Un apagón generalizado: la Decana y la libertad de expresión
Viernes 3 de octubre de 2025. Lectura: 4'
Por Jonás Bergstein
Cuando la libertad de expresión se confunde con la impunidad, la universidad deja de ser un faro y se convierte en sombra.
En diciembre de 2023, las rectoras de tres emblemáticas universidades norteamericanas (Harvard, MIT y Princeton) fueron convocadas a declarar ante el Congreso de los Estados Unidos a raíz del creciente asedio que sufrían los estudiantes judíos en los campus. Incapaces de dar respuestas claras, y también de distinguir entre expresiones de odio y el legítimo ejercicio de la libertad de expresión, dos de las tres rectoras debieron renunciar.
Esta lamentable historia vino a mi memoria apenas supe de los tristes episodios ocurridos en la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de la UdelaR a comienzos del mes pasado. El hecho tuvo lugar en un curso impartido en esa casa de estudios, cuando la profesora debía abordar la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, corriente de pensamiento que tuvo entre sus exponentes más notables a Theodor Adorno, Walter Benjamin y Max Horkheimer. Palabra más, palabra menos, los hechos se resumen así: tras mencionar que en Palestina se está cometiendo un genocidio, la docente afirmó que los estudios de esas personalidades habían sido financiados por “comerciantes judíos de cierto nivel económico”. Para rematar, luego de mostrar una fotografía en la que aparecían justamente Adorno y Horkheimer, reparó en la semejanza fisonómica entre ambos para señalar que se diferenciaban únicamente en la forma de sus narices.
Un estudiante judío del curso, violentado y angustiado por el momento vivido, relató lo sucedido en sus redes. Uno hubiera esperado que las autoridades universitarias condenaran públicamente las expresiones de la docente y expresaran al estudiante, también públicamente, su solidaridad. Hasta ahora, a casi cuatro semanas de los hechos, nada de eso ha ocurrido. Todo lo contrario: conocidos los sucesos, la Decana de esa Facultad no atinó a más que declarar que en la cátedra existía libertad de expresión. Punto. Como se decía en mi época: “mi abuelita tiene un biombo”.
Los episodios en universidades estadounidenses y los de la UdelaR guardan notables puntos de contacto: en ambos casos se produjeron en instituciones académicas —hoy convertidas, muchas de ellas, en lo que alguien ha dado en llamar la cloaca moral de Occidente—; en unos y otros se evidenció la crisis ética de esas casas de estudio (como dijera el jurista argentino Guillermo Cabanellas: una universidad sin ética no es una universidad); y en ambos se reveló la ignorancia de conceptos jurídicos elementales: la incapacidad de discernir entre el legítimo ejercicio de un derecho —la libertad de expresión— y su uso abusivo, que deviene en ilícito (delitos de odio).
Sin embargo, difieren en sus consecuencias y en su gravedad. ¿Qué episodios fueron más graves: los de Estados Unidos o los de la UdelaR? Desde nuestro punto de vista, lo sucedido en nuestra querida universidad pública es mucho más alarmante. Porque en Harvard y en Pensilvania las rectoras fueron convocadas al Congreso (aun siendo instituciones privadas) y finalmente se vieron obligadas a renunciar. ¿Qué pasó en el caso de la UdelaR? Nada, absolutamente nada. Y si se nos permite el vaticinio, con toda seguridad nada sucederá.
He aquí la gravedad del caso: verter en clase opiniones políticas ajenas a la materia —“en Palestina se está cometiendo un genocidio”— no mereció sanción alguna. Incurrir en expresiones constitutivas de delitos de odio, tampoco. Ambas circunstancias resultan inadmisibles y muestran la anestesia jurídica en que vivimos en Uruguay.
Señor lector: aquí se ofendió la dignidad de un estudiante judío; aquí se violó la laicidad de la enseñanza; aquí se cometieron delitos de odio que atentaron contra la pacífica convivencia de todos. ¿Dónde están las organizaciones de derechos humanos? ¿Dónde está el Rectorado? ¿Dónde están el Frente Amplio, el PIT-CNT, la FEUU y sus satélites? ¿Dónde está el Derecho? ¿Dónde está la Fiscalía?
Cabe una pregunta: si los dichos de la docente hubieran aludido a pensadores negros, y si la comparación se hubiera hecho con narices negras o con integrantes de las comunidades LGBT, ¿la reacción habría sido la misma?
He aquí el apagón jurídico que da título a esta nota.
Por último, la dimensión humana. Porque, a fin de cuentas, detrás de todo esto hay personas de carne y hueso. ¿Alguien se puso en los zapatos del estudiante que sacó a la luz el asunto? La docente de marras, la decana de marras, el rector de marras, la FEUU y los campeones de los derechos humanos —tan proclives a pronunciarse en otras ocasiones—, ¿ninguno de ellos tomó la iniciativa de comunicarse con el estudiante para interesarse por él y su estado? Si nada hicieron, la pregunta es muy simple: ¿por qué? ¿Porque era judío? ¿Alguien pensó cómo habría de proseguir sus estudios en esa Facultad? ¿Cómo habrá de ingresar a clase y enfrentar a la misma docente?
Todo parece indicar que el apagón generalizado no es solo jurídico; es también, y por encima de todo, un apagón humano.
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