Tomás Berreta, el Batllismo canario

Por Federico Mazzuchelli




































El 1º de marzo pasado se cumplió un nuevo aniversario de la llegada de Tomás Berreta a la Presidencia de la República, el tropero agricultor que marcó una época.


Don Tomás nació en el barrio Peñarol, a las afueras de Montevideo, el 22 de noviembre de 1875.

Desde muy joven fue tropero y agricultor lo que lo llevó a vivir y conocer las dificultades de los hombres y mujeres del medio rural.

Participó activamente en las luchas que pusieron fin a los levantamientos nacionalistas de 1897, 1903 y 1904. Luego de dicha gesta, se incorporó a la función pública donde rápidamente fue reconocido por sus diversos talentos; iniciándose como escribiente de Policía, más tarde comisario, empleado de la Dirección de Abasto, oficial de Guardias Nacionales, inspector de impuestos internos, administrador de rentas y, finalmente, jefe de Correos.

Al margen de lo antes dicho, la política marcó desde siempre su vida. Descendiente de garibaldinos, sintió como propia la causa laica, apoyando y promoviendo diversas movilizaciones que bregaban por la separación de la iglesia y el Estado.

Desde muy temprano simpatizó con Batlle, al que conoció en la redacción de El Día. Allí empezaron a forjar la relación típica de discípulo y maestro, a tal punto que, al decir de César Batlle Pacheco, su padre confiaba en dos personas para la realización de sus más anhelados proyectos: Tomás Berreta y Domingo Arena.

La relación de Don Tomas con el campo, con la gente del campo y con sus problemas, es una constante que se mantiene a lo largo de toda su vida. Esto lo llevó a ganar la confianza de los canarios desde su temprana llegada en 1904, donde emprendió una tenaz labor de organización partidaria, siguiendo los preceptos de su mentor e iniciando una serie de transformaciones a nivel departamental que rápidamente comenzaron a ser reconocidas.

Se desempeñó primero como Jefe Político y Policial y, luego, como el primer intendente de dicho departamento, a la luz de la ley de intendencias sancionada en el gobierno de Claudio Wiliman.

Más tarde, en 1922, resulta electo diputado y allí su figura alcanza una dimensión nacional debido a su actuación sobresaliente, siendo reelecto sucesivamente en 1925 y 1928. A su vez, en 1930 es electo para integrar la rama colegiada del Poder Ejecutivo establecida por la Constitución de 1917, el Consejo Nacional de Administración.

En 1933 se opuso al quebranto institucional de ese año y a la dictadura posterior, noble acción que le costó la persecución, la pérdida de la libertad y el exilio, junto a tantos otros correligionarios, entre los que se encontraba su futuro compañero de fórmula, Luis Batlle Berres.

Una vez retomada la vida democrática, fue electo Senador, plataforma desde la que continuó promoviendo diversos proyectos para mejorar la calidad de vida de los productores rurales y las diversas formas de producción en general.

Una vez instalado en el Ministerio de Obras Públicas, durante el gobierno de Amézaga, comprendió que todos sus proyectos de desarrollo podían verse potenciados desde esa cartera con una gran inversión en infraestructura caminera que dotara al país de los medios suficientes para la integración de la campaña, así como la promoción y colocación de la producción de la misma.

Su esfuerzo, su abnegación y su entrega permanente lo hicieron una figura medular del Partido Colorado de mediados de siglo, llegando a la Presidencia de la República, el 1° de marzo de 1947, acompañado por Luis Batlle Berres.

Su corta estadía en el gobierno no limitó la nube de proyectos, ni el esfuerzo internacional por la inserción del país, la compra de maquinaria y la venta del trabajo uruguayo.

Su temprana muerte, a los cinco meses de asumir la primera magistratura, dejó al país absolutamente abrumado, como diría más tarde Juan Vidart: “El pueblo uruguayo se sintió frustrado, se sintió burlado por la historia ante la pérdida de un conductor salido de su propia entraña. Pocas veces había sido alumbrada la esperanza colectiva por una tan unánime e intensa promesa de pública felicidad”.

Tomas Berreta constituye, entonces, una referencia ineludible e irrenunciable a la hora de rememorar lo mejor de la gesta colorada, de sus hombres y de su aporte permanente a la construcción de una sociedad más justa, liberal y republicana.



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