Romper el silencio

En la nación judía siempre ha habido muchos valientes dispuestos a denunciar las distorsiones sociales y las injusticias, recogiendo una milenaria tradición que hace del derecho a disentir una de las características de la civilización, interpreta el notable escritor israelí Amos Oz, a quien El País de Madrid le publicó una columna –que aquí reproducimos– tomada de una reciente conferencia.

A menudo me pregunto por qué organizaciones israelíes como Romper el Silencio, B’Tselem y Paz Ahora suscitan sentimientos de miedo, rabia y hostilidad en tantas personas. No solo gente de extrema derecha, sino también otros que se consideran en el centro del espectro político. Esa hostilidad no puede explicarse solo diciendo que todos los que se oponen a Romper el Silencio son racistas. Ni que están intentando callar nuestras voces; la gran mayoría de nuestros adversarios no lo hace. Ni siquiera podemos decir que todos nuestros oponentes odian a los árabes, porque, en su mayor parte, no es así.

¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo: la gente quiere sentirse a gusto consigo misma, y Romper el Silencio se lo impide. La gente quiere que el Estado de Israel tenga una buena imagen y, a su juicio, Romper el Silencio y B’Tselem hacen que la tenga mala. Es algo completamente humano. No tenemos por qué despreciar la necesidad natural del ser humano de sentirse bien.

Es muy comprensible que la mayoría de los israelíes sienta bochorno e incomodidad cuando el Estado de Israel no tiene una buena imagen. Creen, equivocadamente, que los que promueven esa mala imagen son los que denuncian las distorsiones morales del país, del Gobierno y del Ejército. Les cuesta aceptar que el Estado de Israel, a veces, da muy mala imagen, no por culpa de los que denuncian esas distorsiones morales, sino por culpa de los que incurren en ellas.

Una de las maravillas secretas de la tradición judía, una de las razones de que el pueblo judío no haya sido erradicado después de miles de años, mientras que otras naciones más grandes han desaparecido, es que en la nación judía siempre ha habido muchos valientes dispuestos a romper el silencio y a luchar para curar la degeneración moral y denunciar las distorsiones sociales y las injusticias.

Podemos empezar por hablar del profeta Natán, el ejemplo por antonomasia de lo que es romper el silencio, y de cómo ensució la fama del rey David, el autor de los salmos, el antepasado del futuro Mesías. Aquel pequeño profeta se alzó y dijo al mundo —y a las futuras generaciones— que David había asesinado mediante artimañas y engaños a un hombre inocente, solo porque quería acostarse con su mujer.

El profeta Jeremías, el profeta Amos y otros profetas también censuraron sin piedad a la familia real, a los ministros, a los grandes de su época, y muchas veces al pueblo en general, a toda la nación: mancillaron nuestro país, sin la menor duda.

No tuvieron miedo de llamar a la injusticia, injusticia, y al derramamiento de sangre inocente, derramamiento de sangre inocente. Nunca se detuvieron a preguntarse si estaban proporcionando excusas a los que odiaban a Israel.

En sus poemas, Hayim Nahman Bialik arrojó fuego y azufre sobre los dirigentes, los funcionarios y toda la nación judía. También Nathan Alterman y S. Yizhar rompieron el silencio y nunca vacilaron a la hora de condenar la injusticia y los asesinatos cometidos por los soldados de las Fuerzas Armadas israelíes, ni siquiera durante las celebraciones y la euforia que siguieron a la gran victoria en la guerra de los Seis Días. Lo mismo que A. B. Yehoshua, Hanoch Levin, David Grossman, Yitzhak Laor, Meir Shalev y una larga lista.

Todos los que odian a Romper el Silencio deberían reflexionar sobre una cosa, al menos por un instante: que la fortaleza moral no es un lujo ni un mero adorno. La fortaleza moral es necesaria para la supervivencia de una nación, una sociedad y una persona. La fortaleza moral no es una especie de joya que guardamos en la caja fuerte y que nos ponemos solo en los días buenos para tener un aspecto mejor. La fortaleza moral no es una mercancía producida para la exportación, que se guarda en un cajón, por lo menos hasta que termine la guerra, hasta que vuelva la normalidad y el país viva 40 años de paz, de forma que solo entonces podremos blandir nuestra reluciente grandeza moral, exhibirla en el pecho y revelar al mundo lo maravillosos que somos.
No. La fortaleza moral, especialmente en tiempos de guerra, es tan urgente como los primeros auxilios en un campo de batalla. El papel del acusador, a veces, es similar al del médico o el enfermero: su labor es como la del médico que abre un absceso y extrae el pus, para que no se extienda ni contamine todo el cuerpo.

No debemos menospreciar a quienes desean sentirse bien. Pero quizá convendría familiarizarlos con algo que sabe casi el mundo entero, salvo los que quieren acallar la crítica aquí, en Israel: que una de las pocas razones por las que los israelíes pueden seguir sintiéndose un poco bien consigo mismos y ante otros países es que tenemos Romper el Silencio, B’Tselem y Paz Ahora, que hay una lucha permanente para alcanzar la justicia social y que seguimos teniendo una prensa más o menos libre o, por lo menos, seguimos peleando para mantenerla. Y sigue habiendo libertad de expresión, cada vez más amenazada, pero sigue habiéndola. Estas son las cosas que dan una buena imagen de Israel. Estas son las cosas que permiten que Israel siga teniendo defensores en todo el mundo, gente que todavía nos mira con esperanza e incluso admiración.

A pesar de la fealdad y de la injusticia, a pesar de la ocupación y la explotación de los pobres y desfavorecidos de la sociedad israelí, yo sigo amando Israel. Lo amo incluso en los momentos en los que no puedo soportarlo. Lo amo por su larga tradición de acalorados debates internos y búsqueda de la justicia. Es una tradición que ahora está en peligro, es cierto, pero que se mantiene viva.

Cuánta gente dice: “Muy bien, pero ¿por qué no podemos resolver nuestras diferencias discretamente? ¿Por qué tenemos que hacerlo ante los ojos de todo ese mundo hostil?”. Pues bien, porque los tiempos han cambiado, y los “ojos del mundo” ya no lo son. Atrás quedan los días en los que uno podía susurrar algo en la cocina sin que todo el mundo se enterara de todo al día siguiente. Al contrario: cualquier esfuerzo por enterrar la vergüenza, disimular el crimen u ocultar la injusticia acabará acumulando pus, tarde o temprano, y estallará en la cara de los ocultadores con el doble o el triple de intensidad.

Es beneficioso abrir las heridas lo antes posible, delante de la nación y delante del mundo, no solo por las víctimas, sino por el bien de todos. Por el bien de la sociedad israelí. Incluso por el bien de la imagen de Israel en la comunidad internacional.

A veces —no siempre, pero a veces—, en la historia, algunos a los que la mayoría de su pueblo calificaba de traidores acabaron, con el paso de los años, siendo considerados maestros. No siempre; no todo el que alguna vez ha sido llamado traidor puede estar seguro de que al cabo de uno o dos siglos le van a dar las gracias y a aplaudir. Pero ha habido ocasiones en las que las futuras generaciones se pusieron de parte de los acusadores y de quienes rompían el silencio.

Se pusieron de parte del profeta Jeremías, que dijo a los hijos de Jerusalén, ya fueran reyes o plebeyos: “No creáis que vuestro eterno aliado es verdaderamente vuestro eterno aliado, porque de pronto puede no ser de fiar. Cuidaos y no os emborrachéis de poder”.

Los contemporáneos de Jeremías le despreciaban. Le llamaron “izquierdista” y “traidor”, y las autoridades lo arrojaron a un pozo. Sin embargo, hoy, el pueblo de Israel recuerda con afecto a Jeremías, no a sus acusadores.

La historia de la aventura sionista empieza con Benjamin Ze’ev Herzl, el visionario que concibió el Estado judío, el hombre al que incluso el movimiento de extrema derecha Im Tirtzu —cuyos miembros critican a los de Romper el Silencio— honró, al utilizar unas famosas palabras suyas como nombre (Im Tirtzu significa “si lo quieres”). Quizá se olvidan de que fue Herzl quien, en determinado momento, desesperado, pensó en Uganda como alternativa a Israel para acoger la patria judía, y soportó que muchos de sus contemporáneos le llamaran traidor por ello.

David Ben-Gurión, el fundador del Estado judío, el hombre que, aunque apretando los dientes, estuvo de acuerdo con dividir la tierra de Israel entre dos naciones y crear dos Estados, fue un traidor para algunos.

Menahem Begin, que se retiró del Sinaí a cambio de que hubiera paz, fue un traidor para los miembros de su movimiento, que le acusaron de traicionar las ideas del partido y las del propio sionismo.

Simon Peres e Isaac Rabin, que le dieron la mano a Yasir Arafat e intentaron lograr un acuerdo para acabar con el conflicto entre Israel y los palestinos, fueron calificados de traidores por muchos. Los pintaron llevando kufiya [pañuelo palestino], dieron permiso para derramar su sangre, decretaron el asesinato de Rabin y santificaron ese asesinato.

Por su parte, también Anuar el Sadat, que fue a Jerusalén, habló ante la Knesset y firmó la paz con Israel, fue y es considerado un traidor por millones de árabes, y también él fue asesinado solo por haberse atrevido a romper el consenso de aquel momento.

A Ariel Sharon, cuyas excavadoras arrasaron los asentamientos judíos de Gaza que él mismo había aprobado, también le representaron con una kufiya y le llamaron traidor.

La lista de personas calificadas de traidoras por su propio pueblo es interminable. Si la comparamos con la lista de los políticos, líderes e intelectuales a quienes nunca llamaron traidores los suyos, no hay la menor duda de que es más respetable la primera que la segunda.

Es evidente que los ciudadanos tienen una deuda mucho mayor con aquellos que rompieron el silencio que con todos los que callaron, que mantuvieron en la línea oficial y echaron perfume por encima.

Romper el silencio no es necesariamente un asunto de izquierdas o de derechas. Al contrario. También en la izquierda israelí sigue habiendo silencios que deberían romperse de una vez por todas.

Casi cualquier afirmación nueva y desafiante es una forma de romper el silencio. El legado judío, desde la época de los profetas, ha pasado de generación en generación sobre los hombros de los valientes que se atrevieron a romper el silencio. Los judíos tenemos una larga tradición que nos ha enseñado que todo el mundo tiene el derecho e incluso el deber de censurar al pueblo y a sus dirigentes, a los ricos y a los sacerdotes, y a todos los que derraman sangre inocente.

Nuestra tradición nos permite incluso despotricar contra Dios. Existen acusaciones contra Dios desde los tiempos de la Biblia.

¿Y entonces? ¿El Ejército israelí es el único que tiene inmunidad eterna y absoluta? ¿Acaso es más sagrado que Dios? ¿Qué nos ha pasado?

No estoy diciendo que, un día, la historia vea a los activistas de Romper el Silencio como descendientes de los profetas: puede que sí y puede que no. El tiempo dirá. Pero lo que sí podemos asegurar en estos momentos es que quienes arrojan piedras son descendientes de quienes tiraron piedras contra los profetas de Israel.



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