¿Quién desestabiliza?

El Dr. Javier Miranda, presidente del Frente Amplio, normalmente hombre moderado, cada tanto tiene que salir a contemplar a sus “bases” y rescatar del vetusto arsenal frentista los viejos fantasmas. En este caso, fue la arremetida de “la derecha” latinoamericana que pretende desestabilizar a los gobiernos de izquierda...

¿De qué está hablando Miranda? ¿De Venezuela, llevada a la crisis humanitaria por el gobierno más autoritario e incapaz que se haya visto en su historia? ¿De Argentina, donde el kirchnerismo cayó envuelto en su maraña de sindicalismo corrupto y hartazgo discursivo? ¿De Ecuador, donde la ciudadanía acaba de detener por medio del voto el intento personalista de Correa? ¿De Paraguay, donde hay un gobierno electo por el pueblo? ¿De Brasil, hundido en la corrupción más profunda y devastadora que haya conocido en su historia? Este caso es realmente increíble, porque no son imaginables episodios más espurios, más dinero malhabido en juego, más abuso arbitrario de los poderes del Estado. Sin embargo, como Lula preserva un tercio de popularidad electoral según las encuestas y fue dirigente sindical, está más allá de todas las abrumadores evidencias que han llevado a la cárcel a sus ex Ministros y a los principales empresarios del país.

El discurso de la “desestabilización” apuntaba obviamente a la movilización del campo de los últimos días. El acto del Frente Amplio, tradicional, tuvo en este caso una inversión en medios de transporte y propaganda inusuales. Es evidente que, frente a quienes protestan, se pretendía mostrar la unidad y la fuerza de la coalición de gobierno. Se juntó la militancia y el acto resultó numeroso aunque no espectacular. Resultaba sarcástico —por no decir cínico— que los campeones mundiales de la desestabilización (empezando por los tupamaros, una década tratando a bombazos de tirar abajo la democracia), hablaran de ese tema.

El Dr. Miranda se desliza a un terreno muy degradante para la vida democrática: el de atribuir intenciones malignas a quien le cuestiona, el de levantar fantasmas imaginarios, el de pretender la creación de un clima de temor.

Honestamente, no creemos que tenga mucho futuro esa línea de acción. Nadie en el Uruguay de hoy ve acechanzas sobre las sólidas instituciones republicanas. Es una construcción falsa, de contenido vagamente difamatorio y muy desleal, porque no identifica a quienes serían esos desestabilizadores. Aparentemente somos todos quienes cuestionamos al gobierno o hayamos osado apoyar un reclamo rural que el propio gobierno ha tenido que reconocer que tiene sus fundamentos.

El Frente Amplio tiene que asumir que todos los autoritarios que ha apoyado estos años se están derrumbando por su falsedad o corrupción. Que ese apoyo ha revelado la falta de convicción democrática de una mitad frentista que sigue soñando con revoluciones imposibles y está pronta para alinearse con todo aquel que vitupere del imperialismo norteamericano, se declare cercano a las dictaduras cubana y venezolana y asuma una retórica de izquierda (aunque su realidad sea de derecha).

No estamos en tiempos de guerra fría. No hay alineamientos financiados o alentados desde metrópolis imperiales. El bueno de Obama sacó a EE.UU. de sus viejas mañanas y el ruidoso Trump está lejos de orquestar una acción internacional a favor de una potencia que casi ha renunciado a la América Latina. Los gobiernos populistas que han caído lo hicieron por su propia insolvencia. Si el PT no hubiera incurrido en la corrupción en que cayó, no hubiera logrado la reelección de Dilma, que alcanzó con una pequeñísima ventaja montada en esa campaña abrumadora. Hubiera perdido como perdió la Dra. Fernández de Kirchner o ahora Correa. O como perdió Maduro cuando habilitó una elección parlamentaria, que le fue abrumadoramente en contra. La bonanza económica del 2003 al 2012 permitió el afianzamiento de muchos de esos gobiernos que tuvieron fondos para montar aparatos clientelísticos enormes, que aún hoy aletean, soñando con el retorno. Pasada esa euforia de precios internacionales, se les vino la noche y para ellos no volverá a amanecer mientras no asuman la legalidad republicana, depuren sus cuadros y ofrezcan las garantías que perdieron en el ejercicio abusivo del poder.

Agitando fantasmas, el Frente Amplio no tapará los agujeros de Ancap y la trapacerías de Pluna. No esconderá así los “ajustes de cuenta”, que de a poco nos van arrimando al viejo Medellín, ni las deficiencias de una educación a la que han derribado en su calidad tradicional. La estructura gubernamental está nerviosa y su paranoia histórica le rebrota como en los viejos tiempos de la guerrilla y la conspiración leninista. Se han quedado sin discurso y no encuentran otro modo de posicionarse que no sea descalificando. Es un viejo recurso. Los tiempos no están para esas músicas destempladas. Suenan muy desafinadas.



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