Un tiempo nuevo

Con su indudable victoria del domingo pasado, la coalición que lidera Luis Lacalle Pou puso fin a 15 años de hegemonía frenteamplista y se dispone a construir un gobierno comprometido con cambios sustanciales en la enseñanza, en la seguridad y en la inserción internacional del país. A su vez, se respira un nuevo clima político, en el que prevalecerán el diálogo y los entendimientos a largo plazo.

Con una diferencia a favor que es indescontable, el presidente electo se dedicó ya a la integración de su gabinete y de sus elencos de gobierno, sin esperar a la formalidad de la proclamación de la Corte Electoral, a la que debió acudirse tras el capricho casi infantil del candidato de Frente Amplio, Daniel Martínez, quien se negó a reconocer su derrota, que es lo que la sana tradición cívica del país aconsejaba. Martínez, en cambio, optó por un espectáculo ridículo, golpeándose el pecho a lo Tarzán, pretendiendo celebrar una derrota. Con la facilidad que tiene el Frente Amplio para construir relatos favorables, enseguida se habló de “la remontada histórica”, pero ello ocurrió en torno al mundo simbólico de las encuestas y no con respecto a la realidad. En los hechos, esta fue la peor votación de la coalición oficialista en los tres últimos balotajes, con 60.000 votos menos que los que tuvo Mujica en 2009 y 102.000 votos menos que los cosechados por Tabaré Vázquez en 2014. El Frente Amplio perdió no sólo la presidencia sino también la mayoría parlamentaria en la primera vuelta. La falta de grandeza de Martínez y su exagerada e irreal gestualidad, ya son una pequeña anécdota con respecto a la contundencia de la derrota.

Mientras tanto, Lacalle Pou mantuvo su tono de respeto y de mesura, lo que afianza su liderazgo. Entre los enormes desafíos que le esperan, el de garantizar el funcionamiento armonioso de la coalición que encabeza es muy importante, pero todo hace pensar que está en condiciones de lograrlo.

Como adelantamos en el anterior editorial de Correo de los Viernes, el presidente electo procura instalar en el país un clima de tolerancia y de respeto a las opiniones ajenas, lo que es profundamente bienvenido. Las grandes mayorías nacionales están en esa línea, aunque hay, en ambos extremos del espectro ideológico, expresiones de odio e incitaciones a la violencia, con amenazas de muerte de un lado y del otro. Ese escenario, potenciado por la inmediatez de las redes, es tan censurable como minúsculo, por lo que estamos seguros de que la prédica pacifista y democrática del Dr. Lacalle Pou, que acompañamos fervientemente, será garantía suficiente para desactivar los ánimos exaltados.

Pero los desafíos no terminan en el buen funcionamiento de la coalición ni en el establecimiento definitivo de un clima de tolerancia. El gobierno tendrá por delante, desde marzo próximo, la enorme tarea de ordenar las cuentas del Estado y de encarar las reformas imprescindibles en materia de seguridad pública, seguridad social, enseñanza, relaciones laborales e inserción internacional. Y todo ello deberá hacerse en términos históricos de rapidez, porque Uruguay no puede responder con su tradicional tranco —lentón, prevenido ante los cambios, mediocre al fin— ya que la entidad de los problemas nos obliga, como Nación, a adelantarnos y a encarar las reformas cuánto antes.

Más allá de la gestión del gobierno, el país tiene también otros problemas mayores. La hegemonía frenteamplista se instaló en la cultura y en la educación, bases para establecer un relato fundacional e históricamente mentiroso que llevará tiempo desmantelar. Para ello es imprescindible restablecer la laicidad —tan maltratada últimamente— en todos sus términos en los centros estudiantiles, para que los inspectores de la Enseñanza no hagan política impunemente y para que los profesores no sigan trasmitiendo la idea de que los tupamaros “lucharon contra la dictadura”, para mencionar sólo dos ejemplos groseros de una larga cadena de distorsiones que podríamos enumerar.

Quiere decir que también desde la sociedad civil debe contribuirse a la construcción del nuevo tiempo, que no sólo quedará marcado por la acción transformadora de un gobierno que será honrado y austero, sino por una sociedad renovada, pujante y tolerante.

La tarea es en todo sentido enorme y desde estas páginas acudiremos a ella con espíritu patriótico y dignidad cívica.



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