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Los días sin reloj
Por Susana Toricez
Una reflexión serena sobre la jubilación como tiempo de libertad, memoria y redescubrimiento de lo esencial, donde el ritmo ya no lo marca el reloj sino el propio deseo de vivir.
Llega un momento en la vida en el que el tiempo deja de ser un adversario y se convierte, por fin, en un aliado.
La jubilación, tantas veces imaginada y otras tantas temida, se revela como una etapa llena de posibilidades sencillas pero profundamente valiosas.
Atrás quedan los horarios estrictos, las prisas matutinas y la constante sensación de deber.
En su lugar aparece un silencio distinto: el de los días que comienzan sin alarma, sin urgencias, sin listas interminables de tareas.
Un silencio que no pesa, sino que libera.
Ser jubilado no es dejar de hacer, sino elegir qué hacer.
Es redescubrir el placer de una caminata sin destino fijo, de una conversación sin mirar el reloj, de un café que se enfría lentamente porque nadie apura el momento.
Es volver a lo esencial, a esas pequeñas cosas que durante años quedaron relegadas por la rutina.
También es tiempo de memoria y de gratitud. De mirar atrás, no con nostalgia, sino con la serenidad de quien ha recorrido un camino lleno de esfuerzos, aprendizajes y logros. Y, desde ahí, construir un presente más ligero, más propio.
La maravilla de esta etapa no está en los grandes acontecimientos, sino en la libertad silenciosa que la acompaña.
Es la posibilidad de vivir sin la presión constante del “deber ser” y en el descubrimiento de que, al final, lo sencillo siempre fue suficiente.
Porque quizás el verdadero lujo no es tener más tiempo, sino tener la fortuna de poder sentirlo y disfrutarlo a diario.
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