Reculada argentina

La cesión ante el chantaje supone para el seleccionado argentino una derrota mucho peor que cualquiera deportiva.

Puede pensarse que un partido entre las selecciones de fútbol de Argentina e Israel, no era asunto sencillo en una mágica Jerusalem, que está al rojo vivo luego de la decisión de Trump sobre su capitalidad. Pero nos imaginamos que esos riesgos se habían sopesado y que Argentina, que ya realizó un partido con Israel en mundiales anteriores, estaba dispuesta a no ceder ante las inevitables protestas de los energúmenos musulmanes.

Desgraciadamente pasó lo peor. El partido se fijó. La Federación Árabe de Fútbol desató una campaña contra Messi y Argentina, se empezaron a quemar banderas albicelestes, a pisotear en público camisetas con el N° 10 de Messi y, finalmente, un grupúsculo exaltado fue a gritar en la puerta de la concentración argentina en Barcelona. Allí alguien se asustó, llámese Messi o los dirigentes, o el conjunto del plantel, y se echó todo para atrás.

Entendemos el miedo. No se está ante gente racional. En 1972, en Munich, en plena Olimpiada, mataron una docena de atletas israelíes. Pero una vez que se fijaron las condiciones, no hay nada peor que ceder al chantaje y regalarle así una victoria al extremismo. Especialmente, en un ámbito deportivo que debería preservarse de las pasiones nacionalistas o políticas.

Es realmente un sarcasmo que quienes viven en guerra, desconociendo la existencia misma de Israel, enarbolaran camisetas albicelestes ensangrentadas, como si jugar en la república judía les contaminara. Que el fundamentalismo musulmán asuma esas estrategias descalificadoras es lo suyo, pero que se ceda ante su amenaza, es realmente una penosa derrota. No para Israel sino para todos los demócratas del mundo.



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