ser herido en un intercambio de disparos.

Lakanwal ingresó a Estados Unidos en 2021 bajo el programa Operation Allies Welcome, creado tras la retirada de tropas estadounidenses de Afganistán, que permitió la reubicación de miles de afganos que habían colaborado con EE. UU. durante el conflicto. Posteriormente, en 2024 solicitó asilo; su solicitud fue aprobada en abril de 2025. La investigación confirmaría que, antes de llegar a Estados Unidos, Lakanwal había servido en Afganistán en unidades apoyadas por la CIA, en particular a operaciones en la provincia de Kandahar.

El tiroteo ocurrió a plena luz del día, cerca de la estación de metro Farragut West, cuando los guardias patrullaban una zona céntrica. Lakanwal abrió fuego sin provocación aparente, con un revólver calibre .357, alcanzando a ambos militares. Rápidamente fue neutralizado por otras fuerzas de la Guardia Nacional y arrestado.

El ataque fue calificado por el Presidente Donald J. Trump como un “acto de terror”. Como respuesta, se ordenó el despliegue de 500 efectivos adicionales de la Guardia Nacional en la capital, y además se suspendió indefinidamente el procesamiento de solicitudes de inmigración de afganos, mientras se revisan los protocolos de seguridad y vetos.

Este episodio adquiere mayor peso cuando se lo vincula al pasado militar en Afganistán y a las políticas de reasentamiento promovidas por EE. UU. tras su retirada en 2021. Muchos de los evacuados —como Lakanwal— habían colaborado con las fuerzas estadounidenses o con la CIA; su reubicación fue presentada como una obligación moral para proteger a quienes arriesgaron su vida en alianza con Estados Unidos.

La llegada masiva de excolaboradores afganos representaba una continuidad del vínculo forjado en la guerra: ahora esas personas estaban bajo nueva protección, en suelo estadounidense, con procesos de asilo o residencia. Pero el ataque pone en evidencia que la experiencia de guerra, el trauma, la integración y los mecanismos de control y adaptación no son neutros: pueden generar riesgos, incluso décadas después y lejos del conflicto original.

Lakanwal simboliza ese puente entre dos escenarios: la guerra en Afganistán y la seguridad interna de Estados Unidos. Fue reclutado o colaboró con EE. UU. en un conflicto lejano; luego fue reasentado bajo la protección prometida; y ahora protagoniza un ataque que reaviva viejas heridas, cuestiona procesos de integración y reabre el debate sobre migración, vetos, responsabilidad y vigilancia.

El suceso podría marcar un punto de inflexión: llevará a revisar los programas de acogida de refugiados, los mecanismos de selección y asilo, la rehabilitación de excombatientes, y la relación entre política exterior —intervención militar— y seguridad interna. Es, en definitiva, una prueba dolorosa de que los efectos de la guerra no terminan con la retirada de tropas: persisten, se trasladan, y exigen que sus consecuencias sean asumidas con responsabilidad institucional.
Correo de los Viernes.
Publicación Oficial de la Secretaría de Prensa del Foro Batllista.