La Biblioteca Nacional, víctima del abandono y la improvisación
Edición Nº 1055 - Viernes 3 de octubre de 2025. Lectura: 2'
La clausura reveló lo peor: una gestión que carece de hoja de ruta para conservar, modernizar y abrir el acervo cultural del país.
El cierre de la Biblioteca Nacional, anunciado en mayo pasado en plena conmemoración del Día Nacional del Libro, fue una decisión tan absurda como dañina. No se trató de una medida técnica o pasajera, sino de un gesto que reveló la falta de rumbo y la improvisación en la gestión cultural del país. En lugar de rendir homenaje a la institución, se la clausuró, enviando un mensaje de abandono que aún pesa.
Las críticas fueron inmediatas y transversales. Académicos, bibliotecólogos, sindicatos, periodistas y políticos de distintos sectores denunciaron que el cierre se realizó sin consulta previa, sin información clara y, sobre todo, sin un plan que explicara cómo y cuándo se reabriría. El exdirector Valentín Trujillo fue categórico: durante su gestión nunca consideró cerrar la Biblioteca, por más dificultades que enfrentara. La decisión fue calificada de “improvisada”, “negativa” y “difícil de entender”.
En este contexto, la voz de la Academia Nacional de Letras se volvió insoslayable. La institución reclamó la reapertura plena y sin demora de la Biblioteca, exigiendo recursos técnicos y presupuestales adecuados. Subrayó que no basta con mantener las puertas cerradas a la espera de soluciones indefinidas, y que la prioridad debe ser atender a los lectores y garantizar la vida activa de una institución que custodia el acervo cultural del país.
Lo más preocupante, sin embargo, es lo que el cierre dejó al descubierto: la ostensible ausencia de un plan. Se habló de cinco crisis —personal, edilicia, de conservación, de seguridad y de sentido institucional—, pero nada se hizo para mostrar una hoja de ruta que aborde estos problemas de manera seria. Cerrar para pensar no es una política: es una muestra de desidia. La Biblioteca Nacional necesita un proyecto sólido, con plazos, metas y recursos; no un portón cerrado y promesas vagas.
La improvisación no puede seguir siendo la norma. El patrimonio cultural de Uruguay merece un Estado que planifique y sostenga, no uno que abandone. Mientras la Biblioteca Nacional siga sin un plan creíble, el cierre de mayo permanecerá como símbolo de una derrota innecesaria, y de la falta de respeto por el acceso ciudadano al conocimiento.
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