En el bronce de la memoria

Por Consuelo Pérez

Un homenaje que trasciende coyunturas y reafirma valores republicanos.

La Cámara de Representantes del Parlamento del Uruguay designó al viaducto vehicular construido sobre la rambla portuaria Sudamérica y la rambla Edison con el nombre de doctor Alejandro Atchugarry.

Todos sabemos que la historia, como tal, no es una sucesión de hechos fijos, sino una disciplina en constante reinterpretación, influenciada, entre otras cosas, por la subjetividad de los historiadores.

Las ideologías políticas, la calidad y cantidad de las fuentes, la subjetividad que va de la mano de la interpretación y los diferentes enfoques y escuelas del pensamiento “moldean” constantemente un hecho determinado o una sucesión de hechos. Por eso algunas historias cambian, se modifican y se complementan de manera permanente.

Pero una conducta cada vez más frecuente en estos tiempos, quizá por el papel que han tomado las consabidas “redes”, hace que aun los menos formados e informados se sientan en la obligación de opinar sobre lo que sea. Incluso pueden tener el tupé de deslizar el mote de “genocida” a uno de los fundamentales gestores de nuestra independencia como nación en los tiempos de las luchas a caballo y que, además, fue nuestro primer presidente: el general don Fructuoso Rivera.

Se juntan la ignorancia, los intereses espurios y otros elementos que no diferencian cargos ni condición social o intelectual en esa actitud. Por eso, lo mencionado es solo un ejemplo de lo devastador de la infamia —en este caso hacia un prócer— y del intento de manipulación, muchas veces consciente, de la historia.

Siempre habrá quien apoye la gestión de un líder y siempre habrá quien la desapruebe y que, quizá por su condición humana o por intereses propios o de un sector político, trate de desarticularla o desacreditarla.

Son muy escasas las oportunidades en que una persona pública al servicio de su país, que ha desempeñado —como todos sabemos— múltiples cargos al servicio de las instituciones a lo largo de su vida de servicio, haya logrado unanimidades. Ese es el caso de Alejandro Atchugarry. Y cuando hablamos de unanimidades, nos referimos fundamentalmente al producto final de su participación en la gestión ante la crisis social y económica, y no al proceso, plagado de piedras y hasta de esfuerzos en el exterior por parte de otros ciudadanos “de renombre” que pedían el default, seguramente impulsados por sus ansias desmedidas de poder o por intereses propios.

Pero como lo que perdura son las buenas intenciones, y más aún si tuvieron éxito, y todo lo demás termina en el merecido olvido y desprecio, la figura de Alejandro, apoyada por la unanimidad del pueblo republicano de verdad, permanecerá como un hito de entrega a su causa y a su país. Y seguirá siendo unánime en todas las historias, las escriba quien las escriba, porque la valentía, la capacidad y, por sobre todo, la nobleza y el republicanismo no se negocian.