Rusia, Ucrania y la sensación del fin del mundo en Europa

Europa me recuerda últimamente a las primeras semanas de la pandemia: vivimos con la sensación de que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. Ahora la zozobra en torno a las armas nucleares de Rusia ha sustituido al virus en la conversación pública, asegura el experto en política internacional Ivan Krastev en una columna para el The New York Times que trascribimos a continuación.

Los medios europeos están repletos de titulares funestos sobre escaseces de energía, alteraciones y apagones. Los analistas coinciden en que la inflación y el creciente costo de la vida podrían llevar fácilmente a millones de personas a protestar en las calles. La cifra de inmigrantes que han llegado a la Unión Europea este año es ya muy superior a la de llegadas desde Siria en 2015. La maquinaria de guerra del Kremlin no hará sino elevar esas cifras a medida que la destrucción de la infraestructura de Ucrania deje a su población sin electricidad y sin agua.

Sin embargo, es improbable que el invierno de Putin acabe con el compromiso de Europa con Ucrania. Los gobiernos aliados pueden cambiar, pero las sanciones seguirán en vigor. Solo hay que mirar a Italia, cuyo gobierno recién electo de ultraderecha se ha adherido al consenso europeo.

Una mayoría de europeos están moralmente indignados por la brutalidad de Rusia. Y los recientes éxitos del ejército ucraniano aportan esperanza a la indignación. De hecho, a medida que los ucranianos logran avances en el campo de batalla, crece el apoyo a su favor. Pero el factor más importante, en realidad, está al otro lado del Atlántico. Cuando Viktor Orbán, primer ministro de Hungría y principal aliado de Putin en la Unión Europea, afirmó hace poco que "la esperanza para la paz se llama Donald Trump", estaba expresando algo que todos los aliados de Putin en Europa han comprendido ya: solo un cambio en las políticas estadounidenses puede cambiar la postura de Occidente en relación con Ucrania. Es Estados Unidos, y no Europa, el eslabón débil en lo que respecta a mantener el apoyo a Kiev.

Sin embargo, esta guerra no durará eternamente. Y será en la paz, más que en la guerra, cuando se evidenciarán las tensiones en Europa.

Hay tres campos de pensamiento distintos en cuanto a cómo debería acabar esta guerra: el de los realistas, el de los optimistas y el de los revisionistas. Podemos encontrar representantes de los tres entre los políticos y votantes de casi todos los países europeos, pero no en todas partes están igualmente representados: en el oeste y el sur de Europa, el debate se plantea principalmente entre los realistas y los optimistas; en Ucrania y algunos países del este de Europa, entre los optimistas y los revisionistas. Lo que mejor explica esas diferencias son la geografía y la historia. Los europeos del oeste temen sobre todo la guerra nuclear. Los europeos del este temen la vuelta de la esfera de influencia rusa a sus países, en caso de derrota de Ucrania.

Los llamados realistas creen que el objetivo de Europa debería ser que Rusia no gane, que Ucrania no pierda y que la guerra no se extienda. Este punto de vista lo refleja en sus declaraciones el presidente de Francia, Emmanuel Macron. Según este razonamiento, se debe ayudar a Ucrania a liberar la mayor parte de su territorio como sea posible, pero la victoria ucraniana debe tener también sus límites, ya que la persecución de ese objetivo aumentaría enormemente el riesgo de que Rusia utilice armas nucleares tácticas. El límite más obvio, y es importante decirlo, es que Ucrania no vaya tan lejos como reclamar Crimea, que Rusia anexionó en 2014.

Los realistas consideran, correctamente, que el actual conflicto es más peligroso que el enfrentamiento soviético-estadounidense durante la Guerra Fría, porque la Guerra Fría fue el choque de dos fuerzas que creían que la historia estaba de su parte. Occidente se enfrenta ahora a un dirigente de mentalidad apocalíptica, atormentado por el espectro de un mundo sin Rusia.

El segundo campo es el de los optimistas. Para ellos, el fin de la guerra no es solo una victoria ucraniana, sino el fin de Vladimir Putin. Sostienen que la derrota del ejército ruso y los continuados efectos de las sanciones -que serán aún más devastadores- son claras señales de que a Putin le queda un tiempo limitado en el poder, y apoyan al presidente Volodímir Zelenski en su negativa a negociar con Putin. Los defensores de este punto de vista, donde se incluyen Los Verdes de Alemania y la mayoría de los europeos del este, dicen que solo con un apoyo total a Ucrania se podrá conseguir una paz duradera. A Rusia no solo hay que pararla: también hay que derrotarla.

Los revisionistas no ven la guerra en Ucrania como una guerra de Putin, sino como una guerra de los rusos. Opinan que la única garantía de paz y estabilidad en Europa después de esta guerra sería el debilitamiento irreversible de Rusia, incluida la desintegración de la Federación de Rusia. Abogan por ayudar a los movimientos separatistas del país y por mantener a los rusos alejados de Europa, con independencia de los cambios políticos que se puedan producir en Rusia. A su juicio, la guerra que empezó con la afirmación de Putin de que Ucrania no existe debería acabar con la disolución definitiva del Imperio ruso. La estrategia del "fin de Rusia" es, quizá previsiblemente, la más popular en los países que sufrieron el régimen de Moscú en el pasado: Polonia, las repúblicas bálticas y, por supuesto, Ucrania.

Cada una de estas escuelas de pensamiento tiene sus detractores razonables. Quienes critican el enfoque realista insisten con razón en que ya se probó el realismo en 2015, tras la invasión rusa del este de Ucrania, y no funcionó. A los realistas mágicos les aqueja un exceso de optimismo respecto a que Putin tiene los días contados. Además, el cambio de régimen deseado por los optimistas es más difícil en la práctica, porque ¿cómo podrían mantenerse unas negociaciones basadas en tales fines deseados? Y los llamamientos de los revisionistas a desmantelar o desfigurar Rusia podrían tener la involuntaria e indeseada consecuencia de darles a los rusos motivos para luchar en esta guerra, algo que Putin no ha conseguido.

Cuando las tropas rusas estaban a las afueras de Kiev, las diferencias entre los realistas, los optimistas y los revisionistas no eran críticas. El único objetivo era impedir que Ucrania fuese invadida y que Putin lograse la victoria. Pero los éxitos del ejército ucraniano en los últimos meses han acercado esas diferencias al centro del debate europeo. Es la divergencia de opiniones sobre cómo debería acabar la guerra, y no las amenazas de Putin, lo que de verdad pone en riesgo la unidad europea. Lo veremos este mismo invierno, cuando la presión pública para empezar a negociar con Moscú vaya en aumento.

Los relatos y puntos de vista divergentes sobre el fin deseado de esta guerra tienen tanta carga emocional y moral, que cualquier acuerdo será exasperantemente complejo. Pero se necesita con urgencia un marco de trabajo común para alcanzar una resolución de la guerra. Sin él, el miedo de los ucranianos a que Occidente los traicione y el miedo de Putin a la humillación militar de Rusia alimentan la escalada hasta el extremo.




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