Premios Artemisa: trayectorias que hacen del conocimiento y la memoria un compromiso



El pasado miércoles 25 de marzo, en el Salón «Confraternidad Americana» de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, la Gran Logia Femenina del Uruguay celebró la octava edición del Premio Artemisa, en una ceremonia que combinó sobriedad, reconocimiento y una fuerte carga simbólica en torno a los valores de libertad, ética y servicio al bien común.

La instancia reunió a autoridades, invitados y referentes del ámbito cultural y social, en un clima donde la palabra —a través de las semblanzas— fue construyendo el sentido profundo de la distinción.

La primera en ser distinguida fue Marta Canessa. Historiadora, ensayista y docente, su trayectoria ha estado guiada por una convicción persistente: que conocer el pasado es también una forma de iluminar el presente. Formada en un entorno profundamente vinculado a las letras, desarrolló una obra que dialoga con la identidad y la memoria, tanto desde la investigación como desde la defensa activa del patrimonio. Su reconocimiento internacional y su labor sostenida en el ámbito cultural dan cuenta de una ética intelectual donde el conocimiento se asume como responsabilidad.

Seguidamente, fue distinguida la ingeniera Ida Holtz, cuya trayectoria refleja una forma de liderazgo que combina saber técnico, vocación pública y compromiso social. Su recorrido —marcado por la apertura de caminos en espacios históricamente poco transitados por mujeres— fue destacado como ejemplo de una práctica donde el conocimiento se pone al servicio de la sociedad y de la construcción de entornos más justos e inclusivos.

También fue reconocida María Julia Listur. Su trabajo en torno a la memoria reciente y los derechos humanos transforma una experiencia personal atravesada por la represión en una acción pública comprometida con la reconstrucción de testimonios. Su participación en producciones documentales forma parte de un proceso más amplio de recuperación de la memoria colectiva. Al recibir el premio, dejó una de las frases más resonantes de la ceremonia: “Todos somos diferentes, el sentido es la fraternidad”.

La artista visual Margareth Whyte completó el conjunto de premiadas, aportando una dimensión estética atravesada por la reflexión crítica. Su obra, que transita entre distintos lenguajes y materiales, convierte elementos de lo cotidiano en superficies cargadas de memoria, donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan. Con una trayectoria consolidada, ha sido reconocida a nivel nacional e internacional y representará a Uruguay en la próxima Bienal de Venecia, reafirmando su lugar en el arte contemporáneo.

Más allá de las singularidades de cada recorrido, la ceremonia dejó en evidencia un denominador común: mujeres que han logrado derribar obstáculos, abrir puertas y sostener, a lo largo del tiempo, una convicción profunda en torno al trabajo abnegado por el bien común como ideal de vida. Desde sus respectivos ámbitos, han puesto su conocimiento al servicio de la sociedad, contribuyendo a su mejora y abriendo camino para las generaciones futuras.

En ese sentido, el Premio Artemisa —símbolo de autonomía, sabiduría y resguardo de los valores colectivos— no solo reconoce trayectorias individuales, sino que proyecta una idea de comunidad basada en la responsabilidad compartida y la construcción de un legado que trasciende.