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Salvo al Palacio Salvo

Por Susana Toricez

El Palacio Salvo: un gigante que custodia nuestra identidad, más allá de las críticas y las modas.

Hoy me detuve a mirar el Palacio Salvo.

No pude menos que recordar las palabras de Mario Benedetti en La tregua sobre el centenario palacio:

“He aprendido a querer ese monstruo folclórico que es el Palacio Salvo
Por algo figura en todas las postales para turistas.
Es casi una representación del carácter nacional: es guarango, soso, recargado, simpático.
Es tan, pero tan feo, que lo pone a uno de buen humor”.

Respetuosamente, permítanme discrepar.

Los uruguayos, en su gran mayoría, no somos sosos; yo diría que somos poco expresivos.

Mucho menos guarangos: somos más bien inocentes y bondadosos.

También somos simpáticos y, tal vez, algo recargados de muchas cosas, sí.

Ese edificio que para Benedetti es gris, en su momento nos iluminó, siendo ícono de la arquitectura en América Latina y vanguardia a nivel mundial.

Llenó de orgullo a todos los habitantes de nuestro país.

Si se quisiera trazar un paralelismo con la personalidad de los uruguayos, podría decirse que es un estoico vigilante de lo que sucede en la Casa de Gobierno (algo que hacemos muchos) o que emula a un Blandengue custodiando a Artigas.

Montevideo no sería igual sin el Palacio Salvo.

Coincido con Benedetti en que se hace querer, porque forma parte de nuestro ADN.

Por eso, hoy, cuando lo vi, ¡hasta me dieron ganas de abrazarlo!
Correo de los Viernes.
Publicación Oficial de la Secretaría de Prensa del Foro Batllista.