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La palabra libre
Por Susana Toricez
En esta reflexión, Susana Toricez reivindica el valor de la palabra libre como condición indispensable para el pensamiento crítico, la convivencia democrática y el crecimiento personal, al sostener que el respeto por la discrepancia fortalece las convicciones y enriquece el diálogo.
Hay algo profundamente sano en el ejercicio de la palabra libre.
Durante mucho tiempo se nos intentó convencer de que el silencio era sinónimo de prudencia, una suerte de refugio virtuoso para evitar la discrepancia.
Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que callar por mero compromiso o por temor a incomodar, nunca resulta saludable.
El silencio no protegido por la convicción, sino por la complacencia, termina por afectar el pensamiento.
Por supuesto que la discrepancia jamás debe confundirse con la afrenta o el agravio.
Respetar una opinión ajena y diferente no implica olvidar las convicciones propias; implica, sencillamente, comprender que el mapa del mundo se dibuja con trazos diversos.
Se puede y se debe decir lo que se piensa con absoluta claridad, sin perder la elegancia ni la firmeza, sosteniendo la delicadeza en las formas, sin por ello diluir el fondo.
Agradezco y respeto a quienes expresan su verdad sin agredir, porque es una muestra de madurez.
Jamás lo entendería como un acto de hostilidad.
Es más, celebro y aprecio enormemente a quien se acerca con argumentos válidos a cuestionar mi postura.
La dialéctica fundamentada enriquece, ayuda a madurar y nos rescata de la complacencia.
Crecer requiere necesariamente confrontar nuestras ideas con la realidad y con el pensamiento del otro. De lo contrario, quien habla sin ser jamás rebatido corre el riesgo de caer en la ilusión peligrosa de creer que posee la verdad revelada.
Y la historia, así como la cotidianidad, nos demuestra que esa iluminación casi nunca existe.
Ocurre en la política, donde el dogma ahoga la razón; ocurre en los asuntos más íntimos de la vida; y ocurre, por cierto, hasta en las cercanas y a veces apasionadas discusiones del deporte.
Decir lo que uno piensa con claridad y respeto no solo es un derecho, sino un hábito necesario para mantener el espíritu despierto y sano.
Y, en el acierto o en el error, es algo que valoro infinitamente.
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