Wilson

Por Tomás Laguna

La reciente película sobre la vida de Wilson Ferreira Aldunate obliga a dos referencias. Una sobre la personalidad del reconocido político, otra sobre el pretendido documental.

Seguramente ha sido en el agro —y sigue siendo en ese ámbito— donde la exuberancia y el liderazgo de la personalidad de Wilson Ferreira Aldunate es referencia más fuerte. Sin querer minimizar en absoluto que su verdadera proyección política lo fue en todos los ámbitos de la vida de la República, en la defensa de sus instituciones y de la  democracia liberal.

Wilson fue un hombre de campo, educado en el medio rural, reconocido entre sus paisanos, heredero de esa incuestionable tradición blanca cerrillera y contestataria del Uruguay urbano que supo incubarse a lo largo de la historia, entre ponchos revoleados, guitarras entonadas y golillas al viento. No fue el único ciudadano surgido del ámbito rural y que luego se proyectó como hombre de gobierno. Felizmente fueron muchos, y muchos de ellos colorados y batllistas. Pero Wilson  tuvo su particular impronta y trascendencia.

Debemos empezar por reconocer que su gestión al frente del Ministerio de Ganadería y Agricultura marcó un antes y un después en el conocimiento a la estructura productiva del agro uruguayo. La CIDE fue el embrión de un sistema de investigación, generación de información y diagnóstico como seguramente no lo tiene ningún país en Latinoamérica. De esas confluencias de cerebros hipercríticos, de análisis sesudos y proyecciones estadísticas, surgieron definiciones y propuestas sobre la forma de desarrollar la producción agropecuaria en procura de una mayor inversión y productividad. Tuvo el enorme mérito de pensar el país del futuro y debe haber sido la primera vez que un grupo humano calificado encaró las políticas sectoriales con ese sentido prospectivo. Hasta ahí el logro.

Por entonces se pergeñaron los impuestos finalistas presuponiendo que gravar una productividad media de la tierra alentaría a superar esa productividad, siendo que ese incremento iba a estar exento de impuestos. El instrumento fiscal  definitivamente logró el efecto contrario. Al gravar la tierra, abarataron el bien, contribuyendo de esa manera a aumentar la extensividad en el uso del mismo. En otras palabras, la cátedra pasó a manejar información objetiva, los diagnósticos abundaron,  pero en el estancamiento del agro de más de 50 años, nunca lograron incidir.

Ya siendo candidato a la presidencia de la República, en su programa de gobierno conocido por “Nuestro compromiso con usted”, incluyó su intención de ir hacia una reforma agraria. Para ello se comprometía a otorgar tierra en propiedad a quienes la trabajaban. Con habilidad electoral robaba banderas al batllismo de los 40 y a la izquierda sesentista. Un planteo particularmente difícil de digerir por el nacionalismo histórico (sus principales detractores), pero además poco creíble en boca de un notorio representante de la alcurnia rural. No obstante, tuvo repercusión electoral (y sigue siendo referencia hasta los tiempos presentes), como también la tuvo su intención de nacionalizar la banca. Ambas banderas propias de la época revulsiva que se vivía. El político se ponía en sintonía con la masa enfervorizada.

Su pasaje por el Ministerio de Ganadería tuvo otros ribetes que ya definían su pintoresca personalidad, como cuando recibió sentado en el piso de su despacho al presidente de una de las principales gremiales rurales en una suerte de desprecio ante los reclamos de la misma.

Su proyección política posterior como legislador es reconocida por todos: hábil polemista, notable interpelante, inteligente, sagaz, sarcástico, vehemente, carismático sin lugar a dudas. Seguramente fue más su personalidad la que lo enfrentó a los militares golpistas antes que sus ideas. Pero nadie puede dejar de reconocer que dedicó su vida a la causa de la República, puso su patrimonio al servicio de la misma y actuó con infinita nobleza cuando aquellas decisiones de mayor trascendencia en el proceso de reinstitucionalización se hicieron necesarias.

Hasta ahí la personalidad que evoca la película del director Mateo Gutiérrez. Sobre ésta misma tenemos nuestros reparos.

La parte sustantiva en lo emocional refiere al épico regreso de Wilson, su prisión y finamente su actividad pública  en los primeros años de gobierno post-dictadura. Para ello el director acudió a imágenes de notable valor documental, pero fundamentalmente a testimonios de actores políticos de la época. En el centro de aquella polémica estaba el Pacto del Club Naval, los acuerdos logrados y sus consecuencias.

Es ahí que, entre los entrevistados de la película, surgen fuertes cuestionamientos de los enemigos más acérrimos del Partido Colorado, por la razón de que el acuerdo asumía las elecciones con dirigentes proscriptos y Wilson, en particular, preso. En algunos casos, sin medir epítetos o argumentos groseramente descalificantes. A partir de entonces el esfuerzo documental del director se fisura. Insólitamente, resuelve ignorar el testimonio del único sobreviviente de los representantes de los partidos políticos en las instancias del Club Naval. Según lo confesó en el programa “En Perspectiva”, lo hizo  por la peregrina idea de que ese testimonio habría resultado “desequilibrante” (?) en el contexto del argumento dada la exuberancia y trascendencia de la personalidad de ese testigo, el Dr. Julio María Sanguinetti.

Así es que el esfuerzo de dos años de recopilación, entrevistas y filmaciones se terminó transformando en una buena filmación emocional para la campaña política, donde una vez más los blancos juegan el rol de víctimas. Se adelantaron con el estreno, deberían haberlo hecho en vísperas electorales...



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